3 de junio 2020 - 5:04hs

La acusación de Tara Reade a Joe Biden ha logrado que, al menos fugazmente, muchos recuerden que el Partido Demócrata también presentará un candidato a presidente en las elecciones de noviembre.

Frente al impacto mediático de los divagues de Donald Trump sobre covid-19, que oscilan entre lo irritante y lo ridículo, es difícil prestar mayor atención a los mensajes que emite Biden desde la reclusión de su casa en Delaware. Si bien la acusación de Reade difícilmente alterará el resultado de las elecciones, igual constituye un tema delicado y de difícil manejo para los demócratas.

Brendan Smialowski / AFP

 Reade, que en ese momento era parte del staff de Biden en el Senado, lo acusa de que en 1993, en un área desierta del Capitolio, la presionó contra una pared, hurgó bajo su pollera y la penetró con los dedos. Como la mayoría de esos casos que se refieren a hechos que, de haber tenido lugar, pasaron hace mucho tiempo, es muy difícil determinar si son, o no, ciertos.

Si el episodio se produjo tal como lo describe Reade, constituiría un caso de acoso sexual sumamente grave. Dada la ausencia de testigos presenciales, sin embargo, a Reade le resultará muy difícil probar la culpabilidad de Biden.

Por otro lado, si el episodio nunca tuvo lugar o si Reade exagera lo que realmente pueda haber ocurrido, a Biden le será igualmente difícil probar su inocencia.

Demócratas y republicanos, como es de esperar en un año electoral, ven el caso de manera muy diferente. Los demócratas resaltan las inconsistencias en la versión de Reade, así como el hecho que haya esperado hasta que Biden se asegurara la candidatura del Partido Demócrata para sacarlo a luz. Los republicanos, por su parte, argumentan que la situación de Reade es comparable a la de las mujeres que presentaron acusaciones contra Brett Kavanaugh durante su proceso de confirmación en el senado y que fueron intensamente explotadas por los demócratas.

En el caso de Kavanaugh, el propio Biden sostuvo con respecto a Christine Blasey Ford, una de las acusantes,  que “se debe comenzar con la presunción de que al menos la esencia de lo que dice es real, aun cuando la acusante olvide parte de los hechos”.

Esta aseveración, que parece transformar la presunción de inocencia en presunción de culpabilidad, dificulta la posibilidad de simplemente ignorar la acusación de Reade.

Aun cuando no se ignore, podría pensarse superficialmente que el acoso sexual no es un tema particularmente favorable a Donald Trump. Basta recordar la grabación conocida como Access Hollywood en la que se jacta de, dada su condición de estrella, poder acosar mujeres (“grab them by the pussy”) con total impunidad.

A esto debe agregarse los pagos que se hicieron para comprar el silencio de Stormy Daniels y de Karen McDougal, las múltiples otras mujeres que lo han acusado de acoso sexual, así como, las que aún tienen juicios pendientes contra él por el mismo tema.

Hay dos razones, sin embargo, por las que esta visión superficial no es necesariamente correcta.

La primera es que, para enfatizar sus diferencias con Trump, Biden resalta su imagen de gobernante honesto, compasivo, respetuoso de los derechos de las minorías y, en lo personal, sus valores como padre de familia. Esta imagen quedaría fuertemente deteriorada si la acusación de Reade alcanzara un nivel razonable de credibilidad.

Segundo, el Partido Demócrata ha establecido, incluso para sus propios miembros, un criterio a la vez sumamente amplio y estricto sobre que debe considerarse como acoso sexual.

Han llegado a apoyar un movimiento cuyo slogan es “Creer a Todas las Mujeres” (Believe All Women). Recientemente Al Frankel, ex-senador demócrata por Minnesota, fue presionado en forma sumaria por su propio partido a renunciar por más que sus supuestas transgresiones no alcanzaban ni remotamente el nivel de gravedad de la acusación de Reade.

Su suerte quedo prácticamente sellada cuando su correligionaria, Kirsten Gillibrand, senadora por Nueva York, declaró en una entrevista que “las mujeres que lo acusaron sintieron que era acoso sexual. Por lo tanto lo era”.  Estos factores no deberían generar un flujo de votantes demócratas o independientes hacia Trump. Susan Faludi, autora feminista, expresó en una reciente columna en el New York Times que ella cree a Reade pero que igual votará por Biden ya que lo considera claramente preferible a Trump .

 Resulta lógico pensar que muchos otros votantes puedan seguir un criterio similar. Por otro lado, la acusación de Reade podría debilitar el nivel de entusiasmo por Biden entre ciertos sectores del electorado, como ser, los más fervientes seguidores de Bernie Sanders o de Elizabeth Warren. Esto puede resultar en que muchos de ellos no se involucren en la campaña o que se abstengan de votar.

Uno de los efectos de covid-19 es que el pasaje de los últimos dos o tres meses se ha sentido como varios años. Basta tratar de recordar que hacíamos a fines de enero. Similarmente, las elecciones de noviembre se vislumbran como un acontecimiento que tendrá lugar en un futuro muy lejano.

Sobre esa base, resulta difícil imaginar que, a no ser que surjan nuevos elementos que le den mayor credibilidad, el interés por la acusación de Reade se mantenga y pueda llegar a afectar el resultado de las elecciones.

De mantenerse, podría darse un tristemente irónico resultado en el que el mundo tuviese que vivir cuatro años más con Trump debido al “me too” de Biden.

Esperemos que esto no ocurra y que el tema Biden/Reade termine resultando una bienvenida distracción frente a la obsesión que todos vivimos con el covid-19.

Nicasio del Castillo es contador uruguayo que completó el International Tax Program en la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard y ejerció su profesión desde Nueva York.

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