En la mañana del jueves, Rusia anunciaba que había tomado control de la ciudad de Mariúpol al sur de Ucrania, un símbolo de la resistencia ucraniana. Las cadenas internacionales hacía días que venían mostrando la devastación y el horror causado por los bombardeos en la legendaria ciudad puerto sobre el Mar de Azov; así llamada en honor a la inefable María Fiodorovna, la famosa “zarina viuda”. Vladimir Putin, empero, hablaba de la “liberación de Mariúpol”.
Al poco rato, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, desmentía la toma de Mariúpol sin dar más explicaciones; es de suponer, que siguiendo el guion trazado por la inteligencia de Washington y Londres en el terreno. Y antes de que el reloj del Old Post Office de la avenida Pennsylvania diera las 11 en Washington D.C., el presidente Biden ya estaba hablando del tema en conferencia de prensa.
Como Zelenski, el mandatario norteamericano cuestionó que Mariúpol hubiera caído bajo control ruso, pero tampoco quiso explayarse ni contestar preguntas al respecto; lo que indica que la versión del Kremlin ha de ser verídica. En la guerra es así: hay que leer entre líneas, y en lo posible, evitar el titular.
En cualquier caso, Biden anunció en la misma aparición otros 800 millones de dólares para seguir armando a Ucrania hasta los dientes. Armas de todo tipo: artillería pesada, docenas de lanzadores de cohetes, 144 mil cohetes y drones tácticos. Esto se suma a los 800 millones de dólares en armamento que Washington ya había enviado a Ucrania la semana pasada, lo cual incluyó miles de helicópteros antimisiles, vehículos blindados, sistemas artillados y todo tipo de municiones. Y esto, a su vez, en adición de los 2.500 millones de dólares en ayuda militar que Estados Unidos había enviado incluso antes, y de los 1.000 millones de dólares que por su lado ha mandado la Unión Europea, más los tanques, las baterías antimisiles y demás armas y equipamiento militar que han enviado a Ucrania varios países europeos por separado, desde Alemania y Polonia hasta Eslovaquia y los países bálticos.
De paz, conversaciones de paz, o algo que se parezca a la paz, hace rato que no se habla. Y si Zelenski o alguno del gobierno ucraniano lo menciona al pasar, inmediatamente queda enterrado entre el cúmulo de información sobre la guerra, las armas, más armas y más guerra; y nadie le presta mucha atención. Claramente estamos ante una escalada peligrosísima. Ante el fracaso de la guerra relámpago de Putin, Estados Unidos y sus aliados se habían envalentonado y decidieron redoblar la apuesta. El repliegue ruso hacia el este de Ucrania –abandonando las zonas y pequeñas ciudades que ocupaban en el centro del país hasta muy cerca de Kiev– ya era una resonante victoria para Ucrania, para Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
Pero el consenso que prevaleció entonces entre los estrategas de Washington fue escalar al máximo el conflicto, despachando todas las armas posibles hacia Ucrania, con el fin de expulsar a Putin de su último reducto en el Donbás e infringirle una retirada humillante.
La toma de Mariúpol por parte de los rusos significa un revés en esos planes, o al menos un contratiempo. Pero ahora que Washington ha olfateado sangre, no se va a detener, ni tampoco va a dejar que Zelenski intente un acuerdo de paz con Putin. El envío de armas a Ucrania es el mayor traslado armamentístico desde de la segunda guerra mundial. Rusia pelea contra el Ejército de Ucrania pero contra la industria armamentística de EEUU y Europa, los países más ricos del mundo. Por primera vez lo tienen a Putin donde por años lo han querido tener –una trampa en la que él solito se metió–; no lo van a dejar ir tan fácilmente.
Además, para Washington una derrota de Rusia en Ucrania vale su peso en oro, ya que sería una doble victoria contra el recientemente formado eje Moscú-Beijing, que sellaron su “alianza sin límites” días antes de la aventura de Putin en Ucrania. Estados Unidos tiene mucho que ganar en esta parada, donde quisiera ver al dragón desangrarse junto al oso en el pantano; y no va a aflojar, como un águila implacable con su presa.
Tras tomar Mariúpol y abroquelar sus fuerzas en el Donbás, tal vez declarando algún tipo de soberanía en esa región, la idea de Putin era celebrar el 9 de mayo (fecha simbólica para Rusia, que conmemora la rendición de la Alemania nazi en 1945) como una victoria.
Estados Unidos parece tener otros planes. Experto en guerras eternas, Washington no tiene problema en extender esto ad infinitum; mientras tanto su industria armamentística sigue facturando, y los soldados los sigue poniendo Ucrania. Por eso las voces más palomas desterradas del Beltway, que por lo bajo abogan por “congelar el conflicto” y critican el belicismo de los halcones que hoy dominan la política exterior de Washington, ironizan con que estos están dispuestos a pelear esta guerra “hasta el último ucraniano”.
Podría ser aun peor. Si la locura de la guerra de Putin nos ha horrorizado en estos casi 60 días, resulta doblemente inquietante la pulsión en Occidente por echar más leña al fuego. De persistir en este juego del gallina, los riesgos de una conflagración mundial podrían llegar a un punto de no retorno. Y ahí sí que, de verdad, le vamos a conocer la cara a aquello que exclamaba Kurtz –el personaje de Joseph Conrad– en El corazón de las tinieblas: “¡El horror, el horror!”.