En su primer mensaje, luego del encuentro con autoridades, representantes de la sociedad civil y el cuerpo diplomático, en el antiguo Monasterio Carmelita, tras recibir las bienvenida por parte del premier Viktor Orban, Francisco ofreció un discurso inspirado en Budapest, la capital del país, a la que definió como “un lugar central en la historia” y “testigo de cambios significativos a lo largo de los siglos”.
En ese contexto, el papa se refirió a la ciudad, que celebra los 150 años de su fundación con la unión de Buda -al oeste del Danubio- y Pest -en la ribera opuesta- como “la perla del Danubio”, ocasión en la que mencionó los puentes que unen sus partes y la veintena de circunscripciones que la componen.
“Los puentes que conectan realidades diversas también nos sugieren reflexionar sobre la importancia de una unidad que no signifique uniformidad”, dijo Jorge Bergoglio, al tiempo que urgió a recuperar el "alma europea" frente al "infantilismo bélico" que caracteriza, según deslizó, el auge del nacionalismo y la guerra entre Rusia y Ucrania.
“Parece que se hubiera disuelto en los ánimos el entusiasmo de edificar una comunidad de naciones pacífica y estable, delimitando las zonas, acentuando las diferencias, volviendo a rugir los nacionalismos y exasperándose los juicios y los tonos hacia los demás. Parece incluso que la política a nivel internacional tuviera como efecto enardecer los ánimos más que resolver problemas, olvidando la madurez que alcanzó después de los horrores de la guerra”, observó Francisco.
El pontífice argentino, de 86 años, fue recibido por una multitud de creyentes en Budapest, en donde permanecerá tres días, y su arribo se concretó en medio de un imponente dispositivo de seguridad que incluyó el cierre de calles y el despliegue de fuerzas especiales.
Tras su arribo, durante el primero de los seis discursos que brindará, Francisco deploró el "triste ocaso del sueño coral de paz, mientras los solistas de la guerra se imponen". Frente al nacionalista y conservador primer ministro Orbán, el papa instó a recuperar el espíritu de la paz europea y a abandonar los intereses propios.
"Es esencial volver a encontrar el alma europea: el entusiasmo y el sueño de los padres fundadores, estadistas que supieron mirar más allá del propio tiempo, de las fronteras nacionales y las necesidades inmediatas, generando diplomacias capaces de recomponer la unidad", subrayó en un país de 9,7 millones de habitantes que comparte frontera con Ucrania y que se ha convertido en un corredor para los desplazados por la guerra que intentan alcanzar Europa occidental.
Al contrario de sus vecinos, el gobierno de Hungría mantiene los lazos con Moscú y evitó hasta el momento criticar al presidente Vladimir Putin, al tiempo que se ha negado aceptar los pedidos de la OTAN y Estados Unidos para que envíe armas a Kiev. El papa, en cambio, condenó sin titubeos la "guerra cruel" que se libra en la exrepública soviética, aunque la Santa Sede trata de mantener un diálogo con Moscú.
Antes de su discurso, Francisco y Orbán dialogaron durante 20 minutos a puerta cerrada. El premier de 59 años, procedente de un entorno calvinista, defiende una “Europa cristiana”, ha lanzado una política orientada a cristianizar las escuelas públicas y modificó el código civil de forma tal que el matrimonio quedó establecido como la “unión entre un hombre y una mujer”; al tiempo que es denunciado por la comunidad internacional por vulnerar los derechos de la comunidad LGTB+.
Para Orban, la llegada del pontífice es un éxito diplomático. Tanto él como sus funcionarios, en un país que cuenta con un 39% de católicos, se han esforzado por destacar los puntos en común con el jefe de la Iglesia católica. En su discurso, Francisco alabó los valores cristianos tradicionales implementados por el gobierno, como las "políticas efectivas para la natalidad y la familia". Sin embargo, criticó las "colonizaciones ideológicas que eliminan las diferencias".
Con relación a los desplazados por la guerra, muchos de los cuales quedaron estacionados en el noreste de Hungría en campamentos improvisados, Bergoglio recordó la responsabilidad del país hacia los migrantes y subrayó la "necesidad de una apertura a los demás". En este sentido, advirtió que “los valores cristianos no pueden ser testimoniados por medio de la rigidez y las cerrazones".
“La acogida es un tema que suscita numerosos debates en nuestros días y sin duda es complejo”, precisó el Papa, indicando que “la actitud de fondo para los cristianos no puede ser diferente de lo que transmitió san Esteban, después de haberlo aprendido de Jesús, que se identificó con el extranjero necesitado de acogida”, completó.
De esta forma, Francisco hizo una clara referencia a las decisiones de Orban de levantar vallas en la frontera con Ucrania y restringir la posibilidad de solicitar asilo en sus embajadas en el extranjero. El papa, en cambio, al igual que en ocasiones anteriores, defendió los derechos de los refugiados y abogó por una repartición justa entre los países de la Unión Europea (UE).
“Por eso es urgente trabajar por vías seguras y legales, con mecanismos compartidos frente a un desafío de época que no se podrá detener rechazándolo”, añadió Bergoglio en relación a los desplazados por los conflictos bélicos, la pobreza y el cambio climático.
El programa de su 41º viaje internacional y el segundo que realiza al país tras su breve estadía en Budapest en 2011, también incluye una reunión con refugiados ucranianos, a quienes reiterará su posición a favor de la paz, pese a que las iniciativas de mediación de la Santa Sede han fracasado hasta ahora.