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George Orwell, el puritano feroz

A 70 años de la muerte de un santón antitotalitario, extraño, independiente y sin deudas con nadie (I)

George Orwell circa 1940

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11 de marzo de 2020 a las 05:03

El cronista y novelista inglés Eric Blair, más conocido por su seudónimo, George Orwell, era un hombre alto y mal entrazado, de mente aguda, con un terrible sentido de culpa social y compromiso idealista.

Un día se fue a España, a luchar contra el fascismo en las trincheras, no en las conferencias, como hacían tantos intelectuales progres de su época. Regresó pronto, con un tiro de máuser en la garganta, pero también huyendo de los comunistas, que lo tenían por trotskista y por tanto por enemigo imperdonable. 

Su valerosa crítica a los totalitarismos, especialmente a la Unión Soviética de Iosif Stalin, en tiempos en que casi todos los intelectuales callaban, lo convirtió en un héroe de la izquierda independiente, de los liberales y de los neoconservadores. 

Los comunistas lo desacreditaron de todos los modos posibles. “En mi opinión (Orwell) estaba demasiado desesperadamente ansioso de ser honesto como para ser realmente honesto”, escribió su antiguo editor, Victor Gollancz, quien luego admitiría haber sido condescendiente con los bolcheviques.

Orwell murió relativamente joven, hace 70 años, apenas iniciaba su éxito literario en grande, tras haber llevado una vida de santón intransigente. 

Policía en Birmania y rebelión anti imperial

Eric Arthur Blair nació en la India en 1903, hijo de un funcionario colonial británico, responsable del mortal contrabando de opio hacia China. Aún bebe, contrajo una malformación en los bronquios, lo que, combinada con una tuberculosis posterior, lo mataría cuando tenía solo 46 años.

Blair pasó cinco años de su adolescencia en Eton, un colegio inglés de élite, con una beca para alumnos sobresalientes.

Era un joven relativamente pobre entre ricos y nobles, que comenzó a destacar como una persona culta, cínica y rebelde. También adquirió cierto entrenamiento militar que utilizaría el resto de su vida. 

Pero luego, mientras la mayoría de los exalumnos de Eaton ingresó a las rancias universidades de Oxford y Cambridge, Blair, escaso de dinero, se enroló en la policía imperial en Birmania, en el sudeste asiático.

Lo que creyó sería una gran aventura, acabó en desilusión cinco años después, en 1927. Al menos leyó mucho en aquellas ciudades y aldeas polvorientas, húmedas y calientes, haciendo “el trabajo sucio del imperio”.

Era un hombre distante, tímido y callado, de 1,89 metros de estatura.

Blair-Orwell era consciente y sentía una gran culpa: por su origen social, por su educación de élite, y por la explotación imperial británica en lugares como la India o Birmania, o en China, a través de la introducción deliberada del opio.

“El imperio británico no es más que un mecanismo para brindar monopolios comerciales a los ingleses”, escribió en una de sus novelas. “No niego que en ciertos aspectos modernicemos (Birmania). No podemos evitar hacerlo. Pero en realidad, antes de que hayamos terminado, habremos destrozado toda la cultura nacional birmana”.

En brazos de una “gaúcha”

Tras regresar de Birmania, pasó los siguientes 15 años de su vida sobreviviendo malamente, afanándose por escribir, en una actitud casi autodestructiva. No deseaba la riqueza convencional, pero sí el éxito como escritor.

Mantuvo durante toda su vida una suerte de rebelión contra su familia y su clase social. “En aquel tiempo el fracaso me parecía la única virtud”, escribió años después. Su torpeza y apocamiento social eran muy notorios.

Mabel Robinson Fritz, al centro, con su marido y su hija en 1937

Mabel Robinson, una profesora 13 años mayor nacida en Rio Grande do Sul, cerca de la frontera con Uruguay, y mudada a Gran Bretaña con 17 años, lo acogía eventualmente junto a su esposo, Francis Fierz, en su casa de Londres o en Southwold, un balneario (donde también vivían los padres de Orwell). 

Los Fierz-Robinson eran personas con inquietudes intelectuales, vinculadas a la izquierda política. Allí Orwell comía, descansaba y curaba sus heridas emocionales desde 1930. Durante un buen tiempo la gaúcha Mabel sería su amiga, amante, mecenas y agente literario.

A fines de la década de 1920 Orwell era un socialista de tendencias liberales o libertarias, muy independiente, que vestía malamente, como un proletario, y en permanente actitud de expiación de sus culpas “burguesas”. 

Sin un peso en París y Londres

En 1928 se fue a París, donde vivió casi dos años: de sus ahorros, de dar clases de inglés, y de trabajar lavando platos en los hoteles. Continuó luego en la pobreza extrema, con terquedad suicida, viviendo en las inmediaciones de Londres de trabajos minúsculos, como repartir folletos en la calle, o de la caridad pública en albergues.

En 1930 comenzó a escribir reseñas de libros para revistas literarias. Sería una actividad decisiva para su modesta supervivencia por el resto de su vida. Y en 1933 publicó “Sin blanca en París y Londres” (Down and Out in Paris and London), no como Eric Blair, que representaba su vida anterior, sino con su seudónimo George Orwell. Desde entonces viviría como escritor profesional, a cualquier precio.

“París es un imán para los excéntricos”, escribió: “gente que cayó en uno de esos caminos solitarios y medio desquiciados de la vida y renunció a ser decente o normal. La pobreza los libera… Pensabas (que la pobreza) sería muy sencilla y es complicadísima. Pensabas que sería horrible; es sólo aburrida y sórdida”.

“Hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza”, narró. “Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin un peso. Hablaste tantas veces de la posibilidad de terminar en la calle… y resulta que ya estás en ella y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones”.

Orwell describió las entrañas de los hoteles y restaurantes de París como un sistema de castas sociales, y de estafadores: desde los lavaplatos a los dueños. E hizo apreciaciones irónicas y maliciosas: “Supongo que los clientes del hotel X eran especialmente fáciles de engañar, pues casi todos eran norteamericanos, que no sabían francés, solo un poco de inglés, y parecían no entender nada de buena comida”. O bien: “Se supone que ofrecen lujos, pero en realidad proporcionan solo una imitación vulgar y barata del lujo (…). Lo que más trabajo da en (los hoteles y restaurantes) no es lo esencial, sino la falsa pretensión del lujo”.

“Inglaterra es un país estupendo si no eres pobre”, continuó. “(Londres) después de París, me resulta raro; todo estaba mucho más limpio, silencioso y desolado (…). La gente iba mejor vestida, y los rostros eran más apuestos y más parecidos unos a otros, carentes de la individualidad feroz y de la malevolencia de los franceses. Había menos borrachos, menos mugre, menos peleas y más ociosidad (…). Se respiraba un aire menos febril que en París”.

“El dinero se ha convertido en la prueba de la virtud”, concluyó al observar la vida de legiones de oficinistas. “Los ingleses son una raza compungida y con un marcado sentido del pecado de la pobreza. Es imposible imaginar al inglés medio convirtiéndose en un parásito de manera deliberada”. 

Y también: “Quién recibe alguna caridad odia casi siempre a su benefactor; es una característica inamovible de la naturaleza humana”.

Down and Out in Paris and London fue bien recibida. 

“Es casi fantástico, ¡tan increíblemente real!”, le escribió Henry Miller, otro border que tomó fama desde 1934 con “Trópico de Cáncer”, que describe de otra manera la vida de un novelista medio muerto de hambre en el mismo París proletario.

Próxima nota: George Orwell en la guerra civil española; herido en las trincheras, fuga a Inglaterra y su “Homenaje a Cataluña”.

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