Netflix se parece cada vez más a esos canales de cable de hace algunas décadas que, apostando a que existe una porción estimable de su audiencia que va a mirar cualquier cosa que se le ponga delante, hacía pasar por películas ciertas producciones que estaban más cerca del adefesio que otra cosa. Y, sobre todo, que eran intercambiables, que no dejaron una sola marca de relevancia, que apostaron a ser lo más genéricas posibles porque eso se pedía, que se perdieron en un olvido atroz que llegó casi automáticamente. Bueno, títulos como estos se acumulan en el catálogo de la plataforma hoy, una época en la que la palabra "contenido" parece ser lo que más (o lo único que) importa, pero con Juego limpio pasa otra cosa. Es una de sus últimas apuestas, es una muy buena película y, además, sabe jugar y salir airosa con temas que hoy pueden bordear la saturación.
Dirigida por la debutante en un largometraje Chloe Domont, con un pasaje exitoso por la última edición del festival de Sundance —donde Netflix la adquirió por US$ 20 millones para su distribución internacional— y con dos rostros conocidos y hegemónicamente hermosos frente a cámara —la Bridgerton Phoebe Dynevor y el joven Han Solo Alden Ehrenreich—, Juego limpio plantea una suerte de “batalla de los sexos” que escala desde las tensiones y celos iniciales, a una verdadera gresca moral con consecuencias nefastas para las dos partes.
El punto de partida es una regla que la pareja protagonista rompe: Emily y Luke son dos analistas de una empresa que compra y vende acciones de Wall Street, los dos muy prometedores y egresados de la Ivy League universitaria, que tienen una relación amorosa secreta. Y es secreta porque la empresa en la que trabajan les prohíbe generar ese tipo de lazos con compañeros de trabajo, pero lo que sucede es que en su caso el amor es más fuerte y hasta terminan comprometiéndose en la escena que abre la película, que por cierto es muy efectiva y sucede en un baño, con sexo furtivo, sangre y una tensión erótica que luego se mantiene durante toda la película.
Emily y Luke, que conviven y mantienen una relación muy estable, pronto descubren que hay un ascenso esperándolos al otro lado de la oficina de vidrio donde antes se sentaba su superior. Y los problemas empiezan cuando Emily escucha casi de casualidad que el ascenso será para Luke, y ella se lo dice, y ambos se ponen muy contentos y festejan por adelantado, porque la movida significa que el dinero obviamente se va a multiplicar y la posibilidad de que su historia de amor salga a la luz de forma legal es más cercana, porque todo es parte del plan. La vuelta de tuerca llegará, y no es spoiler porque cierra el primer acto, cuando el ascenso no vaya para Luke, sino para Emily.
A partir de allí Juego limpio se revela como un thriller trepidante que funciona también como un efectivo estudio sobre los celos, el ego y la necesidad de realización, la empatía y la falta de ella, las desigualdades laborales que enfrentan las mujeres, los propios prejuicios que esa realidad termina por proyectar sobre aquellas que alcanzan a ocupar cargos de relevancia, el abuso laboral en un rubro tan enfermizo como adictivo, la masculinidad frágil, las microagresiones que se transforman en ejercicios de violencia inobjetables, el peso del silencio y las verdades reprimidas en la intimidad, la decadencia de un vínculo.
Todo esto sucede en una película visualmente muy contenida, que no descolla ni tiene grandes ideas cinematográficas, pero que sí está concentrada y carga todas sus energías en la historia que ocupa su corazón: esa en la que dos personas que se querían empiezan a despedazarse con furia por un hueso que solo puede ser para uno de los dos. Buenos aliados consigue la directora en Dynevor y Ehrenreich, que convencen y dejan todo para interpretar estos dos personajes carcomidos por el contexto volátil, pasados de rosca y, sí, cargados de una tensión sexual furiosa que ambos llevan adelante con una química brutal.
En ese sentido, Juego limpio recuerda por momentos a otros thrillers eróticos que tanto se veían en la década de 1990, esta vez en un universo que puede asociarse con otras producciones contemporáneas como Succession, Industry o Billions, serie que la propia directora de la película dirigió en algunas ocasiones. Sin embargo, al inicio esa asociación de género no estaba en la mente de la realizadora.
"No tenía la intención de hacer un thriller erótico”, le dijo Domont al New York Times en una entrevista publicada a principios de octubre. “Mi objetivo era hacer un thriller sobre las dinámicas de poder dentro de una relación, y eso definitivamente tiene ciertas similitudes. Pero creo que nuestro trabajo como cineastas nuevos es hacer algo diferente con el género, manipularlo y retorcerlo para que sirva a nuestras historias. No creo que sea suficiente en estos días simplemente hacer una buena película. Necesitas crear algo que conmueva a la gente de alguna manera, que les muestre un espejo y los haga plantearse preguntas que no se están haciendo, que inicie conversaciones y debates. Y esto parecía ser un tema que no se ha explorado realmente en la pantalla, al menos no de esta manera.”
Domont tiene un punto: su película dispara conversaciones, y en el caso de que se vea en pareja, todavía más. ¿A partir de qué punto el bien común cede ante el desarrollo personal? ¿Cuál es la señal de que todo se está yendo, literalmente, al carajo? ¿Se puede recomponer una relación después de la implosión como la que sufren los personajes de Juego limpio? Emily y Luke no la pasan muy bien, es cierto, pero del otro lado, en el sillón y en contrapartida, el espectador sí. Realmente bien, de hecho. Y es una suerte: siempre hay muchas cosas buenas para ver, solo hay que afinar el ojo, romper el molde y dejar de buscar en los lugares de siempre. Pero esta vez, sí: está en Netflix.