Esta semana abandoné un libro. El jardín de vidrio, de Tatiana Țîbuleac, estaba siendo demasiado enredado y cuesta arriba para el estilo de lectura que, contra mis propias intenciones, adopté en las últimas semanas. Hoy, a fines de abril de 2022, soy un lector de cortocircuitos, de plazos de concentración breves, de párpados que caen fácil. Llevo siéndolo desde hace algunas semanas. Espero que esta etapa se termine pronto. Volviendo a Tatiana, guardé su novela en la biblioteca y ahí quedará hasta que tenga el espíritu para volver a empezar de cero. Estoy convencido de que es una gran historia, pero no es para mí, no ahora. Ya volveré a ella. O no.
Va su comienzo a modo de degustación:
Un futuro anterior está siendo un buen bálsamo para mi trauma abandónico, que todavía está fresco. Pero tan bueno como ese libro podrían haber sido los que siguen; son ejemplos de textos que, o bien resultaron lecturas fragmentarias y fáciles de digerir en la efervescencia de la rutina, o bien resultaron ser pequeños oasis de tranquilidad en medio del mar embravecido de la vida. Que nunca es tranquila y, a veces, menos.
Antes de seguir, quiero saber: ¿vos abandonás libros? ¿Te da culpa o no te importa dejarlo de lado si no funciona? Contame.
Ahora sí:
Oxígeno
No supe que había un escritor llamado Peter Orner en el mundo hasta que cayó en mis manos un libro de pequeños ensayos literarios titulado ¿Hay alguien ahí?. Lo publicó en 2020 la editorial cordobesa Chai –de la que me he declarado seguidor incondicional desde que leí a Cynan Jones, alguien a quien ya recomendé por acá– y aunque le entré con una desconfianza injustificada, terminó convirtiéndose en uno de mis libros de cabecera de los últimos meses. Todavía me pasa: lo busco en la estantería y voy a alguna de las (muchas) páginas marcadas para releer cosas (subrayadas) que me marcaron.
Lo que hace especial a este libro es su absoluta falta de pretensiones. Orner quiere escribir sobre lo que lee y lo hace. Y como lee todo el tiempo, termina abarcando universos enteros: escribe de las pilas de libros que se amontonan en su sótano, de cómo lee en la plaza mientras cuida a su hija, de lo que leyó mientras se estaba divorciando, de las lecturas que lo distanciaron de su padre y las que luego lo acompañaron durante su muerte. El diálogo con otros autores es permanente y Orner despliega una capacidad increíble para enhebrar conceptos y sensaciones a partir de un lenguaje cercano en extremo. Tiene pinta de ser un buen tipo, un buen amigo. No leí nada de su ficción, pero no me molestaría echarle un vistazo. Y hablando sobre abandonos, va un pasaje sobre libros no leídos:
Si de libros marcados, rayados y anotados vive un lector, tengo que detenerme un rato sobre Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, quizás el ejemplar más intervenido que tengo en mi poder. Hace poco escribí una nota sobre el acto de caminar en la que este título estuvo muy presente, y tiene sentido: Solnit es una de las grandes ensayistas que hoy tiene el panorama literario estadounidense, y tanto el paseo como sus variantes han sido su objeto de estudio en varios libros. No me interesaba particularmente el tema hasta la que la conocí. Su prosa estilizada y sofisticada, y la manera en la que tiene de estructurar sus ideas en torno a imágenes poderosísimas me conquistó.
Acá Solnit no escribe tanto sobre el acto de caminar propiamente dicho –no como lo hace en su ensayo Wanderlust, por ejemplo–, sino de algo que está intrínsecamente conectado con la idea del camino, pero que preferimos evitar: el acto de perdernos. Los tonos del horizonte, el estado de extravío mental, el presente en su máxima expresión, la decisión de desaparecer de la vista y otros tópicos similares atraviesan este libro, cuya lectura me oxigenó el cerebro como pocas cosas lo han hecho en los últimos tiempos.
Me encanta Una guía sobre el arte de perderse. De verdad. Entiendo que su lectura me cambió. Y si no se agotara a cada rato en las librerías lo regalaría siempre y a todos. Dejo por acá un extracto donde habla del peso de los lugares. La foto incluye mis dedos.
Imagino que a Solnit le gustaría sentarse a charlar con Mary Oliver en, digamos, un rincón de algún parque nacional californiano. Creo que se entenderían bien. Mary Oliver es, de alguna manera, una especie de antecedente directo para algunas de las cosas que la escritora anterior escribe.
En su premio Pulitzer La escritura indómita, Oliver desata su interés por la naturaleza, los paseos largos y la fauna que la rodea, pero siempre vinculados con el ejercicio de la escritura y el acto creativo. Ella es también mucho más poeta que Solnit, y por eso el vuelo lírico de las cosas que escribe es más poderoso y produce otro tipo de efecto en el lector: una suerte de agradable letargo que se extiende por los diferentes temas que aborda en este libro, que en Uruguay se puede encontrar en una edición preciosa (y demasiado cara) de Errata Naturae.
Quiero terminar con una evocación nostálgica: extraño (un poco) las enciclopedias. La última vez que pasé por la casa de mi abuela en Paysandú me detuve un rato a mirar su colección de Lo sé todo. Es interesante cómo se han reconvertido ese tipo de objetos: hoy lo que menos importa es su información, que suele estar en extremo desactualizada, pero imperan otras cuestiones, como el diseño, las ilustraciones, el cariño que se le ponía a cada edición. Por acá un ejemplo, de una página de uno de los tomos:
La introducción enciclopédica no aparece porque sí. Quiero despedirme con un ítem curioso. Se trata de Pequeño Mundo Ilustrado, una serie de ensayos en los que la argentina María Negroni emula, justamente, a los Lo sé todo y su capacidad para compendiar tópicos disímiles, en apariencia lejanos, y que sin embargo se incrustaban en la mente de generaciones. Así explica ella su libro en el prólogo:
«Recordé, no sé si antes o después, que de chica leía el Lo sé todo. Me encantaban la arbitraria yuxtaposición de los temas, los inventarios sin importancia, el cambio repentino de geografías y tiempos, en una palabra, el clima de bazar o mercado de pulgar que se instalaba en sus páginas llenas de ilustraciones. Decidí aplicar la estrategia a mi breve empresa de archivo. ¿No era la infancia, acaso, la habitación favorita del poema? Ambos son, se sabe, pensamiento de lo que no se piensa, sueño sin soñador y murmullo de lo indiscernible.»
En el “mercado de pulgas" de Negroni, entonces, desfilan Sigmund Freud, las Exposiciones Universales, Casanova, El ciudadano, Los sepulcros animados de Mallarmé, Poe, varios mapas, vampiros soviéticos y más. Y con esta selección de rarezas, en este bazar en donde se puede picar y caer cuando se nos dé la gana sin orden alguno, pongo el punto final para esta bocanada de oxígeno literario, de aire fresco mental.