25 de octubre de 2013 19:58 hs

Si mañana vinieran a la Tierra seres de otro planeta para estudiar el comportamiento humano, seguramente una de las primeras conclusiones que sacarían sería cuán importante es para las personas el amor. Los alienígenas podrían llevarse toneladas de libros, películas y canciones, pero quizás lo que no llegarían a descifrar nunca es por qué los humanos saben tan poco sobre este sentimiento.

“Te contaré una cosa banal: somos analfabetos emocionales. Hemos aprendido del cuerpo humano y la agricultura de Pretoria, que la hipotenusa al cuadrado es igual a la suma de los catetos al cuadrado, y todo eso… pero nada sobre el alma. Somos totalmente ignorantes respecto a los sentimientos, a nosotros mismos y a los demás”, dice Johan, uno de los protagonistas de Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman, y hay algo de esa afirmación –tan alejada en el tiempo y el espacio– que se comprueba en el documental del uruguayo Guzmán García, Todavía el amor.

El filme, que se estrenó este jueves en el Cine Casablanca, tras participar del último Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam y de obtener una mención especial en el de Punta del Este 2013, es la ópera prima de García, de 31 años, montajista de los documentales Cachila (2008), Mundialito (2010) y Maracaná, que se estrenará a principios del año que viene.

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Sin saber bien por qué, García se decidió a hacer una película sobre el amor y de lo que queda de él con el correr del tiempo. Por ello acudió a quienes pensó que podían saber más al respecto: la gente mayor. El lugar elegido fue la milonga Vieja Viola de Montevideo, donde el cineasta recogió 11 historias. Pero lejos de ser un retrato sobre el mundo tanguero, la milonga es una excusa para hablar sobre la vida de varios de los personajes que acuden a ella asiduamente.

El efecto es interesante y el espectador se siente un testigo privilegiado del recorte de una realidad concreta, cuando esos desconocidos que se entrecruzan en la pista de baile sin más contacto que el efímero danzar, revelan en la intimidad de sus hogares que tienen mucho más en común que la afición por el tango.

“La película fue bastante resistida por parte del equipo porque no parecía atractiva; de hecho, la presenté a un montón de fondos y no los gané. La hice con dinero mío y con ayuda de mis amigos”, comentó García, de visita en la redacción de El Observador, quien reconoció que el punto de partida de la cinta puede resultar un poco naive.

No obstante, agregó, como suele decir el productor del filme, Sebastián Bednarik, que es mejor partir de un lugar común y llegar a algo singular que partir de algo singular para terminar en un lugar común. Porque aunque es cierto que puede ser un tanto inocente hacer un documental sobre el amor, el resultado muestra que no lo es tanto, a juzgar por el desconcierto de los entrevistados.

“En la ficción se aceptan las historias mientras sean atractivas, pero en el documental se juzga por la temática. Uno cuando está en los festivales ve que las películas que ganan suelen ser de contenido social. Casi todas son africanas, asiáticas de partes pobres o de la Latinoamérica hundida”, señaló el director. No obstante, su mediometraje de 54 minutos también puede ser leído desde una óptica social si se tiene en cuenta el retrato que se hace de la tercera edad, un tema que en este “país de viejos” se ha encargado de abordar una y otra vez el cine nacional.

Esa extraña palabra

Acaso lo más llamativo de Todavía el amor es que el desconcierto del director hacia su objeto de estudio parece ser compartido por sus entrevistados. Cual una Penélope septuagenaria, Irma se pone como límite que se le termine el perfume que le regaló Cachito para abandonarlo, pero nunca lo hace porque él vuelve a regalarle otra fragancia cada año. “Quizás en otra vida alguien me explique algo de lo que es el amor”, dice la milonguera, protagonista de una de las historias de frustración, resignación y entrega que retrata este documental.

También aparece un hombre de 79 años, que aun sufre por la mujer que lo abandonó y duerme cada noche mirando hacia su lado de la cama, o la de un marido cuyo fin último es cuidar a su esposa enferma de Alzheimer. En cada caso es sorprendente la sinceridad y hondura desde la que hablan estas personas, pero es notorio qué difícil es para los entrevistados no solo entender qué es el amor sino incluso pronunciar esta palabra, que pasa a ser reemplazada por otras como “enamoramiento” o “cariño”.

“Lo que pude constatar es que (el concepto de amor) cambia”, señaló García. “Corren dos factores: el paso del tiempo en el individuo y el que son de una época distinta a la nuestra. Ellos lo viven más pragmáticamente. Para mí y la gente joven el amor es una fantasía (…), es en gran parte una proyección”.

Con respecto a la recepción de su película, García espera que pueda llegar tanto a los jóvenes como a los mayores, aunque reconoce que el efecto que hasta ahora ha causado en ambos grupos suele ser diferente.

“Me llama la atención que la gente veterana no considera que sea triste, hasta les parece incluso un poco alegre, pero la gente joven la considera medio bajón o melancólica”, indicó el director.

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