Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
La música de Morricone nos acompañará siempre. Marcará la navegación a través de los momentos y las épocas, los lugares y el crecimiento personal, los acontecimientos, las amistades y el amor, los libros y todo lo demás. Nos bastará con cerrar los ojos, cuando esas notas suenen, para volar por el espacio y por el tiempo, como al soplo de la madeleine de Marcel Proust, hacia el interior de nuestra alma que -entonces sí- se habrá convertido, de algún modo, en todas las cosas.
Con Morricone hemos sentido que la música no era sólo su música, sino un espacio creado para que nosotros también pudiéramos decir: nuestra música. Y en ella entraban juntamente las cosas más sublimes y las pequeñas tonadas que tarareábamos distraídos. Algo del Laudate Dominum de Mozart. Algo de They Can’t Take That Away from Me de George & Ira Gershwin. Y algo del Yellow Submarine de Ringo.
Déjeme que comparta con usted un par de memorias personales.
Mientras Priscilla y yo fuimos relativamente niños, es decir, hasta comienzo de los años 70, muchas veces íbamos en verano al continente, a una casa en Bois-Guillaume, a las afueras de Rouen, en Normandía. El viaje era largo, en un Ford Anglia Deluxe. Para entretenernos, nos gustaba cantar durante horas las más variadas canciones, desde las baladas de los Beatles a We’ll Meet Again de Vera Lynn. Pero en 1969, compramos un Musicassette y nuestros viajes cambiaron. Y no sé bien cómo sucedió, pero el primer cassette que tuvimos resultó ser uno de bandas sonoras de películas cuya primera canción del lado B era el tema musical del film Once Upon a Time in the West, compuesto por Ennio Morricone. Le confieso que, al escucharlo por primera vez, me resultó un poco chocante: el xilófono, la soprano extrema, los desencadenados violines…, pero ya al final del viaje, quizás incluso antes del ferry Dover-Calais, el tema se había convertido en parte de mi vida -y así ha seguido hasta hoy.
Pero mi experiencia mayor con Morricone gira en torno a Cinema Paradiso. (Seguramente la versión que más he escuchado es la de Pat Metheny y Charlie Haden en el álbum Beyond the Missouri Sky). Cuando se estrenó el film de Giuseppe Tornatore, fuimos con María al cine Odeon, a vivir eso que tan bien describe James Taylor: to seat in the darkness and be somebody else… Cuando, al final, las luces se encendieron, nadie quería moverse de su asiento y en la sala había una quietud maravillosa. En la primera fila, un hombre se puso en pie y, dirigiéndose al resto de los que estábamos allí, nos desafió:
-Bueno, estamos todos de acuerdo en que ésta es la mejor película que hemos visto en nuestras vidas, ¿no es cierto?
Todos, aquiescentes, nos reímos.
Con el tiempo, sin embargo, llegué a pensar que aquella situación, aquella pregunta y aquellas respuestas, habían falseado completamente la realidad. No es verdad que Cinema Paradiso fuera, ni de cerca, la mejor película que hubiéramos visto nunca. Lejos de ahí, no pasaba de ser un producto de segundo orden, in a sentimental mood. Pero era una película -como el hombre a la nariz, en el universalmente famoso poema de Quevedo- pegada a una fabulosa música de Morricone. Tan fabulosa que eso le bastaba.
Muchas películas fueron rescatadas de su honrada medianía por todo lo que expresa o sugiere la música de Ennio Morricone. Yo he sentido también, al escucharla, que mi alma se elevaba por encima de sus propias capacidades.
Lo que quiero decir -y es algo que puede sonar bastante extraño, pero me arriesgaré- es que la música, (en realidad, cualquier cosa hecha por el hombre, pero el arte y la música son metáforas imperfectas de nuestra humanidad), no es sólo la mentefactura de alguien, la expresión de un yo individual, sino también y sobre todo un acto de amor. De amor en dos niveles de eficacia: estableciendo, por un lado, una comunicación (communio) entre las partes, pero, transformándonos y mejorándonos en el camino (Metanoia). La música de Morricone lleva a cabo un definitivo acto de justicia, porque no se resigna a que las cosas sean lo que son, sino que desempolva en ellas su verdadero ser, que estaba oculto. Y de paso el nuestro. Y así nos hace, por un momento, felices, con una felicidad que no sabíamos que existía.
Ciao, Ennio: ci vediamo in Paradiso.
Estimado Leslie:
A penas supe de la partida de Ennio Morricone imaginé al cielo envuelto en una gran fiesta. Hay almas que vienen a este mundo para enriquecerlo con la inagotable abundancia abrigada en su profundidad, y no me cabe duda que la de Morricone fue una de ellas.
Tengo la costumbre de escuchar música mientras escribo y ahora, en este preciso instante, me acompaña la banda sonora de La Misión en el Spotify de mi computadora. La misma que sonaba gozosamente el día de mi casamiento y que, por ende, no puedo evitar sentir como mía. Así, coincido definitivamente con usted cuando dice que la música de Ennio Morricone no es sólo de él, sino también nuestra. Ese es, precisamente, el regalo que nos hacen los genios: la apropiación de la Belleza en la comunión consumada en su obra. Como la música creada por Beethoven quien, con modélica humildad, confesó que era su manera de traducir las palabras de Dios mientras le hablaba. Y yo le creo, Leslie, porque cada vez que escucho su Concierto para piano nro. 5, experimento un encuentro inefable con la divinidad. Y siempre recuerdo a un colega (o, mejor dicho, un maestro), profesor de dibujo, que en sus clases ponía a Beethoven y decía a sus alumnos que nadie puede escuchar el Emperador sin enamorarse.
Pero lo más maravilloso es que en el encuentro se diluyen, como usted bien sugiere, los límites contingentes y efímeros de la individualidad. Escuchando el Adagio (mi movimiento preferido, ¡por lejos!) vivencio a flor de piel lo que Romain Rolland en una carta a Freud llamó “sentimiento oceánico”: una sensación de eternidad, de unidad mágica con el universo.
Usted bien sabe que yo no creo en las casualidades. Y en el orden de la misteriosa razón que gobierna al mundo, su carta concierta perfectamente con un asunto que me ha mantenido alegremente ocupada toda esta semana. El desencadenante fue un artículo de Eduardo Espina publicado en El Observador del pasado fin de semana, “La muerte de un estudiante”. En él Espina reflexiona sobre la vida, la muerte, el espíritu crítico y el poder conciliador de la poesía. Me sentí muy identificada con lo que leí: tanto con el deseo de quedarse a vivir en la Oda al Tiempo de Neruda, como con la idea de que “la poesía es buena cuando no es la historia de nadie”. Pero también, como docente, con la satisfacción experimentada cuando un estudiante se anima a pensar en contra de la corriente, desafiando los obtusos criterios de la corrección política, “en días de manada ideológica en los que pocos se animan a ser la oveja negra”.
La oveja negra era un estudiante de Espina recientemente fallecido, a quien el profesor rinde homenaje en su artículo. Y tampoco es casual el hecho de que este estudiante, llamado Asa, fuese un enamorado tanto de la música como de la poesía, y que su sueño fuese vivir en algún lugar donde “poder ver a diario el infinito desde cerca”. Seguro que Asa conocía los placeres gozosos del “sentimiento oceánico”. Y no me cabe duda de que su sensibilidad musical y poética fue la llave que abrió la puerta hacia esa comunión con la eternidad donde, como dice Nietzsche, el pensamiento binario se disuelve y “todas las cosas están encadenadas, trabadas, enamoradas”. Entonces el mundo se vuelve profundo, y perfecto.
Claro que amo a la Filosofía y, como Sócrates, creo que “una vida no examinada no merece la pena ser vivida”. El ejercicio del pensamiento crítico es fundamental, pero la plenitud de una vida exige más. Condenados a la incertidumbre, los seres humanos necesitamos, sin embargo, poner las fichas al número que juzgamos más verdadero, justo o adecuado. No podemos evitar elegir, y la Filosofía nos enseña que la elección es libre siempre y cuando seamos conscientes de que siempre podemos (y debemos) enriquecer nuestra apuesta escuchando argumentos y decisiones diversas, contrarias incluso. Y entonces, quizás, de la acotada razón discursiva demos el salto de fe hacia la luz de la “razón poética”. Y comprendamos que, al final, todo se resuelve en esa unidad subterránea y eterna de todas las cosas.
Sí, Leslie, el hallazgo se da en los espacios creados por almas iluminadas por la razón poética. Muchas de las cuales fueron, son y serán, ovejas negras.
Para nuestra alegría, a todas ellas; infinitas gracias.