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Gabriela, la maestra detrás de los libros artesanales para niños ciegos que recorren el país

Gabriela Perciante es una maestra especializada en niños ciegos que creó un libro artesanal en Braille para ellos; lleva cuatro ediciones y se agota en cuanto se publica

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01 de abril de 2019 a las 05:05

Podría haberle seguido la corriente a las demás maestras. Haber declinado cortésmente con un “bueno, me interesa, pero la verdad que no, ahora no; quizás después”. De seguro se habría ahorrado unas cuantas noches sin dormir, algunas desesperanzas propias del trayecto, la sensación de que el cuerpo y la mente no le alcanzan, que no sirven para bancar las horas al frente de un proyecto como aquel. Decir “no”, claro, era sencillo. Automático, tal vez. Menos sacrificado. Pero ese “no” nunca terminó de tomar forma, ni siquiera amagó a extender una sombra de duda en su decisión, que estaba tomada desde hace tiempo. Por eso su respuesta fue implacable. Y también única entre todos aquellos “no” que la propuesta consiguió en la Escuela n° 335 de Mendoza y Capitán Tula. Gabriela Perciante dijo “sí”. Y después dijo “me interesa”.

Como sucede en las grandes y pequeñas decisiones que tuercen la vida para un lado o para el otro, el paso delante de Perciante no se materializó en el momento en que su decisión llegó a los oídos de los reclutadores; el giro se produjo cuando el niño, ese niño, entró a su clase. Aún a pesar de haberse curtido durante cuatro años en aquella escuela plagada de problemas de conducta y niños en situaciones vulnerables, su aparición la descolocó. Casi ciego, el nuevo alumno tenía 7 años y representaba todo un desafío para las todavía jóvenes maneras didácticas de la mujer. Ella no sabía ni leer ni enseñar Braille y, por lo tanto, no podía enseñar cómo ella misma había aprendido. Y eso la desconcertaba.

Pero había un bote salvavidas que llegaba cada semana al salón de clases bajo el título de maestra itinerante. Esa mujer, avezada en la enseñanza a niños de baja visión, supervisaba el aprendizaje de aquel alumno, su evolución dentro del grupo y le daba algunas directrices y propuestas a una Perciante que se interesaba cada vez más por el mundo sensorial al que accedían las personas no videntes. Y un día, esa misma maestra itinerante se lo planteó: “El año que viene se abre una especialización sobre discapacidad visual en el Instituto Magistral Superior. Puede que a vos y  algunas de las maestras de la escuela les interese para poder recibir más niños ciegos”. Y pasó lo que ya se dijo: entre la catarata de respuesta negativas, apareció el sí expectante de la maestra.

Ahora el cuento se interrumpe. Un ladrido repentino saca a la mujer de sus recuerdos. Perciante eleva la mirada a la puerta abierta de su casa y observa las baldosas del patio interior. Mira hacia afuera. Ve. “La vida es bastante increíble, la verdad. Cómo te va llevando”, dice. Se acomoda en la silla, y hace otra pausa. “Hasta ese momento, nunca había estado en contacto con una persona ciega. No podía enseñarle nada, pero igual estaba fascinada”. Su expresión no ha cambiado prácticamente nada desde que, hace una media hora, abrió la reja de su casa en Capurro. La media sonrisa, dibujada con claridad en un rostro arreglado para la entrevista, permanece recordando a aquel niño, y a su paso al mundo de los ciegos. 

“No conocí a mi abuelo materno, y él fue por un tiempo director del Instituto de Ciegos General Artigas. Mucha gente me habló de él y de lo que hacía, y por eso me preguntaba mucho cómo debía ser aquel  trabajo. Era una época dorada, al instituto lo apoyaba Juana de Ibarbourou, había revistas sobre el tema. Pero nadie en mi familia había seguido ese camino”, rememora la mujer, que ahora tiene 53 años y, entre un montón de cosas, es profesora de yoga. “No me equivoqué”, asegura.

Perciante estuvo estudiando Braille un año. Curso finalizado, empezó a ejercer como maestra itinerante, pasó por el Instituto Artigas –donde trabajó con adultos ciegos–, y más tarde formó parte de la plantilla docente de los hogares infantiles del por entonces INAME, hoy INAU. Allí, de nuevo, se encargó de estar junto a los niños con problemas de visión. La cosa empezó a cambiar cuando llegó su hija. Para criarla, no podía darse el lujo de seguir trabajando de forma tan itinerante, y por eso concursó para ser maestra efectiva. Así llegó a la escuela para ciegos n° 198, en Paso Molino. La enseñanza, sin embargo, se cruzó con una vocación para contar cuentos que venía de antes y que potenció con clases en el colectivo Cazacuentos. Así, la mujer pasó aquellos años entre el tacto del Braille y los cuentos que le contaba a su hija las tardes que pasaban juntas en un claro del Monte de la Francesa, en el barrio Colón. 

Nuevas necesidades

El libro ya lo tenía escrito desde hace tiempo. Era una adaptación de una de las historias que ella le contaba a su hija, pero había llegado el momento de readaptarlo otra vez. Readaptarlo para sus alumnos ciegos.“Para los niños ciegos y de baja visión, tener libros atractivos para leer es una necesidad social. El Braille por sí solo es muy árido, son solo puntos y los aburre. Así fue que se me ocurrió”. 

Perciante, entonces, se puso manos a la obra para elaborar un libro artesanal que sus niños pudieran disfrutar y también oler. El problema, como siempre sucede, fue de dónde sacar el dinero. “Yo no tenía recursos para editarlo. La edición lleva un trabajo enorme de programación, porque tiene que coincidir el texto con el Braille. Por eso me comuniqué con la Unión Nacional de Ciegos (UNCU). Y ellos me ayudaron”.

El trato fue ideal: se harían 50 libros con las herramientas de la UNCU y más tarde, cuando ya estuvieran todos colocados y vendidos, ahí recién la mujer pagaría los materiales. Una vez hechos, se presentaron en la escuela n° 71. El precio de cada ejemplar era de $1000. Y se agotaron enseguida. 

Al momento de recordar esa primera presentación, un nuevo ladrido interrumpe la historia. La mujer se acomoda de nuevo, pero sigue absorta en su tren de pensamiento. Sonríe repasando las casualidades (o causalidades) de la vida. “Como la vida sigue siendo mágica, una persona compró uno de esos 50 libros para regalárselo a una niña. Y esa persona resultó ser el dueño de la librería Mundos Invisibles, que me dijo quería apoyar el proyecto y pagar la edición de 100 libros más. Yo no lo podía creer”.

Así fue como su libro, que se titula Manzi, brujita de manzana, terminó en una librería oficial. Y pocos meses después, había tres ediciones –dos de 50, una de 100– recorriendo el país, los centros de estudio y los dedos de niños que, por primera vez, podían leer. “Me di cuenta de que de verdad era algo necesario, que había que moverlo”.

Pronto, el proyecto llegó a oídos de la Fundación ONCE para la solidaridad con personas ciegas de América Latina (FOAL), cuya sede es española, y le dijeron a Perciante que se presentara a uno de sus fondos para hacer 200 libros más. Después de algunas idas y vueltas, en agosto de 2018 cayó un mail: el fondo se había aprobado. Y en eso está ahora ella, su hija, la UNCU y FOAL, preparando nuevos ejemplares que irán a parar, gratuitos, a distintos centros del país. 

“Yo quiero seguir haciéndolos, porque se precisan. Es mi vocación. Ya estoy cerrando mi etapa en primaria, me quiero abocar completamente a esto”, cuenta.

Hay un último recuerdo, bastante fresco y reciente, que Perciante guarda con especial cariño. De todas formas, antes de hablar hace una pausa más. Parece estar evaluando si de verdad quiere compartirlo, si no es preferible mantenerlo dentro suyo, como parte de un sentimiento íntimo que podría llegar a oxidarse en caso de ser alcanzado por el mundo exterior. Pero lo cuenta. Lo cuenta contenta.

“A los primeros que les di los libros fue a los niños de mi escuela, y me emocioné mucho. Uno siempre tiene muchos sueños y proyectos y rara vez se concretan. Este, creo que por las energías y las ganas que le puse, se materializó. Verlos a ellos tan fascinados fue especial”. Otra pausa, y acota: “Eso y saber que una señora se los mandó a sus nietos en España y Finlandia. Mis libros están allá. ¡Es increíble!”.

Los interesados en el libro pueden escribirle a Gabriela Perciante a gasol.17@hotmail.com o en todo caso comunicarse con la UNCU. 

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