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El realismo misterioso de Mueck

La exposición de Ron Mueck en la Fundación Proa de Buenos Aires es uno de los acontecimientos artísticos del año en América Latina, una experiencia ineludible para quienes visiten la vecina ciudad

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20 de diciembre de 2013 a las 18:41

Lo primero que se ve al entrar a la exposición de Ron Mueck en la Fundación Proa, en Buenos Aires, es un rostro gigantesco recostado contra una tarima blanca. Se trata de la Máscara II, autorretrato de su creador, reconocido en todo el mundo por sus esculturas hiperrealistas, muchas de ellas de gran tamaño. Pero aunque el espectador haya leído de antemano acerca de la obra del esquivo artista, es imposible no sucumbir ante la acumulación de detalles. Todo es perfecto: los poros de la cara, los labios entreabiertos, las arrugas alrededor de los ojos cerrados, las venas en la sien, hasta la desprolijidad de unos pocos pelos solitarios que se yerguen en la mejilla ajenos al manto uniforme de la barba crecida. Después de un rato uno se acostumbra y hasta parece que ese rostro gigantesco va a abrir los ojos y va a mirarnos. Pero Mueck hace obvio el artificio: esa cara es hueca, es una máscara, aunque sus dimensiones y su realismo nos hagan olvidar de este hecho.

Esta escultura forma parte de la exposición del artista en la Fundación Proa, en el barrio porteño de la Boca. Inaugurada el 16 de noviembre y en exhibición hasta el 23 de febrero, la muestra se ha transformado en un verdadero hit, en el mismo año en que la capital argentina ha visto cuadras de cola para ver el trabajo de la japonesa Yayoi Kusama en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba). La muestra de Mueck es, sin duda, otro hito en el cronograma artístico porteño, ya que se trata además de la primera vez que se exhibe en Sudamérica la obra del australiano residente en Londres. La exposición, que fue concebida por la Fondation Cartier pour l’art contemporain de París, se presentará de marzo a junio de 2014 en el Museu de Arte Moderna do Rio de Janeiro.

La muestra cuenta con nueve esculturas hechas entre los años 2002 y 2013. Mueck mismo estuvo en Buenos Aires montándolas, pero –ajeno a las apariciones mediáticas– se fue tan inadvertido como llegó. Su bajo perfil no es algo que resulte extraño, como queda de manifiesto en el documental de Gaudier Deblonde, que también forma parte de la muestra, en la que se ve al artista trabajando en su taller con la paciencia y meticulosidad propia de un ser introspectivo.

Hijo de jugueteros de origen alemán, Mueck creció fabricando marionetas y muñecas, y en su juventud trabajó junto a Jim Henson, creador de Los Muppets y Plaza Sésamo, y en cine haciendo efectos especiales en filmes como Laberinto. A finales de la década de 1990 y cuando Mueck ya se acercaba a los 40 años, Charles Saatchi, descubridor de otros artistas como Damien Hirst y Tracy Emin, se interesó por el trabajo de Mueck y allí comenzó su transición hacia el fenómeno mundial del arte contemporáneo. Pero, a diferencia de Hirst y sus criticados animales muertos, el trabajo de Mueck deja poco lugar para los cuestionamientos, pues el impacto emocional que producen sus obras es extensible a todo tipo de público.

Artefactos narrativos

Con 89 centímetros de alto, la escultura Young Couple (pareja joven) está formada por dos adolescentes que parecen unidos por un abrazo, aunque la mirada perdida de ambos los dote de una gravedad que no coincide con su fachada juvenil. No obstante, al caminar en torno a la pareja el observador se percata de que él no le está tomando la mano a su novia, sino que la está agarrando de la muñeca. “Parece algo visto no desde el punto de vista del ojo de Dios, sino desde una cámara de circuito cerrado o desde el asiento de un ómnibus al pasar”, reflexiona Justin Paton, curador de la muestra en la Christchurch Art Gallery de Nueva Zelanda. Y es allí donde Mueck, como en todas sus obras, implanta el misterio. Porque por más que su trabajo recree hasta el último poro con un detallismo espeluznante, es curioso que su arte no remita, en realidad, a la superficie sino al misterio insondable que produce el otro. Es en ese misterio donde Mueck le deja al espectador un lugar para que reconstruya la historia de ese personaje hecho escultura, como si sus obras fueran en realidad artefactos narrativos, disparadores de historias ¿Qué significa ese agarre en la muñeca?, es la pregunta a partir de la cual el espectador teje su propia trama.

Metros después se encuentra la obra que por sus dimensiones resulta más impresionante: Couple under an Umbrella (Pareja debajo de una sombrilla), en la que se ve a dos personas mayores en sus trajes de baño, que guardan cierta similitud física con la pareja más joven. Él mira hacia un punto indeterminado (la playa), mientras apoya la cabeza en las piernas de ella. Ella, en cambio, lo observa con detenimiento, como quien intenta atrapar la arena que se le escurre entre los dedos. Pero otra vez, en esta escena hay un detalle clave: la forma en la que él la toma del antebrazo. Allí, en esa conexión, parece conjugarse la triste certeza de que la muerte, de todos modos, va a hacer su trabajo.

La exposición la completan otras cinco obras, entre ellas Woman with Shopping (Mujer con las compras). Se trata de una mujer con los ojos enrojecidos y la mirada fija. Sus manos cargan dos bolsas de supermercado y debajo de su sobretodo aparece la cabeza de un bebé que mira hipnotizado a su madre.

“La imagino en el cordón de una esquina populosa de Londres, bajo un cielo color azúcar mojada (por usar la metáfora de Martin Amis), con los brazos dolidos mientras espera la señal de cruce del semáforo y cuenta los pasos que le faltan para llegar a casa”, escribe Paton, y otra vez da en el clavo. Pues en esa descripción se conjuga el poder del arte de Mueck. Un arte que desenrolla percepciones como ovillos de colores, diferentes para cada uno, pero ineludibles para todos.

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