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El penúltimo genio del cine

Murió Nicolas Roeg, maestro entre maestros

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28 de noviembre de 2018 a las 05:04

Si el mundo presente fuera más riguroso a la hora de juzgar las obras artísticas, y los criterios estéticos tuvieran mayor profundidad a la hora de evaluar, la noticia de la muerte de Nicolas Roeg (1928-2018) habría salido en la portada de todos los diarios del mundo. Si en cualquier disciplina artística la calidad tuviera la misma importancia que la cantidad, la muerte de Roeg debería haber recibido (por lo menos) la misma importancia que la de Bernardo Bertolucci, fallecido tres días después.

Quienes aprendimos a prestar una atención distinta a la belleza del mundo viendo con detención las películas de Roeg, lamentamos la desaparición de un genio de los que ya no se ven (Jim Jarmusch es uno de los últimos todavía en acción en esa línea), capaces de olvidarse intencionalmente de la historia que empezaron a contar para centrar el interés en detalles en apariencia nimios, totalmente alejados del núcleo del relato.

Roeg comenzó su carrera en cine como fotógrafo, no uno cualquiera, sino llamado a ser desde el principio uno de esos visionarios que revolucionan la imagen para situarla a la altura de la que manejan los poetas con precisión de visionario. Al respecto, resulta imposible dejar sin mencionar la exquisitez de su mirada al servicio de la fotografía de dos filmes basados en novelas hoy clásicas, una de Ray Bradbury, y la otra de Thomas Hardy: Fahrenheit 451 (1966) y Lejos del mundanal ruido (1967). Quien quiera encontrar majestuosidad visual, sabe dónde encontrarla.

Con su trabajo detrás de cámaras, Nicolas Roeg demostró que podía contar sin depender de una historia central y fue por ese camino de absoluta libertad poética que encontró lo más difícil de conseguir en cualquier arte: un estilo propio. En la primera escena de cualquiera de sus mejores filmes uno podía reconocer su estilo: impresionante, opulento, original. Todo lo bueno que se quiera decir. Dirigió tres obras maestras: Walkabout (1971), Venecia Rojo Shocking (1973) y El hombre que cayó a la Tierra (1976). Las tres, extraordinarias, fueron cada una a su modo estrepitosos fracasos comerciales, evidenciando por anticipado algo que décadas después sería realidad y que sintetiza el mundo en el cual estamos: el triunfo de la opinión de las masas iletradas por sobre el trabajo de los talentos innovadores, a los cuales, en verdad, poco y nada les interesa lo que piensa la gente de lo que hacen.

Así pues, dadas las circunstancias definidas por los días que corren, los estudios terminaron dándole la espalda a Roeg, condenándolo a filmar historias mediocres para poder sobrevivir, algo que fue casi una constante en los últimos años de su carrera. Languideció en silencio casi, sabiendo con la certeza de un terco que un puñado de filmes brillantes le habían traído la posteridad por anticipado.

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