Jair Bolsonaro fue electo presidente de Brasil en el balotaje de ayer domingo, tal como pronosticaban las encuestas, y ahora tiene el enorme reto de honrar su mandato, apoyado por un 55,13% de los votos, según los resultados conocidos al cierre de esta edición, en un país inmerso en una crisis económica, una inusitada violencia y un preocupante descrédito del sistema político, una tríada que ha puesto sobre las cuerdas al propio sistema democrático.
Bolsonaro, un político de extrema derecha, de 65 años, de una trayectoria legislativa de cerca de tres décadas, tiene la oportunidad de colocar a Brasil en el sitial que debe ocupar la primera economía de América Latina, un pedestal perdido con los sucesivos gobiernos del izquierdista Partido de los Trabajadores, al descubrirse un andamiaje de corrupción que involucró a la poderosa petrolera estatal Petrobras y a la principal empresa constructora del país, la compañía Odebrecht.
Un presidente electo con apoyo popular –y que respete las reglas del juego democrático– tiene la legitimidad política imprescindible para encarar reformas económicas –dolorosas en el corto plazo, pero necesarias en el largo plazo–, que contribuyan a dejar atrás una larga crisis, algo de lo que carecía el desacreditado mandatario saliente Michel Temer.
Brasil enfrenta tres desafíos principales en el campo económico: desequilibrio fiscal, falta de crecimiento sostenible y una “dificultad creciente” del Estado para cumplir con sus obligaciones en las prestaciones de servicios básicos, advirtió un reciente informe del Banco Mundial, presentado a los 13 candidatos en los días previos a la primera vuelta electoral.
En ese difícil contexto, el endeudamiento del Estado representaba en agosto pasado el 77,3% del Producto Interno Bruto (PIB), que solo podría mejorar con un improbable crecimiento a tasas chinas. Los analistas advierten que, sin reformas profundas, la deuda podría superar tranquilamente el 100% el nivel de actividad de la economía, lo que golpearía con virulencia a la inversión y el crecimiento.
En el próximo período de gobierno, que inicia el próximo 1º de enero, será imprescindible un plan de baja del gasto público y aumento de impuestos y aprobar una reforma al sistema jubilatorio, el talón de Aquiles de muchos países. Sin nada de ello, el país se camina hacia un cataclismo que dañará a toda la región.
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Bolsonaro dio un mensaje tranquilizador a los mercados al anunciar que nombrará como ministro de Hacienda a Paulo Guedes, un doctor en economía de la Universidad de Chicago, que propuso privatizar empresas del Estado, la creación de un impuesto único del 20% para las personas físicas y jurídicas y un modelo de pensiones en el que los trabajadores tengan la alternativa de acceder a fondos privados de retiro.
EFE
Otro grave problema en la agenda de Bolsonaro, y uno de los principales motivos por los que fue elegido presidente, es la inusitada violencia en Brasil que el año pasado llegó al récord de 63.880 asesinatos, 3% más que el año anterior, y que afecta más a jóvenes de raza negra provenientes de familias pobres.
A Bolsonaro le llegó la hora de la verdad. Tiene un mandato para combatir el crimen, la corrupción y reformar la economía pero todo dentro de la legalidad constitucional. Fuera de ella, nada.