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Gabriel García Martínez es luz

Con una exposición individual en el Foto Club y la edición del libro Ego sum lux, se presenta en sociedad quien fuera fotógrafo de esta casa

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01 de septiembre de 2018 a las 05:04

Hace 20 años participé de un taller de fotografía que dio Mauricio Skrycky, uno que  se decía por ahí que sabía sacar fotos. Una tarde nos dijo, a un puñado de amigos suyos, que daría un taller gratuito a quien quisiera participar. Nos anotamos unos ocho, que empezamos a hacer los ejercicios que nos mandaba.


Yo trabajaba en El Observador con Gabriel García y le mostraba las fotos que sacaba para el taller y le contaba las cosas que estaba aprendiendo. García me dijo que él se ofrecía para dar una clase de laboratorio en blanco y negro, esa experiencia sublime de revelar y copiar en un cuarto con luz roja.


Se lo dije a Skrycky y me dijo que si García quería participar, que diera una clase magistral: que mostrara sus fotos. García aceptó y tuvimos el privilegio de ver una antología de su obra extraordinaria, con el autor hablando sobre cada foto y respondiendo las preguntas de los aprendices. Tiempo después, además, nos dio la clase de laboratorio que había ofrecido. 


Que yo supiera, esa que mostró en el taller fue su primera exposición individual. Nosotros solíamos llamarlo, de forma burlona, “la Leyenda”, algo así como el mejor fotógrafo que jamás expuso, un secreto compartido entre algunos elegidos.


Poco después asumió tareas de edición de fotografía en el diario, y se dedicó con muchas ganas a organizar el archivo. En 2005 entró por concurso al Centro de Fotografía,  de la Intendencia de Montevideo, donde hoy es el responsable de la gestión del archivo histórico.


Cada tanto, intentábamos alentarlo a seleccionar un puñado de fotos y colgarlas en alguna pared, pero no logramos contagiarle nuestro entusiasmo. Hasta que nos acostumbramos a que era así, que su ego no era el ego que se siente cómodo en el centro del universo. 


Desde hace poco más de un año, empezó a mostrarnos lo que sacaba con el celular, un iPhone 5. Eran fotos como si fueran apuntes en un diario, de alguna manera lo esperable en imágenes obtenidas con un celular, solo que no estaban los retratos consabidos ni las selfis de rigor. Tampoco estaban algunos rasgos que definían su obra de tres décadas: el blanco y negro y el rigor técnico. Ahora era una cámara de 8 megapíxeles y fotos a todo color.

El libro es una edición de 300 ejemplares numerados y firmados por el autor, en formato cuadrado, tal como la mayoría de las imágenes

Lo que sí había era esa atmósfera poética, tan propia de García, en cada cuadro, que se abría paso en el alma del mirón, bastante más allá de lo descrito en el encuadre.


El tema, ahora, era él mismo, la rambla Sur, el Cementerio Central, la cafetera al fuego, su casa (con rambla Sur, cementerio y bahía de Montevideo) vista desde un avión, un tren en la bruma, una costa inundada, un incendio, camas tendidas y destendidas, platos de comida antes y después de la comida, naturalezas vivas y muertas, una mudanza.


Pues lo inconcebible sucedió: Gabriel García Martínez expone desde el jueves 23 de agosto en el Foto Club Uruguayo (Ejido casi Mercedes) y presenta un libro de 64 páginas el 14 de setiembre en Casa Arbus, un cowork de fotografía en Canelones y Blanes.


Exposición y libro llevan como título Ego sum Lux (Yo soy luz, en latín). El libro es una edición de 300 ejemplares numerados y firmados por el autor, en formato cuadrado, tal como la gran mayoría de las imágenes.


Es un gran acontecimiento, porque se expone, en esta segunda inocencia, casi a su medio siglo de vida, una de las miradas más originales de la fotografía uruguaya. Sin lujos técnicos ni artificios ni intervenciones externas, es un viaje muy placentero a través de 52 imágenes y alguna anotación al margen hecha de puño y letra del autor. 
 

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