12 de julio 2023 - 15:33hs

Por Sarah O’Connor

La gente lleva muchos años soñando con un mundo sin trabajo. En un ensayo de 1891, Oscar Wilde imaginaba un futuro en el que, "y así como los árboles crecen mientras duerme el hacendado, de igual forma mientras la Humanidad se halle disfrutando de las horas de ocio refinado — lo cual, no la faena, es la finalidad del hombre — o creando cosas hermosas o leyendo obras hermosas, o simplemente contemplando el mundo con admiración y deleite, las máquinas realizarán todo el trabajo necesario y desagradable".

Este año, los rápidos avances de la inteligencia artificial han reavivado las interrogantes sobre si las máquinas podrían algún día sustituir por completo la necesidad de mano de obra humana. Soy escéptica, entre otras cosas porque los seres humanos tenemos una notable capacidad para crearnos más trabajo. Pero supongamos por un momento que el progreso tecnológico diera paso a una era de ocio. ¿Seríamos realmente capaces de afrontarlo?

Cuando en 1930 John Maynard Keynes especulaba sobre las "posibilidades económicas de nuestros nietos", pensaba que el fin del trabajo tal y como lo conocemos podría provocar una "crisis nerviosa" colectiva, diciendo: "Pienso, sin embargo, con temor sobre el reajuste de los hábitos e instintos del hombre corriente — alimentados en él durante incontables generaciones — que tal vez tendrá que abandonar en unos pocos decenios".

Casi un siglo después, no parece que estemos mucho más cerca de poder adaptarnos a una vida de ocio. Al menos en la época de Keynes, la gente se movía gradualmente hacia menos trabajo en sus vidas, con reducciones constantes de las horas de trabajo semanales de una generación a la siguiente. Pero esa tendencia se detuvo en la década de 1990: las horas semanales habituales de los trabajadores a tiempo completo han promediado en torno a las 40 en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) desde entonces.

En algunos sectores y países, los trabajadores siguen reclamando más tiempo libre. IG Metall, el mayor sindicato industrial alemán, está considerando la posibilidad de abogar por la semana laboral de cuatro días para los trabajadores de la siderurgia en el próximo proceso de negociación colectiva del próximo mes de noviembre. Pero otros parecen más unidos al trabajo que nunca. Una amplia encuesta realizada este año en EEUU por el Pew Research Center reveló que el 46 por ciento de los trabajadores ni siquiera ocupan todas las vacaciones retribuidas a las que tienen derecho. Las razones más citadas por los trabajadores fueron que no "sentían la necesidad" de más tiempo libre y que les preocupaba atrasarse. Han surgido plataformas como PTO Exchange (es decir, intercambio de tiempo libre pagado), que les permiten a los estadounidenses cambiar sus vacaciones no utilizadas por "otras cosas de valor", como fondos de jubilación o reembolsos de préstamos estudiantiles.

Para algunos, el tiempo libre también se ha convertido en algo más performativo y enfocado en objetivos o logros. Las carreras no sólo se disfrutan, sino que se cronometran y se registran; los libros no sólo se leen, sino que se cuentan y se comparten en las redes sociales. Como escribió Oliver Burkeman en su libro Cuatro mil semanas, muchas personas sienten "incomodidad con cualquier cosa que parezca una pérdida de tiempo". Las aficiones dan un poco de vergüenza, pero los "trabajos secundarios" son geniales. Insta a los lectores a dedicar más tiempo a las "actividades atélicas", que no tienen un objetivo final y se hacen por el puro placer de hacerlas. Inspirada, el año pasado me inscribí en clases de cerámica. Intenté convencerme de que el hecho de ser la peor de la clase me estaba forjando el carácter y que no importaba que no estuviera haciendo ninguna vasija utilizable. Pero al final, me di por vencida.

Incluso no hacer nada se les vende ahora a los ansiosos o ambiciosos como una forma indirecta de ser más productivos. El excelente libro de Alex Soojung-Kim Pang Descansa tiene el subtítulo "Produce más trabajando menos". Una meditación de la consultora empresarial ProNappers les asegura a los oyentes que "dormir la siesta es un gran uso del tiempo".

¿Es esta necesidad constante de aprovechar cada hora simplemente la naturaleza humana? No necesariamente. En la época de la industria artesanal en Inglaterra, por ejemplo, los relatos contemporáneos sugieren que la gente trabajaba duro, pero no sin tregua, y que cambiaban ingresos por ocio cuando las circunstancias lo permitían. "Cuando los tejedores o fabricantes de medias de seda obtenían un gran precio por su trabajo, se ha observado que rara vez trabajaban los lunes y los martes, sino que pasaban la mayor parte del tiempo en la cervecería o jugando a los bolos", resolló John Houghton, miembro de la Royal Society, en 1681. "En cuanto a los zapateros, prefieren la horca a olvidarse de San Crispín el lunes"; los zapateros se tomaban todos los lunes libres en honor de su santo patrono.

Quizá deberíamos empezar ahora a reaprender las artes perdidas del ocio, en lugar de esperar a un futuro totalmente automatizado que quizá nunca llegue. Como escribió Pang: "El descanso nunca ha sido algo que te tomas cuando has terminado todo lo demás. Si quieres un descanso, tienes que tomártelo".

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