En los últimos días, ni el fútbol, ni la política, ni el clima, ni la fuerte subida de los precios han conseguido desbancar como tema central de todas las conversaciones a esta nueva ley, que es una de las más restrictivas aprobadas en los países de Europa.
Estará prohibido fumar en todas las dependencias cubiertas de los centros de trabajo, públicos y privados, es decir que no se podrá encender un cigarro ni en la escalera, ni en el cuarto de baño, ni al lado de la ventana ni en el balcón del despacho del jefe.
La salvación para los fumadores serán los bares pequeños, cuyos dueños deben decidir si sus locales serán o no libres de humos.
Para aguantar el primer tirón son múltiples los consejos de auto-ayuda publicados en las últimas semanas para los fumadores que quieran dejar el vicio.
Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del pasado mes de noviembre, los fumadores ya son minoría en España (un 25,8 por ciento), frente a los que se declaran ex fumadores (26,7 por ciento) y los no fumadores (47,5 por ciento).
Otra de las previsiones del Gobierno es que en 2006 se vendan en España entre 233 y 466 millones menos de cajetillas de tabaco y entre 56 y 113 millones menos de puros.
Aún en los años 80 eran corrientes escenas hoy impensables: alumnos de secundaria fumando en las aulas, médicos que pasaban consulta "echando humo" o algún profesor de la facultad de Medicina que explicaba el cáncer de pulmón con un pitillo en la boca.
El camino hasta acorralar el tabaco y recluirlo prácticamente al ámbito privado comenzó en 1978, cuando se dictaron las primeras restricciones en la publicidad en radio y televisión.
Se prohibió fumar en vehículos o medios de transporte colectivo, en las áreas laborales donde trabajaran mujeres embarazadas, en centros de menores, establecimientos sanitarios, docentes y oficinas de la Administración con atención al público, pero el cumplimiento siempre fue escaso y los fumadores campaban a sus anchas.
(EFE)