6 de enero de 2013 20:48 hs

Si uno se fija en las crónicas que en los últimos años han publicado los diarios luego de cada premio José Pedro Ramírez encontrará muy pocas diferencias. Y esto no es azaroso pese a que se trata de un juego. Sucede que las carreras de caballos en Maroñas -y sobre todo las que se corren el 6 de enero- son una especie de liturgia de la que participan casi siempre las mismas personas aunque el nombre de los caballos -y sobre todo el del ganador del premio principal- ofrezca algunas variantes”.
Así empezaba la crónica publicada el sábado 7 de enero en El Observador luego de que Alcázar ganara el premio José Pedro Ramírez del 2012.

Y, en verdad, en un año muy pocas cosas cambiaron para los apostadores del Hipódromo de Maroñas, salvo las que se destacan en la página 4. Los mismos gritos de siempre, los mismos olores, los mismos políticos alentando a sus caballos y algún que otro acento extranjero al que solo el turf es capaz de hacer sonar en Maroñas.
Pero, esta vez, los organizadores de la fiesta hípica parecieron tomar conciencia como nunca antes de que el premio Ramírez se corre un seis de enero. Justo el día en el que llegan los Reyes Magos. Y, se sabe, por más veloces que sean los caballos que corren en la pista, ninguno será capaz de igualar el vértigo que los camellos provocan en los niños.

Por eso, ayer por el Hipódromo no sólo se pasearon tres señores disfrazados de Melchor, Gaspar y Baltasar, a los que acompañaban tres muchachas que regalaban globos a quienes se acercaran. También había inmensos juegos inflables repartidos detrás de cada tribuna que estaban permanentemente llenos de niños. En la entrada del Palco Oficial una empresa de teléfonos había instalado un stand en donde se podía participar en juegos electrónicos.
Y habían muchachos subidos en los tradicionales zancos de madera y también en zancos rebotadores que permiten correr gracias a un mullido sistema de resortes.

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Además, una máquina expulsaba las letras de la palabra Maroñas formadas por espuma de jabón que rozaban la cabeza de los apostadores y flotaban por encima de los más chicos que las seguían con la vista cuando no podían desbaratarlas de un salto.

En la vuelta andaba un hombre-bombita de UTE que sudaba dentro de un traje de polifón que los niños pellizcaban al paso. Hasta las promotoras, que el año pasado lucían apretados pantaloncitos y musculosas que les sacaban el aire, esta vez se vistieron un poco más recatadas y algunas de ellas se dedicaron a repartir caramelos masticables de esos que son muy ricos pero se te pegan en los dientes. Cada hora, un grupo de artistas callejeros hacía acrobacias colgándose de telas coloridas y azuzando a los botijas para que les dijeran cuán alto quería que subieran.

Por supuesto, todo eso ocurría en un Hipódromo. Por eso, no resultó raro que uno de los Reyes Magos que se sacaban fotos con los niños, se alejara un poquito de su ruta y, al pasar, le dedicara unas palabras al oído de un amigo que lo esperaba recostado contra una columna y con un programa de las carreras abajo del brazo. “Acordáte, en la nueve al siete”, le susurró Melchor. El siete se llamaba Beeper. Y ganó. Pagó dos pesos por boleto.

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