14 de marzo de 2013 0:13 hs

San Francisco Javier nació en 1506 en Navarra, España, y murió en 1552 en la isla de Sanchón Sancián, en China. Era un sacerdote misionero, jesuita, y realizó su labor en el Lejano Oriente, donde trabajó en la evangelización de la India y de Japón. Ha sido llamado “el gigante de la historia de las misiones” y el papa Pío X lo nombró patrono de las misiones extranjeras.

Esta es la escueta biografía de quien Jorge Mario Bergoglio, el argentino hijo de italianos elegido ayer papa número 266, tomó el nombre para su pontificado. El nuevo jefe de la Iglesia Católica, jesuita como Francisco Javier, ha llevado una vida de bajo perfil y de austeridad, detalles no menores si se compara con la modestia y las obras de caridad que propulsó ese santo del siglo XVI.

“¿Quo nomine vis vocari?”, le preguntaron a Bergoglio tras ser electo nuevo pontífice. “Vocabor Franciscus”, respondió el sacerdote porteño. Algunos, además, se apresuraron a relacionar ese nombre con otro gran santo de la Iglesia Católica, San Francisco de Asís, un italiano nacido en 1182 y que propició una reforma en la iglesia basada en una vida llena de privaciones y de pobreza.

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Desde Juan Pablo I (1978), el italiano Albino Luciani –el primero en seleccionar un nombre compuesto–, que no se daba la originalidad en la elección del nombre. Para dar con el anterior, había que remontarse al siglo X, cuando fue electo Landón I en el año 913. Lo de hacerse llamar de otra manera viene desde el fondo de la historia.

“El cambio de nombre tiene una explicación teológica fundada en la Biblia. Dios cambiaba de nombre a las personas que asignaba una misión especial, por ejemplo a Abraham. También, Jesús a algunos apóstoles, como san Pedro o san Pablo, les cambió el nombre al asignarles su misión”, explicó un análisis de Rome Reports, agencia internacional especializada en noticias vaticanas y que, desde antes, aventuraba que en esta ocasión “podría ocurrir que el nuevo papa estrenara un nombre”.

Pero en el caso de los obispos de Roma no siempre resultó así. Este hábito de variar el nombre comenzó en el siglo VI. Juan II, Sumo Pontífice entre el año 533 y 535, fue el primero en no tomar el nombre de bautismo para gobernar la iglesia. Antes de ser papa se llamaba Mercurio. Una teoría asegura que Juan II dejó su denominación original porque representaba un dios pagano. Luego de este papa, otros volvieron a optar por el nombre de bautismo hasta que la actual costumbre se asentó con Gregorio V (996-999), conocido como Bruno de Carintia.

La elección del nombre es personal y tiene que ver con la relación que puede tener el elegido con papas anteriores o por devoción a algún santo, como ocurrió con Bergoglio. Juan Pablo I unió los nombres de sus antecesores, Juan XXIII y Pablo VI, y Juan Pablo II lo tomó de Luciani, quien fue papa poco más de un mes. En tanto, Benedicto XVI tuvo como referente a Benedicto XV, el Sumo Pontífice que debió mediar en la primera guerra mundial.

“He tomado el nombre de Benedicto XVI en relación con el papa Benedicto XV, un valiente y auténtico, profeta de paz ante el drama de la primera guerra mundial”, dijo Joseph Ratzinger en su primera audiencia general en abril de 2005.

Otros nombres de papas muy repetidos han sido Urbano (16), Gregorio (16), Clemente (14), León (13), Inocencio (12) y Pío (12). León XIII ha sido recordado por abordar la cuestión social en sus encíclicas, muy en boga durante la revolución industrial. Allí se puso en funcionamiento la doctrina social de la Iglesia Católica.

Eso sí, hasta el momento ningún papa se ha animado a utilizar el nombre del primer papa, Pedro. Ni siquiera lo hicieron Juan XIV y Sergio IV que se llamaban así cuando nacieron.

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