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29 de noviembre 2020 - 5:00hs

La política económica del presidente electo de Estados Unidos Joe Biden tendrá algunas diferencias de fondo con la de su antecesor Donald Trump hacia el mercado interno pero no en la política comercial.

Biden habrá de iniciar su mandato con un programa fiscal expansivo para infundir un nuevo vigor a la salida de la recesión causada por la pandemia y a la vez, atender a las necesidades de los sectores sociales más vulnerables.

Será la continuidad necesaria del rescate impulsado por Trump hace seis meses, en tren de vencer. Es probable, incluso, la aprobación de un programa de emergencia antes del próximo 20 de enero.

El nuevo programa de reactivación será de más fácil implementación que el del entonces presidente Obama cuando la recesión del 2008, puesto que el sistema bancario está ahora en una mejor posición que entonces y además, la tasa de desempleo está a la baja, aunque el aumento de los empleos se ha enlentecido.

Varios factores pueden complicar a la intención del presidente electo.

El primero de ellos es la indeterminación sobre la duración de la pandemia y el tiempo y los efectos de la aplicación masiva de las vacunas. En adición, no será fácil la negociación con un Senado quizá con una mayoría republicana a favor de su posición tradicional en contra de un aumento de los impuestos o del déficit fiscal. El propósito de Biden es el de impulsar un aumento importante del gasto público en diversas áreas como infraestructura y protección del medio ambiente, cuidado de los niños y la salud, beneficios de emergencia para los desocupados, una mayor ayuda a los Estados y el apoyo a la ciencia y la investigación.

El cambio más notorio con respecto a la política fiscal de Trump será que no sólo no habrá una baja de impuestos, sino que parte del aumento del gasto será financiado con un aumento de ellos, en especial sobre las empresas, desde el actual 21 % al 28 %, los ingresos mayores a US$ 400.000 al año, las ganancias de capital y los aportes sobre los sueldos. Por tanto, quedará una parte del programa fiscal que al igual que en el pasado, será financiada mediante un nuevo aumento de la deuda pública.

En compensación, el endeudamiento tiene en estos tiempos una ventaja ya que su costo es menor que en el pasado, por lo que los mercados están mejor dispuestos para aceptarlo. En este año el pago de intereses ha bajado un 10 %, pese a que el déficit es el mayor desde la segunda guerra mundial, puesto que el rendimiento de la deuda ha bajado al 1.7 % anual desde el 2.4 % del año pasado. Con el propósito de promover una mejor situación de los asalariados, Biden propone la suba del salario mínimo nacional desde el nivel actual de US$ 7.25 la hora a US$ 15. En el mismo sentido, habrá una atención preferente al problema de la disparidad social. Hay más de quinientos expertos trabajando en asuntos tales como vivienda, salud y préstamos a las pequeñas empresas. Las mujeres son más de la mitad de esos asesores y también hay una alta ponderación de los grupos tradicionalmente sub representados en el gobierno federal.

 La política comercial es otro gran capítulo de la nueva política económica. Ella no parece que será muy distinta que la de Trump tanto en la protección de la industria doméstica como en la relación con el resto del mundo. Es que una parte del éxito electoral de Biden se forjó en las regiones en las que le arrebató a Trump el voto de los obreros de las industrias en decadencia.

El candidato demócrata ya ha señalado su disposición a volver a los organismos internacionales que había abandonado su antecesor. En particular, será importante la aproximación a la Organización Mundial de Comercio, a la que Trump había bloqueado en la conformación del panel de apelaciones y también en el nombramiento de un nuevo director general. Demócratas y republicanos están igualmente desconformes con el funcionamiento de la OMC, en particular por su fracaso en tratar a las prácticas desleales de comercio de China. Por eso es que Biden podría orientarse más bien hacia una reforma del funcionamiento de la organización.

Es posible que a través de esta vía se inicie una negociación con los países aliados para una eventual revisión de las tarifas que Trump impuso sobre las importaciones de acero y aluminio, a cambio de alguna forma de compensación. En el debate interno, es un tema que enfrenta intereses encontrados, en tanto por un lado hay una protección a un sector de la industria pero a la vez, se impone un aumento de costos a otras actividades que usan al acero y al aluminio como insumos. En cuanto al otro gran tema de política exterior, que es la relación con China, no parece que de entrada haya una marcha atrás en las tarifas sobre las importaciones de ese origen. Pero quizá ahora en coordinación con los países aliados, puede que Biden reinicie el proceso de negociación interrumpido a comienzos del año en curso. La nueva Administración habrá de otorgar una atención preferente a las políticas de protección del medio ambiente, con una vuelta al acuerdo de Paris. Ello sin perjuicio de que, en contra del deseo de algunos de sus seguidores, Biden ya afirmó que no habrá de prohibir a la producción de petróleo y gas natural mediante el “fracking” ni habrá de adoptar el programa más radical conocido como “Green New Deal”. Otro tema de discusión dentro de los demócratas es el de la relación con el sistema financiero. Pese a que no parece ser la idea de Biden, hay importantes sectores de su partido que están a favor de una regulación muy agresiva de su funcionamiento.

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