18 de julio de 2014 20:10 hs

Como aparece en su nueva biopic, Yves Saint Laurent, el influyente diseñador francés que falleció en 2008, es difícil que caiga bien. Es casi imposible sentir simpatía por él. De hecho, es una lucha resistir la tentación de apalearlo, o al menos al actor Pierre Niney, de pura exasperación. Pero luego de los 106 minutos que dura la versión fílmica de un hombre atiborrado de drogas, sexo y petulancia –en una parte motivadas por su temperamento, en otra lamentablemente por su enfermedad mental–, se tiene una mejor apreciación de la impresionante creatividad durante sus mejores años y un mejor entendimiento de lo que la marca significa hoy en día.

Saint Laurent fue sin dudas un hombre profundamente afligido. La naturaleza exacta de sus problemas era a la vez obvia e inescrutable. Abusaba de las drogas y el alcohol y era un tímido gay luchando con sus demonios psicológicos. Estaba atrapado por sus inseguridades, tan comunes en el proceso creativo e inflado por la arrogancia que nace de la certeza terca de su visión. Y a la vez luchaba contra su enfermedad mental. En el filme, Saint Laurent resulta molesto, egocéntrico, necesitado, arrogante, irritable y malo.

El hombre que presenció todo esto con una cercanía horripilante, quien permitió un poco de eso, y tal vez, salvó a Saint Laurent de caer incluso más en el desastre, fue su socio y amante Pierre Berge.

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La película cuenta su historia personal –el constante cambio entre su amor venenoso e ira pasional a la devoción melancólica– así como también profesional. Saint Laurent tenía casi un sexto sentido sobre los cambios culturales que cambiarían la manera en que las mujeres se relacionaban con el mundo y Berge (interpretado por Guillaume Gallienne) era un empresario rudo con el corazón de un esteta.

El filme, dirigido por Jalil Lespert, cubre el periodo desde 1958, justo después del explosivo debut del diseñador a los 21 años como director creativo de Christian Dior. Fue empujado hacia ese rol luego de la muerte del creador. Dior fue la casa de moda más importante de Francia, creativa y comercialmente exitosa. Ese repentino ascenso podría haber desequilibrado a cualquiera, pero Saint Laurent no tenía mucho balance para empezar. La película lo sigue en la fundación de su propia casa con la ayuda de Berge en 1962, a través de 1976 cuando debutó su críticamente aclamada colección inspirada en el Ballet Ruso.

A lo largo del camino, Saint Laurent diseñó su adorada colección Mondrian, que tomó las pinturas bidimensionales del artista holandés y las reimaginó como piezas tridimensionales. Creó Le Smoking, el provocativo traje de mujer. Y recolectó a un cercano grupo de compatriotas con los cuales salía de fiesta regularmente. Todos daban rienda suelta al libertinaje que las décadas de 1960 y 1970 tenían para ofrecer. Pero Saint Laurent iba mucho más allá.

Berge era la amarra que impedía que Saint Laurent se ahogara en su disfunción. Era una presencia controladora en el espiral destructivo del diseñador, en parte porque él mismo le pidió que así fuera. Saint Laurent sabía que necesitaba límites y protección. Berge le proveía de eso, protegiéndolo de la prensa y a veces alejándolo de las malas influencias (pero también del cuidado) de sus amigos. Los dos hombres estaban tan entrelazados que simultáneamente se respaldaban y sofocaban.

Yves Saint Laurent es uno de los dos nuevos filmes sobre el diseñador. Esta tiene el apoyo de Berge y la Fundación Pierre Berge-Yves Saint Laurent, que es la propietaria de los archivos del diseñador. Y si, los actores de este filme están muy bien vestidos.

Pero la indumentaria no es la estrella. Hay una gran cantidad de escenas dentro del atelier de Saint Laurent que muestran al diseñador en su trabajo. Antes de este filme hubo varios documentales que exploraban su proceso artístico, pero resultaban atrofiantes.

Más instructivo que ver a Saint Laurent dibujar sobre telas son las escenas con amigos como Loulou de la Falaise y Betty Cartoux, las historias de sus encuentros sexuales y verlo tambalear emborrachado por los escalones de alguna discoteca hacia el foco de los paparazzi. Esas escenas explican la urgencia, el sex appeal y la audacia de su trabajo.

Luego de que la compañía fuera adquirida por Gucci Group –ahora Kering- en 1999, fue dirigida por Tom Ford y luego por Stefano Pilati. Berge estaba descontento por como estos diseñadores siguieron el legado de la casa, a pesar de que Ford y Pilati le impregnaron sofisticación, y en diversos grados, sex appeal a su trabajo.

Ahora la casa está bajo el control creativo de Hedi Slimane, que tiene a Berge como fan. El enfoque de Slimane ha sido disruptivo: consciente en su subversión, inspirado en la energía de los músicos y artistas del underground y juvenil. Sus prendas a menudo lucen como si hubiesen sido creadas especialmente para adecuarse al estilo libertino de vida de Saint Laurent.

Hoy, el trabajo original de Saint Laurent luce elegante, en parte porque se ha transformado en una parte importante de la moda vernácula.

Saint Laurent formaba parte de un grupo que merodeaba en la noche y rompía las reglas. Ser parte de su mundo era intoxicante y causaba rechazo. Las amistades comenzaban porque a Saint Laurent le gustaban las joyas de una chica o su estilo. No hay calidez en eso. Lespert le sacó el brillo al mito de Saint Laurent. Lo mismo ha hecho Slimane con la marca. La llevó nuevamente a los salones repletos de humo, donde el estruendo de la música deja a los oídos retumbando y las prendas húmedas de sudor y seducción.

Las colecciones contemporáneas no tienen esa mirada hacia el futuro que tenían las de su creador, pero sí tienen un vértigo similar. Un humor petulante y arrogante. Son muy Saint Laurent. Y como él, difícil que caigan bien.

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