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Espectáculos y Cultura > Epígrafe

Abandonar libros no es un pecado

La edición de abril de Epígrafe está dedicada a la concentración fluctuante y los libros que van con ese espíritu de lectura volátil

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28 de abril de 2022 a las 15:36

Esta semana abandoné un libro. El jardín de vidrio, de Tatiana Țîbuleac, estaba siendo demasiado enredado y cuesta arriba para el estilo de lectura que, contra mis propias intenciones, adopté en las últimas semanas. Hoy, a fines de abril de 2022, soy un lector de cortocircuitos, de plazos de concentración breves, de párpados que caen fácil. Llevo siéndolo desde hace algunas semanas. Espero que esta etapa se termine pronto. Volviendo a Tatiana, guardé su novela en la biblioteca y ahí quedará hasta que tenga el espíritu para volver a empezar de cero. Estoy convencido de que es una gran historia, pero no es para mí, no ahora. Ya volveré a ella. O no. 

El abandono motivó esta edición de Epígrafe que, otra vez, no va a tener forma de nada; será, más bien, un vómito catártico en donde se acumulen lecturas que me hicieron sentir bien en los últimos tiempos y que me acompañaron en instancias donde otras cosas se me hicieron cuesta arriba. Porque rara vez abandono libros. Y cuando lo hago, me duele. No puedo evitar sentir que fracasé en algo, y aunque pensarlo de esta manera convierte a la lectura en algo competitivo, y aunque me repele la idea de que eso suceda, me pasa. También me genera otra sensación más agradable: una liviandad inédita. La libertad de volver a elegir. En este caso, sentí que las piolas con las que El jardín de vidrio me estaba atando se soltaron. Quedé listo para una lectura de otro tono. Una que conviva con este lector en el que, temporalmente, me he convertido.

Así apareció Un futuro anterior, del argentino Mauro Libertella. Hace mucho que espero esta novela y, la semana pasada, alguien me la traficó desde la capital porteña. 

Un futuro anterior es la historia de un engaño: la historia de amor de Libertella y su actual pareja. Ambos se conocieron cuando estaban con otras personas y su relación se gestó en secreto, a la sombra de la desconfianza, los celos y las ansiedades. Pero aunque la cuestión suena algo sórdida, el libro no lo es: la manera en la que escribe este autor –que es hijo de los escritores Héctor Libertella y Tamara Kamenszain– tiene toda la luz y la esperanza de los años en los que el desconcierto juvenil empapaba cada pliegue vital y la volatilidad de los sentimientos pilotaba la nave.

Va su comienzo a modo de degustación:

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