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Gracias, Julio

Sobre la última emisión del programa Estadio Uno

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18 de diciembre de 2017 a las 05:00

Parece increíble que hoy sea la emisión final de Estadio Uno. Parece increíble que desde 1970 lo venga siguiendo, últimamente, por razones que no viene al caso detallar, de manera esporádica. ¿Quién era yo en 1970, en esa época? Me cuesta recordarlo; es un recuerdo muy incompleto. A quienes, como yo, han sido seguidores del programa debe de pasarles lo mismo. La memoria del tiempo y de lo que alguna vez fuimos se pierde en la distancia. Eso da la pauta de la gran cantidad de tiempo transcurrido al aire. El país cambió –en mucho, para peor-, también el mundo, la gente. La vida es cambio, ya lo dijo tan bien Jorge Manrique. Y ningún otro programa en la historia de la televisión mundial –no lo digo yo, sino El libro Guinness de los récords- fue testigo tan veraz del paso del tiempo como Estadio Uno. Las noches del lunes no volverán a ser las mismas sin la imagen de Julio Sánchez Padilla dando la bienvenida a otra sesión de mesa redonda a partir de las noticias en torno a una pelota redonda. A ningún otro uruguayo lo vimos por tantos años seguidos envejecer sobre el escenario como al conductor que tuvo el bigote más popular del país, antes de que José Mujica fuera conocido. Del hombre apasionado, capaz de levantar la voz para generar un efecto histriónico, la mayoría de las veces sumamente divertido –esa fue su marca registrada- al actual, ya entrado en esa etapa de la vida en que hasta el enojo hay que impostarlo, Sánchez Padilla se transformó en una institución mediática, tal como lo es, y como tal será recordado una vez que las cámaras ya no lo tengan frente, cada lunes, con persistencia de monje trapense. Puesto que los años al aire han sido tantos, llegamos a creer que el programa sería a perpetuidad como la saga Star Wars, y que Sánchez Padilla era una especie de avatar del estajanovismo al que el tiempo le temía, un modelo de durabilidad fuera de los designios de la lógica, por más que el tiempo siguió haciendo su trabajo, tal como las fotografías de antes y de ahora lo destacan. Al tiempo nadie puede mentirle ni de su paso es posible esconderse como las tortugas dentro de la caparazón. Concluye el único programa en la historia de la televisión uruguaya que compitió con la eternidad. Lo vamos a extrañar. Yo al menos.

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