Las frases hechas están diseñadas para ser usadas como énfasis, nunca como argumentos. Es obvio que "el que las hace" no siempre "las paga" y que "la mentira" a veces es capaz de dar grandes zancadas y escabullirse con ligereza y elegancia, a pesar de que la sabiduría popular le achaque "patas cortas".
Entre esa infinidad de verdades más o menos tontas, una de las que menos me convence es la que dice que "la realidad supera a la ficción". Se usa normalmente para enfatizar la maravilla espontánea en oposición a la creada por la mente humana. A mí me parece que se comete una gran injusticia.
El universo es una ficción creada a partir de nuestros sentidos y cómo los percibe el cerebro y cómo los procesa el lenguaje. La realidad es una costumbre, una convención. No hay forma de que la realidad supere a la ficción porque la realidad es una ficción. Es una mentira. Es una posibilidad. Es una construcción. Ficticia.
A mí me parece que en cualquier campo de batalla la ficción suele superar a la realidad. El origen de todo, por ejemplo. Analicemos dos formas equivalentes de entenderlo, una religiosa y otra científica.
La primera dice: "Dios dijo luz y la luz se hizo". La segunda establece que toda la materia del universo estaba concentrada en un punto y que hubo un gran estallido que la expandió y que somos producto de esa expansión.
La primera se enmarca dentro de un gran capítulo de la historia del universo, expresado con una palabra griega: génesis. La segunda es una teoría científica conocida a través de una expresión en inglés: big bang.
A mí me parece claro que son dos ficciones, pero, a grandes rasgos, se podría considerar que la primera es ficción y la segunda, realidad.
Se ha querido entenderlas como dos formas de decir lo mismo: que el universo tuvo un inicio y que ese comienzo era una concentración de todo el tiempo y el espacio. En un caso, contenido en la voluntad de Dios; en el otro, en una serie de leyes a ser descubiertas por la propia evolución de esa materia, desarollando la vida, en una instancia, hasta llegar a una inteligencia tan sofisticada que pudiera desentrañar esos mecanismos.
En este ejemplo a mí no me queda ninguna duda de que la ficción resulta victoriosa. Dios usa una sola palabra y logra de forma inmediata que se manifieste el milagro de la luz. Lo del big bang, en cambio, es mucho más engorroso y requiere de una preparación especial del público para despertar algo de fe o inspiración.
La ficción siempre es una síntesis, más o menos poética, de la realidad. Normalmente esa síntesis elimina los detalles superfluos y recarga las tintas en los aspectos más dramáticos, los más asombrosos o los más útiles para que la trama se entienda y maraville a la vez.
Lo que entendemos por realidad es una mezcla de colores y sonidos y sabores y olores y texturas que forman una maraña absurda y repetitiva. La ficción obra con ella para que la belleza se manifieste sin distracciones. La ficción es responsable de crear la ilusión de un sentido en este universo, que tal vez se expanda o no.
La realidad, en el mejor de los casos, es una materia prima. La intención de tomarla tal cual es y combinarla de manera que no se aparte de las verdades intrínsecas en su naturaleza –vale decir: que no se convierta en ficción– es una batalla perdida.
En todo caso yo diría que hay cierta nobleza en librar esa batalla, aunque se entienda que el resultado será la derrota. El heroísmo consiste en comprender que la realidad será superada por la ficción pero igual intentar rescatarla, curar sus heridas y luchar hombro con hombro con ella.