El mundial de Italia 90 me agarró más grande y, con los primeros impulsos periodísticos, escribí una revista con las crónicas de los partidos. Vendía "la lectura" a los vecinos del barrio, por unos pocos pesos. El agónico cabezazo de Daniel Fonseca en la hora contra Corea fue la única alegría celeste en mi segundo mundial. Aquel día aprendí que con Uruguay no todo está dicho hasta el último minuto.
Después vino la larga década de 1990, sin mundiales y con las insólitas discusiones sobre si era mejor jugar con los de acá que la luchan o con los "repatriados" que están cómodos y viajan en primera clase. La fábrica de exportación de futbolistas ya marchaba a pleno y con ella el irreversible proceso de declive del fútbol local.
Luego pasaron las Eliminatorias para el mundial de Corea y Japón y el infame "Gracias Paco" en el Centenario. Pero avanzo rápido en el túnel del tiempo: llegamos a Sudáfrica 2010 y ese recuerdo que seguro nunca se va a borrar. La mano de Suárez, Asamoah Gyan que la tiró afuera, los penales y Abreu que la picó. El corazón a mil, impensados abrazos con quien sea, una alegría colectiva inmensa. Montevideo era una fiesta: ya teníamos una hazaña para contarles a nuestros nietos.
¿Cómo explicarles que uno puede mirar el mismo penal una y otra vez y se sigue emocionando, al borde de las lágrimas?
Enseguida vino la Copa América de 2011 allá en Argentina y el mundial de Brasil (el 2 a 1 a Inglaterra y la mordida de Suárez también se los voy a contar a mis nietos). Y ahora, Rusia 2018 (solo una catástrofe dejaría a la selección afuera). Para los de mi generación, clasificar a tres mundiales seguidos es un verdadero milagro. Lo normal es que Uruguay no vaya a los mundiales y, si va, es para sufrir.
Tengo 40 años. Desde que nací pasaron 10 campeonatos, pero la selección fue solo a cinco (en tres de ellos quedó eliminado en octavos, en uno en primera fase y en otro llegó a semifinales).