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Familia, maternidad y tragedia: una charla con Pilar Quintana, la autora de una novela imperdible

La escritora colombiana cuenta los detalles de su novela más reciente, ganadora del Premio Alfaguara y que cuenta un drama familiar desde los ojos de una niña en la Cali de los años 80

Pilar Quintana, autora de Los abismos, el más reciente ganador del premio Alfaguara

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30 de abril de 2021 a las 05:03

La escritora colombiana Pilar Quintana ganó en enero la edición más reciente del Premio Alfaguara de novela con una historia que se empezó a escribir cuando era niña. No de forma literal, claro, pero si tiene en la infancia de esta caleña de 49 años sus primeras semillas. Quintana vivía en las montañas que rodean a la ciudad de Cali, y todos los días recorría una ruta llena de abismos y curvas peligrosas para ir al colegio. Una carretera en la que, dice, cualquier niño de Cali se marea y vomita y si se les pregunta, dirán que es “miedosísima”.

En esa ruta, cada tantos metros, hay al costado del asfalto cruces blancas, que señalan los lugares donde hubo accidentes mortales. En uno de sus trayectos diarios, la madre de Pilar le contó que la madre de una de sus amigas había desaparecido en esa carretera cuando era niña. Pilar sabía de qué amiga estaba hablando. Es más, la conocía, porque vivía cerca de su casa. Ese relato pasó a poblar sus pesadillas infantiles y alimentó sus miedos, por ejemplo, el temor recurrente a la orfandad. Ahí, entonces, encuentra el origen de Los abismos, la novela premiada.

El libro tiene como protagonista a Claudia, una niña de clase media alta que desde su punto de vista relata algunos de los puntos de quiebre de la vida de su familia y en particular, repasa su vínculo con su madre, su tocaya, con quien convive la mayor parte del tiempo. Recuerdos, historias familiares, relatos ajenos y memorias propias se van cruzando en este relato cotidiano que también sirve como una forma de observar y cuestionar los mandatos sociales de mediados del siglo XX, a la sociedad colombiana, y en particular, a la de la ciudad de Cali.

Mujeres frustradas, hombres ausentes, matrimonios con diferencias de varias décadas entre sus componentes, maternidades impuestas y una intención de mantener las apariencias a pesar de todo son algunas de las cuestiones que se van filtrando en el relato de Claudia. Otras: el ocultamiento de las enfermedades mentales, que se cambian de nombre o se tapan con eufemismos, las diferencias de clase, y también, las mujeres que se salen de la norma social. Como Rebeca, una figura inspirada por esa madre desaparecida de la infancia de Quintana, un fantasma constante en Los abismos que es visto como una mancha en el pasado de su familia por salirse, como su equivalente del mundo real, de la ruta que debía transitar según la sociedad de ese momento.

Quintana, que con su premio se sumó a una lista de ganadores que incluye entre otros a Eduardo Sacheri, Tomás Eloy Martínez y Elena Poniatowska, dice que Los abismos es una de sus novelas “más personales”. Que la ayudó a procesar su relación con su propia madre y también con su ciudad. Y que también se terminó construyendo como una contraparte de su libro anterior, La perra, en el que la maternidad también juega un rol central en la historia. Sobre eso, su vínculo con los premios literarios y la pandemia, la colombiana dialogó con El Observador.

¿Qué tanto hay de su infancia en Los abismos?

No es una novela autobiográfica, mi familia no está conformada como la de Claudia, por ejemplo. Las circunstancias de la protagonista no son mías, pero la novela transcurre en una Cali que no sé exactamente si es la de mi infancia, pero sí la que he creado a partir de mis recuerdos, que pueden ser tergiversados y no corresponder con la ciudad real. Tiene cosas sacadas de la vida real, como la historia de la mujer desaparecida, aunque solo saqué la idea, nunca le consulté a nadie como había sucedido esa desaparición, me la inventé. Tiene algo de realidad, pero todo está muy cambiado y vuelto ficción, para armar una novela orgánica. Creo que sin ser autobiográfica es una de mis novelas más personales. La protagonista de La perra, por ejemplo, es una mujer negra, del Pacífico colombiano, nacida pobre, y es diferente a mí. La protagonista de La flaca es una mujer de Cali pero de otra generación, nacida en un barrio completamente diferente al mío, con una configuración familiar diferente. En cambio, esta Claudia sí pertenece al mismo círculo caleño en el que crecí. Va a un colegio como el mío, tiene una familia que podrían haber sido mis vecinos. 

Al escribir sobre su ciudad, ¿cambia su vínculo con ella?

Me he pasado la vida elaborando a Cali en la ficción, porque para mí Cali es una especie de trauma. Es mi ciudad, me encanta y me parece hermosa, pero al mismo tiempo me parece horrorosa. Y creo que es una ciudad tremendamente conservadora, en el sentido de que hay un deber ser de los hombres y un deber ser de las mujeres, y a aquellos que nos salimos de la norma, que no nos vestimos, peinamos, maquillamos, pensamos y hablamos como corresponde con ese deber ser obligatorio caleño, la ciudad nos rechaza. Crecí en una ciudad que me miraba con malos ojos hasta que empecé a escribir. Mi primer ejercicio de escritura fue para decirle a todo el mundo que yo era eso y no aquello que se esperaba de mí. Y creo que eso me permitió tener una relación de comodidad, de empezar a sentir que me importa un culo lo que piensen. Esto soy, y esto es lo que puedo ser. Siento que la literatura y la escritura han sido mi refugio de ese lugar un poco marginal que ocupaba dentro de la ciudad. 

En Los abismos hay una mirada a esos mandatos, con las mujeres que tienen que ser madres y esposas, y los hombres que tienen que ser los que proveen económicamente a la familia.

La Cali del libro es la Cali más antigua que le tocó a mi mamá. La Cali de mi niñez es otra, la de los años 80, que todavía no era la de los carteles de la droga, que sí me tocó vivir de adolescente. Esos mandatos no me los impuso Cali, porque a las mujeres de mi generación, como Claudia, no tienen los mismos mandatos y nadie va a esperar que se case primero, sino que estudie. En Coleccionistas de polvos raros sí está la Cali que me tocó vivir, la de cómo debe comportarse una niña, adolescente y señorita de los años 80 y 90. 

Pero hay algo de las mujeres de esa generación, como la de la madre de Claudia, y las vidas que quisieron tener y no pudieron.

Creo que pasaba sí. Es una reflexión que yo hice porque no sé si mi mamá la hubiera hecho, y menos que me la hubiera hecho a mí. Decir "soy una mujer frustrada porque tuve hijos". No creo que mi mamá pudiera haber encarado eso, pero es algo que si siento, que muchas mujeres de esa generación, o al menos muchas de las que me rodeaban a mí, como mis tías, algunas de las madres de mis amigas y mi propia madre pasaron por eso. Yo pienso que es una generación de mujeres que muchas veces ni siquiera se preguntaron si querían ser madres o no, sino que eran porque era lo que les correspondía hacer, y de repente se encontraron con una familia. Lo que yo sentí es que cuando esas hijas llegamos a la adolescencia, esas madres empezaron a sentirse muy insatisfechas, porque ya no tenían un papel que cumplir en la casa, ya habían cumplido su papel de madre, y de repente se encontraban en casa, con sus hijas ya crecidas y ellas no tenían una vida diferente de ser madres y esposas. Eso le pasó a mi madre, que empezó a trabajar cuando yo tenía 16 años.

¿Que la narradora fuera una niña ya estaba planteado desde el principio de la escritura?

Cuando empecé a trabajar en lo que se convirtió en Los abismos no había niña. Había una mujer adulta llamada Claudia, que vivía en una finca en las montañas de Cali, y que iba manejando por la carretera con abismos y neblina para llegar a su casa. Era como una historia muy gótica, y de repente, cuando Claudia iba manejando, pensé en la historia de la mujer desaparecida de mi infancia y metí ese recuerdo ahí, porque me pareció que iba bien. Y lo de la mujer desparecida me empezó a parecer más interesante, y luego las circunstancias en las que Claudia se había enterado de esta mujer desaparecida. Entonces tuve que inventar al personaje de la madre de Claudia, y llegué a un momento en el que me di cuenta de que la historia de Claudia, la adulta, no iba para ningún lado, pero sí la de la niña. Extraje a la adulta, quedó solo la Claudia niña. Quedó la narración de esos hechos del pasado desde el punto de vista de la niña que fue. Está ese punto de vista, pero creo que hay claves en la novela para mostrarnos que hay distancia temporal. 

¿Cómo trabajó el vínculo entre Claudia y su madre, que es el eje de la historia?

Al principio tenía una madre fría, fascinada con la muerte, con la mujer desaparecida y también con unas mujeres muertas. Y en algún momento dije "a esta novela le falta algo que no sé qué es". Me fui de viaje a Alemania, y como era un viaje largo y me gusta trabajar en los aviones, me puse a examinar lo que tenía. Me di cuenta de que lo que me faltaba era el personaje de la madre. Que había hecho una madre como yo, la autora, pensaba a las madres. No había creado a un ser humano, sino solo una madre, que además era mala, fría y seca, y obsesionada con la muerte. Entonces me di cuenta de que ese personaje era débil, y lo era porque me costaba trabajo examinar a mi propia madre con ojos de escritora. Si yo voy a crear a un asesino, como escritora, tengo que entenderlo. No simpatizar con él, pero sí empatizar y entenderlo. Y no estaba empatizando con esa madre, no sabía por qué era así. Me tocó volver la vista atrás y examinar ciertas circunstancias de la vida de mi madre para poder crear una madre de ficción. Creo que fue un proceso muy personal, y por eso también digo que fue una novela muy personal, porque me sirvió para empezar a entender que yo juzgaba muy duramente a mi madre, porque eso es lo que hacemos los hijos. Fue un gran ejercicio; me sirvió para crear a un personaje de ficción, pero también para entenderme yo como hija y entender a mi madre. 

La protagonista de su novela anterior, La perra, es una mujer que quiere tener hijos y no puede, y en Los abismos hay una mujer, la madre de Claudia, que fue madre aunque no quería. ¿Ve a las novelas como contrapartes?

Creo que una es el negativo de la otra. Estamos explorando dos caras de la maternidad, dos caras que no son singularidades, sino dos realidades que se presentan mucho. Damaris, la protagonista de La perra, se dedica a limpiar casas de blancos mestizos del interior de Colombia, que van a pasar las vacaciones a sus casas de recreo. Y los protagonistas de Los abismos son personas blancas mestizas del interior de Colombia que en un momento se van a pasar vacaciones a una cabaña en el Pacífico, que perfectamente podría ser la que limpia Damaris. Una novela es el reverso de la otra, y creo que estoy examinando dos lados. 

Al momento de escribir, ¿cómo define qué historias quiere contar?

Siempre es un misterio. Tengo muchas libretas llenas de ideas, y algunas de esas, a veces, salen de la libreta general y tienen su propia libreta. Y ahí, esa idea tiene más opción de convertirse en novela. Empiezo a trabajar sobre esa idea, en algo que consiste en un trabajo de interrogación. ¿A quién le pasa la historia? ¿Dónde pasa? ¿Cuándo pasa? ¿Cuáles son las motivaciones de a quién le pasa? Si logro responder esas preguntas, ya tengo un universo narrativo. Y si luego logro armar una historia, si logro que ocurran eventos, sigo. A veces consigo tener todas las respuestas, a veces no. Si tengo todas las respuestas, empieza a escribirse la novela. Y a veces incluso me doy cuenta a la mitad que esas respuestas que creía tener no funcionan, y que tengo que descartarla.

¿Cómo afectó la pandemia su proceso de escritura?

Escribo cuando mi hijo está en el colegio. Cuando empezó la pandemia tenía cinco años recién cumplidos, ahora ya tiene seis, y había terminado en enero de 2020 el que sabía que era un borrador definitivo de Los abismos. Tenía una historia sólida, y tenía que pulirla. Mi plan era dejarla descansar hasta marzo, y empezar a trabajarla hasta junio para que la lean mis lectores de confianza y mi agente, y de julio a octubre terminarla y postularla al premio. Pero llegó la pandemia y me tocó trabajar con un niño en la casa, que ya es independiente pero todavía necesita y pide mucha atención. Entonces fue un reto trabajar con interrupciones cada pocos minutos, en un trabajo que requería largo tiempo de lectura y atención a los detalles. Me demoré hasta octubre pero llegué a entregarla al premio. 

¿Cómo se lleva con los premios literarios? ¿Qué valor les da?

Son maravillosos y horribles a la vez. Y voy a sonar como una privilegiada quejándose, pero no: estoy muy contenta y agradezco haberlos ganado. Me han permitido cada vez más vivir de mis libros, que es el sueño casi imposible de todo escritor. No lo logro completamente, pero sÍ me han dado largos períodos de escritura sin tener que preocuparme por cómo sobrevivir, y eso es absolutamente maravilloso. Me han dado más lectores; no creo en esos escritores que dicen "no escribo para que me entiendan o que me lean". ¿Para qué escribís, entonces? ¿Por qué no escribís un diario y ya? Yo sí escribo para que me lean, y mi sueño es tener más lectores, y esto me lo ha permitido. Pero los premios también te exigen cosas externas a la escritura y a veces son como cantos de sirena en los que caigo, porque los escritores, y no soy la excepción, somos hambrientos de reconocimiento y el premio te lo da: más entrevistas, más eventos, te buscan más. Y a veces es un agobio, porque el trabajo de escritura requiere soledad, contemplación, que no haya interrupciones. Y los premios te quitan esa tranquilidad. 

Quintana en Netflix
En marzo se estrenó en la plataforma la película Lavaperros, que tiene como una de sus guionistas a Quintana, que trabajó como guionista en televisión en sus comienzos, pero que hasta ahora no había escrito para cine. "Fue una experiencia muy enriquecedora. Siento que la escritura de este guion fue como una maestría. Me permitió darme cuenta de la diferencia entre la escritura de guiones y la literaria, y que me ayudó como escritora literaria a escribir más como guionista, y a entender que siendo guionista puedo ayudarme de la parte literaria para hacer un guion mejor", dijo la autora.
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