9 de enero 2022 - 5:00hs

Cuando falleció Ramón Tomás Díaz, hace exactamente cinco años, escribí un artículo que se titulaba “el reposo del Quijote”. Hoy, cinco años después, debo decir que “el Quijote sigue cabalgando”, porque la influencia de su pensamiento y de sus escritos sigue plenamente vigente. Y lo será más ahora, que se ha creado un sitio web (https://ramondiaz.uy/) a impulso de su familia, y con el apoyo del Estudio Guyer & Regules, el semanario Búsqueda y El Observador. Esta web permitirá acceder a la obra de este gran pensador, que despierta admiración por la vigencia de muchos de sus artículos periodísticos durante su dilatada trayectoria (1972-2017).

La impronta de Ramón Díaz en la evolución de las ideas de raigambre liberal en la política, la economía, el derecho y en la defensa de las garantías individuales será seguramente estudiada con adecuada perspectiva en el futuro pero ya hoy nadie puede negar el influjo que generó su persona –un auténtico caballero y un hombre libre–, sus escritos y sus debates, no solo en Uruguay sino también en ámbitos internacionales, como la Sociedad Mont Pelerin, que presidió con destaque en 1998.

Como el Quijote de la Mancha no rehuyó ninguna batalla, no se escapó de ningún debate, no cesó de sembrar sus ideas, ya fuera en pequeños círculos o desde tribunas de prensa muy importantes, como lo hizo por más de 20 años en Búsqueda, que fundó en 1971 con algunos amigos, y luego por otros 15 años aquí en El Observador. 

Y así como Diógenes andaba con una lámpara buscando “hombres honestos”, Ramón –y permítame llamarlo así por la amistad y el respeto que me une en las cuatro décadas que tuve trato con él– tenía una enorme vocación por encontrar la verdad, lo que en el plano religioso le implicó convertirse al catolicismo cuando era un joven adulto y vivir su fe hasta el final de sus días. 

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Por esa búsqueda de la verdad tomó la frase de Platón que estampó en la primera edición de Búsqueda: “Lo que digo no lo digo como hombre sabedor, sino buscando con vosotros”. 

Por sus cargos –subsecretario de Industria y Comercio, director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, presidente del Banco Central– hay una visión de Ramón Díaz como economista. Lo fue sin duda y con gran mérito. 

Pero Ramón era mucho más que un economista o que un defensor de las ideas del liberalismo económico. Era un intelectual al cual nada de lo humano le era ajeno, como decía Terencio. 

Ramón era un defensor de la libertad en todos sus aspectos. Y era, sobre todo, un intransigente defensor del estado de derecho, de la separación de poderes, de la independencia de la Justicia y de las libertades y garantías individuales. Y en estos tiempos en que la historia reciente se trastoca por completo, y se inventan relatos de todo tipo de color, es bueno recordar que Ramón Díaz estuvo dos veces preso durante la dictadura. Una vez en Cárcel Central por críticas al gobierno militar, cuando fue procesado por desacato, y otra, más grave, desaparecido en un cuartel, cuando criticó duramente el nefasto acto institucional número 8, que lesionaba seriamente la independencia del Poder Judicial. Pocos en nuestro país se animaron a arremeter contra ese atropello. Ramón lo hizo y acabó en un cuartel, del cual afortunadamente fue liberado al poco tiempo.

Ramón Díaz también libró una larga batalla contra el presumario secreto que regía en Uruguay en los años 70 y 80, aun antes de la dictadura, por el cual una persona podía ser investigada sin derecho a defensa y sin saber de qué y por qué se lo investigaba. El presumario secreto, vergüenza para un régimen que se llama democrático, cayó, no sin oposición de los gobiernos de turno. También cayó hace poco otro molino contra el que luchó Ramón: el proceso penal inquisitivo, que daba muy pocas garantías a los ciudadanos, en tanto juez y fiscal trabajaban juntos en la instrucción de la causa y el procesamiento del imputado.

Ramón Díaz defendió también acérrimamente la libertad de prensa y ello le valió el cierre de Búsqueda por cuatro ediciones. En todas las causas donde estaban en juego la libertad individual o las garantías constitucionales, allí estaba la formidable pluma de Ramón para ejercer una impresionante defensa.

Por ello, y más allá de su influencia en el pensamiento económico en promoción del libre mercado, como eficaz asignador de recursos, y de la iniciativa privada como motor del desarrollo, Ramón Díaz defendió y promovió la libertad “en toda su extensión imaginable”, como pedía José Artigas en las Instrucciones del año xiii.

No le bastó arremeter contra los controles de importaciones, de precios, de tasas de interés, del tipo de cambio. No le bastó atacar los monopolios donde los hubiera, incluso hasta enzarzarse en un debate televisivo con el entonces presidente de Ancap, porque en aquella época –1981– Ancap volcaba sus ganancias a Rentas Generales y Ramón sostenía que eran un impuesto obtenido gracias al monopolio petrolero. 

Para Ramón Díaz, lo principal era la libertad, y bien que luchó, por ejemplo, por cambios profundos en la enseñanza para promover el desarrollo de la educación privada.

Hoy, cuando resurgen nacionalismos, xenofobias, proteccionismos, ataques a la libertad de expresión y autocracias populistas, sería fundamental contar con su autorizada palabra. Por suerte, tanto fue lo que escribió y predicó que la podemos deducir de sus escritos, ahora disponibles para todos en su sitio web.

En su denodada lucha por la libertad y el bienestar general, nunca fue un pesimista. Para Ramón, “No hay países inviables; las que a veces son inviables son sus culturas”, difícil de cambiar, sí, pero no imposible. “Si alguien acertase en la manera de trocar a fondo y en la buena dirección a nuestro componente cultural, la viabilidad del país sería indiscutible”, auguró en una columna del 15 de febrero de 2003, cuyo título dispara la pregunta “¿Viable?”, y agrega una respuesta esperanzadora: “¡Claro que sí!”.

Releyendo a Ramón, podemos concluir que el Quijote sigue cabalgando, para bien de muchos países y personas.

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