Lo primero que se ve al entrar a la exposición de Ron Mueck en la Fundación Proa, en Buenos Aires, es un rostro gigantesco recostado contra una tarima blanca. Se trata de la Máscara II, autorretrato de su creador, reconocido en todo el mundo por sus esculturas hiperrealistas, muchas de ellas de gran tamaño. Pero aunque el espectador haya leído de antemano acerca de la obra del esquivo artista, es imposible no sucumbir ante la acumulación de detalles. Todo es perfecto: los poros de la cara, los labios entreabiertos, las arrugas alrededor de los ojos cerrados, las venas en la sien, hasta la desprolijidad de unos pocos pelos solitarios que se yerguen en la mejilla ajenos al manto uniforme de la barba crecida. Después de un rato uno se acostumbra y hasta parece que ese rostro gigantesco va a abrir los ojos y va a mirarnos. Pero Mueck hace obvio el artificio: esa cara es hueca, es una máscara, aunque sus dimensiones y su realismo nos hagan olvidar de este hecho.
El realismo misterioso de Mueck
La exposición de Ron Mueck en la Fundación Proa de Buenos Aires es uno de los acontecimientos artísticos del año en América Latina, una experiencia ineludible para quienes visiten la vecina ciudad