Opinión > PERSONAJE DE LA SEMANA / MIGUEL ARREGUI

El ocaso de un caudillo

Tributo a José Mujica, quien ahora combate desde la retaguardia

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18 de agosto de 2018 a las 05:00

José "Pepe" Mujica renunció el martes al Senado por "cansancio de largo viaje", según la carta que entregó a su mujer, Lucía Topolansky, quien preside el cuerpo. Arotxa ya lo había dibujado con cierta ternura para El País como un anciano de piernas encorvadas que marcha hacia el ocaso. Pocos días después el mismo diario, su enemigo de todas las horas, editorializó: "No le importó mucho la suerte del país: el foco de su gobierno estuvo en su propio ego. La historia pondrá las cosas en su lugar, y dirá que su gestión fue desastrosa".

Fueron dos variantes del vendaval de pasiones que provoca.

Pero Mujica es un actor demasiado compulsivo como para desaparecer, sin más y sin barullo. Es probable que sólo haya puesto fin a su carrera política formal, pero no a la informal: esa que lleva desde siempre, y que lo hará maniobrar sin cuento, por enésima vez, para incidir en la definición de las candidaturas de la izquierda.

Ha sido uno de los caudillos civiles más populares de la historia uruguaya moderna, comparable en muchos aspectos a Luis Alberto de Herrera, o por encima de Benito Nardone ("Chico Tazo"). Partió desde la periferia de la sociedad y arribó a lo más alto, gracias a una rara persistencia y a un discurso a veces poético y otras veces rústico o chabacano que contiene mucho realismo político.

Nació en 1935 en Paso de la Arena, entonces un suburbio chacarero de Montevideo. Su padre, de ascendencia vasca, se arruinó como productor rural en Florida, y su madre, descendiente de italianos, creció entre cultivos de vid en las afueras de Carmelo.

Se vinculó al Partido Nacional a través de la familia de su madre, afín al Herrerismo, y fue unos de los ayudantes del diputado Enrique Erro. En 1962 acompañó a Erro cuando dejó a los blancos y se alió a los socialistas en la Unión Popular. El fracaso de ese experimento contribuyó a llevarlo hacia pequeños grupos de izquierda radical, que derivarían en la creación de los tupamaros, una guerrilla que, como otras en América Latina, persiguió por las armas la "liberación nacional y el socialismo".

Después de mil peripecias, incluso graves heridas, Mujica permaneció en la cárcel, maltratado hasta el hartazgo, entre 1972 y 1985.

Tras vagar por el desierto cuando la apertura democrática, los viejos tupamaros se integraron al Frente Amplio y crearon el Movimiento de Participación Popular (MPP). En 1990 reunían poco más de 40.000 votos y estaban divididos por querellas ideológicas y personales. El fin del "socialismo real" y el fracaso de los movimientos guerrilleros latinoamericanos los dejó sin norte. Pero en 1995 Mujica ingresó al Parlamento como diputado y dio inicio a un vuelco histórico.

En clave arrabalera expresaba puntos de vista entre justicieros y libertarios, que denotaban una marcada desconfianza en el Estado y sus organizaciones. "Soy blanco en la interpretación política del país", dijo más de una vez. Y la prensa lo fue a buscar, especialmente la televisión, porque siempre rendía.

Diez años más tarde, cuando Tabaré Vázquez ganó la Presidencia por primera vez para el Frente Amplio, Mujica y el MPP cosecharon 328.000 votos y eran el buque insignia de la flota. Toda una hazaña para la vieja izquierda radical no comunista –durante décadas minúscula y perdedora– gracias a propuestas reformistas y auténticamente populares, y a un líder de viejo cuño.

Luego, entre 2008 y 2009, Mujica doblegó en la interna a Danilo Astori, el delfín de Vázquez, y ganó la Presidencia con holgura. El MPP, un enano crecido, sumó 364.696 votos. Fue un giro sorprendente en la historia y una suerte de gran revancha. Junto a él llevó al gobierno a algunos viejos tupamaros, que ya habían abandonado sus sueños insurreccionales.

"Hace rato que todos aprendimos que la batalla por el todo o nada es el mejor camino para que nada cambie", sostuvo Mujica en su discurso de asunción, el 1º de marzo de 2010. "La mayor parte de los países que están adelante (en materia económica y social) tienen una vida política serena, con poca épica, pocos héroes y pocos villanos".

Los resultados de su gobierno fueron más bien decepcionantes, con unos cuantos fracasos y el legado de cuentas maltrechas. Estaba fuera de puesto: claramente no es gerente ni organizador. Sí contribuyó a ensanchar los derechos, dentro de la agenda liberal del oeste de Europa o América del Norte, no en el recetario clásico del socialismo. Y adquirió una inaudita popularidad universal con su discurso anti-consumo y su sencilla vida personal.

Ahora viaja por el mundo, donde millones lo siguen como el mensajero de una buena nueva, amuleto y profeta de la frugalidad.

Él dice lo que otros necesitan escuchar, y los ayuda a confortar heridas.

Y en casa, en el pequeño Uruguay, la vieja "tendencia" radical –el MPP, ese "gigante estúpido", al decir de Julio Marenales– comprobará otra vez que, para juntar votos y asegurar cargos, los caudillos muchas veces importan más que las ideas.
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