Con singular riesgo, desde hace seis años el fútbol uruguayo ingresó en un espiral de violencia que trepó a niveles insospechados, y leer en los diarios que tras un partido de fútbol se escucharon detonaciones de armas y que hubo heridos de bala resulta peligrosamente normal.
No se puede establecer una fecha exacta acerca del recrudecimiento de la violencia en las canchas de fútbol, porque no hay un episodio que marque un antes y un después, pero se puede tomar como referencia el año 2005.
En ese momento, en plena crisis futbolística de los aurinegros, se registraron hechos violentos en los que se vieron involucrados parciales de Peñarol. El 2 de julio, en el estadio Luis Franzini, en la última fecha del torneo, el árbitro Sergio Komjetan se vio obligado a suspender el partido Peñarol-Miramar Misiones debido a que los hinchas carboneros ingresaron a la cancha y le robaron la ropa a los futbolistas. Los jugadores retornaron al vestuario en paños menores. Los más rápidos, o los que se dieron cuenta de que corrían peligro, pudieron ingresar antes al camarín y evitaron sufrir un susto, porque cuando los hinchas saltaron a la cancha todos desconocían la finalidad del ingreso de esos parciales.
Unos meses después, el 11 de setiembre de 2005, Peñarol visitó Belvedere para jugar ante Liverpool. Los hinchas mirasoles se enfrentaron a la Policía en las afueras del estadio y se escucharon detonaciones de armas de fuego.
El momento más crítico fue el 11 de marzo de 2006, después del partido Peñarol-Cerro por el Apertura cuando fue asesinado el hincha albiceleste Héctor Da Cunha, a pocos metros del Hospital de Clínicas, donde esperaba el ómnibus con su esposa e hijo. La víctima lucía distintivos del equipo de la villa. El fútbol estuvo detenido durante un mes.
Después, pese a todas las medidas de seguridad que se tomaron y a que se generó un complejo sistema para evitar incidentes, la violencia trepó a niveles altísimos y la lista de episodios es larga.
FÚTBOL PELIGROSO
Los violentos cambiaron las reglas en las tribunas o el hábitat de los hinchas. Alcanza con repasar algunas formas para comprender cuál es la realidad: ir en ómnibus al Centenario los días de partido es una actividad de alto riesgo, porque los medios de transporte colectivo son tierra de nadie y son destrozados por los parciales.
Lucir una camiseta por la calle o en las inmediaciones de un estadio de fútbol es sinónimo de exponerse a una agresión. Además, ya no se puede concurrir con un familiar de otro club a la misma tribuna; las entradas se deben comprar antes y al estadio hay que asistir con la debida anticipación para sortear todos los controles policiales que se realizan por seguridad. Además, en 2010, los clásicos se jugaron con un vallado que separaba a los hinchas en la misma tribuna Olímpica, que históricamente fue conocida como el lugar de la familia.
El nivel de violencia también cambió notoriamente. Un rápido repaso permite concluir que los primeros enfrentamientos entre hinchas en el fútbol uruguayo fueron a las piñas, luego pasaron al famoso corte (navaja o cuchillo), después llegaron las emboscadas y ahora terminaron directamente a los balazos.
Los registros establecen que en los últimos cinco años, en seis partidos, incluido el del domingo en el estadio Tróccoli, anduvieron a los balazos, situación que arroja un saldo preocupante.
Además, en los últimos años la violencia también llegó a otros deportes: el 8 de mayo de 2009 murieron dos hinchas de Aguada, de básquetbol, y en 2008 un partido de fútbol sala terminó con heridos de bala, tras un enfrentamiento entre parciales albos y aurinegros.
(Observa)