Puede sorprender que un país pequeño en el que apenas se usa este metal lidere una movida de organismos internacionales, ONG y activistas que intentan llegar a consenso para regular su utilización.
El envenenamiento por mercurio produce síntomas que van desde náuseas hasta pérdida de peso, dolor abdominal y quemaduras en la piel. También inflamación en las encías, temblores, falta de coordinación, pérdida de la memoria y trastornos en la personalidad. El metal ataca principalmente el sistema nervioso central, también el cardiovascular y gastrointestinal. El metilmercurio atraviesa la placenta de la madre al feto y puede causarle desde dificultades de aprendizaje hasta parálisis cerebral. En los casos más graves provoca la muerte.
Pese a todos estos riesgos para la salud, el mercurio se encuentra de forma natural en la Tierra, siempre ha estado y siempre lo estará.
Todas las personas se encuentran expuestas a algún nivel de mercurio, que una vez liberado, persiste en el medio ambiente, circulando en el aire, el agua y el suelo. Se trata de un metal pesado de color plateado, que a temperatura ambiente se licúa. Es fácil recordarlo cuando se piensa en los viejos termómetros.
Si bien se ha utilizado desde tiempo inmemorial, las investigaciones de los últimos 50 años recogen suficiente evidencia como para que el ser humano deba preocuparse por regular su uso, almacenamiento y residuos.
En este contexto, el lunes 2 de julio culminó la cuarta sesión del Comité Intergubernamental de Negociaciones sobre el Mercurio (INC), que tuvo lugar en Punta del Este. Allí se discutió qué medidas deberán tomar los países para evitar que este metal altamente contaminante siga perjudicando a los seres humanos.
Bajo el mandato de Uruguay, estados de todo el mundo intentan llegar al consenso sobre cómo regular y controlar su uso, en actividades de la cadena productiva de diversas industrias, incluyendo la del oro.
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