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El populismo argentino fracasó una vez más

Si no hay un anuncio de que el gasto bajará contundentemente, no habrá un clima de producción ni de inversión de largo plazo por mucho tiempo

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15 de mayo de 2018 a las 05:00

Antes de apresurarse a comentar las complejidades que se le plantean a Argentina al haber tenido que solicitar la ayuda del Fondo Monetario Internacional, es importante dejar claro las razones que llevaron a esta situación, pese a que la columna lo ha explicado en detalle hasta el aburrimiento del autor y de los lectores.

En oportunidad del discurso del presidente Macri tras el triunfo en 2017 proponiendo vagas y demoradas reformas económicas, esta columna sostuvo que los cambios –poco relevantes– tampoco se llevarían a cabo y que la esencia del problema heredado seguía en pie. Tal afirmación sorprendió a muchos que, como suele ocurrir cuando algún comentario no responde a los deseos de quien lo lee, fue desechada como una expresión de falta de optimismo o de fe, como si esta fuera una columna de autoayuda.

Cuando en 2015 Cambiemos recibió el legado del populismo explosivo del kirchnerismo, decidió aplicar lo que llamó gradualismo, que consistió en intentar hacer crecer la economía sin bajar el gasto suicida con su déficit correspondiente y financiar esa transición que tomaría años con deuda externa. Ello contenía contrapartidas inevitables. La entrada de dólares de deuda generaría una apreciación del peso si se vendían los dólares en el mercado, para pagar los gastos corrientes y si se elegía el camino de emitir para comprar esos dólares y guardarlos como reserva, se estaría empujando más la inflación.

Se hizo un poco de ambas cosas, con lo que se sufrieron los dos efectos. El peso se apreció sin ninguna razón en los fundamentos, y la emisión presionó aún más sobre la inflación. Eso obligó al Banco Central a elevar la tasa de interés para colocar sus Lebacs, instrumentos de corto plazo con los que absorbe liquidez, que ya superan la base monetaria, excediendo el billón doscientos mil millones de dólares. Eso aumentó peligrosamente el déficit.

El gobierno de Macri –ayudado eficazmente por los gobiernos provinciales– no solo no bajó el gasto de Cristina Fernández, sino que lo subió en varias áreas, lo que significó aumentar el populismo feroz de su predecesora, que había llevado el país a la inanición. La única acción coherente fue la lucha heroica que libró y libra para llevar las tarifas energéticas a su valor real, lo que bajó el costo de un subsidio absurdo que beneficiaba a los sectores de ingresos más altos. El efecto colateral de esa correcta medida fue coadyuvar a la suba de los costos de bienes transables, ahondando la crisis de balanza comercial (a costa de un aumento del déficit cuasi fiscal por los intereses en pesos y dólares) Del otro lado, la recaudación impositiva inflacionaria ayudó a exhibir una reducción del déficit primario, sin correlación con aumentos reales de la actividad, salvo casos puntuales.

En un apretado resumen, Macri estaba financiando su populismo propio y el ajeno con deuda externa e interna. Como se sabe, todo populismo entra en crisis cuando se acaba la plata o el crédito. Y el crédito suele terminarse del modo más impensado, sin aviso. Pues exactamente eso fue lo que ocurrió hace quince días en Argentina.

Es posible buscar explicaciones, como la evidente invasión en febrero del Ejecutivo a la autonomía del Banco Central para obligarlo a bajar la tasa y reactivar, o el sabotaje opositor a las tarifas de energía en el Congreso, que muestran que cualquier sucesor de Macri se parecerá desagradablemente a la desaforada Cristina, lo que espanta a cualquier inversor. O la leve suba en la tasa americana de 10 años. O el minúsculo impuesto neutro sobre la renta financiera. La simple realidad es que la economía tiene un tejado de vidrio motivado por lo que se acaba de explicar, de modo que cualquier granizo lo destrozará.

Lo grave es que Cambiemos, apegado a su estilo duranbarbista, sigue atribuyendo el golpazo a causas exógenas, lo que a la sociedad le encanta creer. Sería más grave aún si sus funcionarios lo creyeran.
Se agrega el fracaso de la cosecha de soja, que ha equivocado a la inefable Lilita Carrió al decir que se estaban reteniendo ventas. Tampoco sería relevante si previamente no se hubiera llegado a una balanza comercial negativa por la apreciación del peso motivada por esa desastrosa mecánica de financiación del no menos desastroso déficit generado por el gasto populista eterno. Lo curioso –o dramático– es que lo que ocurre no es más que el efecto de la economía retomando sus valores naturales. Los especuladores vendiendo Lebacs y comprando dólares elevan el tipo de cambio a su nivel adecuado. La necesidad de bajar el gasto no es una imposición del FMI sino de la lógica, y una demanda de los sectores productivos. Nada es sorpresa. Es lo que han venido advirtiendo voces serias que debieron ser escuchadas, no descalificadas o bastardeadas con manejos comunicacionales sensibleros o de trolls de baja estofa.

Cambiemos no ha cambiado el recurso kirchnerista de apelar al relato o la posverdad. A estar por las declaraciones insistentes del gobierno, el Fondo estaría dispuesto a aceptar sus ideas gradualistas y no poner demasiado énfasis en exigencias elementales de disciplina fiscal. O sea, promete continuar con el mismo nivel de gasto populista con el que chocó. Es de esperar que no ocurra así y que el Fondo haga lo que su Carta Constitutiva y Estatutos le obligan a hacer, en vez de ser tolerante con un gobierno que en nombre del temor al peronismo populista y sus adictos (sic) terminó practicando el mismo populismo que supuestamente repudia. De lo contrario, el FMI estaría tirando el dinero de sus asociados en un proyecto que volverá a fracasar una y otro vez como ha fracasado ahora.

Mientras el lector esté leyendo esto, hoy vence la mitad del monto de Lebacs, alrededor de 680.000.000.000 pesos. (Si bien la mitad de esa cifra es cautiva, ya que está en poder de estatales o cuasi estatales, o de bancos que no pueden comprar dólares por prohibición del Central). Hoy habrá entonces una presión de unos 2.000 millones de dólares que podrían demandar divisas. Y el interés de las Lebacs podría rondar el 45%, según charlas previas. La lucha del progresisimo barato para ayudar supuestamente a los pobres, sigue creando millonarios en la clase media alta. El Banco Central hizo una jugada mezcla de póker y de truco y ofreció ayer al mercado 5.000 millones de dólares a 25 pesos, una tasa que, mágicamente, es la que muchos sostienen como tipo de cambio de equilibrio. Momentáneo, ya que si no se frena la emisión-gasto, la inflación carcomerá cualquier devaluación.

En el trasfondo está la puja por la reelección, porque como saben muy bien los uruguayos, con dólar bajo se ganan elecciones. Y se pierde país, cabría acotar. Esa es la causa por la que el ala pragmática del gobierno (los Ceos, como se les llama despectivamente), odia la idea de un tipo de cambio realmente libre que refleje las incongruencias de un modelo que es acusado de liberal, cuando no pasa de mussoliniano proteccionista de los '40.

Por distintas razones, el Fondo reúne las expectativas contradictorias de los argentinos, que por conveniencia y ventajismo han delegado en él la tarea de institutriz mala. La realidad es que el mercado ya devaluó y seguirá devaluando en función del dispendio fiscal. Le guste o no a Cambiemos y a la sociedad, si no hay un anuncio de que el gasto bajará contundentemente, no habrá un clima de producción ni de inversión de largo plazo por mucho tiempo, en un medio que se comporta hace años como un adolescente rebelde e irresponsable, pero quiere vivir como un adulto exitoso y organizado.

Nadie se pregunta seriamente qué pasará en pocos meses, cuando la tasa americana empiece a subir realmente, por el endeudamiento adicional de Trump, con quien Macri habló ayer 10 minutos, una especie de photo-opportunity que le concedió el carotenado magnate. Lo que pase hoy es poco trascendente. Lo importante será ver de acá en más si Cambiemos quiere gobernar o sólo quiere reelegirse.

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