29 de julio 2018 - 5:00hs
Por Rana Foroohar

Las multas siguen creciendo, y las compañías también. La impresionante sanción antimonopolio de la Unión Europea (UE) de € 4.300 millones en contra de Google por abusar de su poder en el mercado de la telefonía móvil fue casi el doble de lo que se le cobró a Google el año pasado por favorecer los resultados de búsqueda de su servicio de compras frente a sus competidores.

En ambos casos, la cuestión central fue la forma en que Google usa el poder de su enorme ecosistema —tiene alrededor de 90% de los principales mercados de búsqueda de la UE y su software Android se utiliza en más de 80% de los teléfonos inteligentes del mundo— para eliminar su competencia.
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Google está apelando esta última decisión, y presentará argumentos técnicos, con diversos grados de mérito, para demostrar que no es un monopolio. Pero el caso también arroja una luz incómoda sobre la concentración de poder en un pequeño grupo de empresas. El oligopolio que ha resultado es el gran desafío económico y político de nuestro tiempo.

Varias investigaciones publicadas en los últimos años muestran que las tasas de concentración y las ganancias han aumentado en la mayoría de las industrias de Estados Unidos (EEUU) desde la década de 1990. Jason Furman, exdirector del Consejo de Asesores Económicos, dijo que este fenómeno podría indicar el surgimiento de barreras de entrada a algunos mercados.

El académico David Autor ha relacionado la misma consolidación con una disminución en la participación de los trabajadores en la economía estadounidense. También hay evidencia de que un pequeño grupo de compañías "superestrella" está superando a las demás empresas, no solo en términos de ganancias sino también de productividad.

En un documento publicado el mes pasado, los economistas de la OCDE vincularon la difusión insuficiente de las nuevas tecnologías con un crecimiento débil de la productividad. Las compañías más grandes, particularmente en los sectores de la economía que en su mayoría están conectados digitalmente (tecnología, finanzas y medios), son increíblemente productivas. Las demás, no tanto. El resultado es que el crecimiento económico en su conjunto ha sufrido.

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Los investigadores están ocupados investigando las causas de esta centralización del poder. Sugieren que el cambio de una economía "tangible", basada en bienes físicos, a una basada más en intangibles, como la propiedad intelectual, las ideas y los datos, ha acelerado la tendencia de la concentración.

Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google, conocidos colectivamente como las Faang, son un claro ejemplo de cómo el efecto de la red respalda a los grupos dominantes y les permite compartimentar y aislar a los usuarios y sus datos. La afirmación de Google de que "la competencia está a solo un clic de distancia" es una promesa hueca; si por alguna razón el sitio se cayera, nuestra reacción probablemente sería tomar un descanso y esperar a que el sitio volviera a funcionar, no buscar un competidor.

Otra causa de la concentración del poder corporativo es la "captura política". EEUU desarrolló la política antimonopolio moderna y siempre critica a la antigua Europa "estatista". Pero un estudio de los académicos Germán Gutiérrez y Thomas Philippon muestra que los mercados de la UE son, de hecho, más competitivos. Tienen niveles más bajos de concentración, menos beneficios extraordinarios y menos barreras regulatorias a la entrada.

El estudio revela que el creciente cabildeo político en EEUU es la razón clave por la que los niveles de concentración entre las dos regiones han divergido desde la década de 1990. "Las instituciones europeas son más independientes que sus contrapartes estadounidenses", dice. "Implementan las políticas pro-competencia con más fuerza que cualquier país individual".

Esto sirve como un claro contrapunto al argumento utilizado a menudo en Silicon Valley de que los europeos no tienen un gigante o superestrella de internet porque simplemente no son innovadores. Al parecer, los grupos tecnológicos estadounidenses han olvidado que fue un científico informático británico, Tim Berners-Lee, quien inventó la red informática mundial (WWW, por sus siglas en inglés) mientras trabajaba en Cern, el laboratorio europeo de investigación en física.

El hecho de que Margrethe Vestager, la comisaria de Competencia de la UE, no se ha visto intimidada por los recientes esfuerzos de cabildeo de Google para cambiar las leyes de derechos de autor en Bruselas, es un gran punto a su favor. Será interesante ver si los reguladores estadounidenses siguen su ejemplo.

Joseph Simons, presidente de la Comisión Federal de Comercio (FTC), ha prometido una aplicación "vigorosa" de las leyes antimonopolio que incluirá audiencias a finales de este año sobre temas como la competencia y la protección al consumidor. Serían las primeras audiencias amplias sobre políticas con respecto al tema desde 1995.

Makan Delrahim, el jefe de la división antimonopolio del Departamento de Justicia de EEUU, le dijo recientemente al Financial Times que cree que "los datos son un activo importante". Si bien no se opone en principio a los modelos de negocio o la negociación de tratos de las grandes empresas de tecnología, le preocupa el abuso de una posición dominante. Uno de sus fundamentos para el comportamiento anticompetitivo es el caso Estados Unidos contra Microsoft de finales de la década de 1990, en el que la compañía fue declarada culpable de usar su monopolio del sistema operativo para sofocar a competidores como Netscape, un navegador rival, y otras compañías de software.

Muchos críticos creen que el comportamiento actual de Google es similar al de Microsoft. Los reguladores en ambos lados del Atlántico necesitan lidiar con esta situación.

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