La noche que cambió sus vidas
La noche del 31 de marzo de 1973 comenzó como cualquier otra. Su padre había salido de la casa y su madre se encargó de preparar a los cuatro niños para dormir. Sin embargo, en lugar de ponerles el pijama, los vistió con la ropa que utilizaban para salir. Les dijo que irían a dar un paseo aprovechando una noche cálida y despejada.
Los hermanos recibieron la noticia con entusiasmo. Para unos niños de aquella edad, una salida nocturna junto a su madre era una novedad que rompía la rutina.
Caminaron por la quinta hasta llegar a un pozo utilizado para abastecer de agua los cultivos. Era un lugar que conocían perfectamente porque pasaban junto a él todos los días. Allí ocurrió lo que marcaría para siempre la historia de la familia.
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Según relató Teresita años más tarde, su madre fue sentando a los cuatro niños sobre el borde del pozo. En cuestión de segundos, los hermanos cayeron al agua. Ella recuerda el miedo, la oscuridad y la sensación de estar desapareciendo bajo la superficie.
Carlos era el único que sabía nadar y logró reaccionar en medio del caos, se aferró a una estructura metálica del motor instalado dentro del pozo y alcanzó a sujetar a su hermana para mantenerla a flote.
Esa imagen permanece intacta en la memoria de Teresita más de cinco décadas después: la de un niño de nueve años intentando salvar a su hermana en medio de una situación que apenas podía comprender.
Más de cinco décadas después, Teresita no tiene dudas sobre el papel que jugó su hermano aquella noche. "Carlos es la figura clave. A él le debo estar hoy viva. Cuando me estaba ahogando me tiró del pelo con todas sus fuerzas para sacarme a flote porque era el único que sabía nadar", recuerda Teresita en entrevista con El Observador.
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La reciente decisión de Carlos de hablar públicamente también la sorprendió. "Siempre puso una muralla impenetrable referente a nuestra historia. Pero sentí orgullo por él porque considero que en algún momento de nuestra vida debemos dar un cierre, pero ante todo con la verdad. Y hay una sola, la sabemos él y yo".
Según cuenta Teresita, la decisión de Carlos de romper el silencio comenzó a gestarse este año, después de la publicación de una información que ambos consideraron equivocada sobre el caso. "Me llamó inmediatamente. Por primera vez me habló de su necesidad de salir a dar su testimonio para aclarar algunos puntos", recuerda.
Miguel Ángel, de seis años, y Marisol, de tres, no sobrevivieron. Carlos y Teresita lograron mantenerse con vida hasta que varias horas después un hombre que circulaba por la zona escuchó los gritos y dio aviso a las autoridades. Bomberos y policías acudieron al lugar y rescataron a los sobrevivientes.
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Los meses en el Hospital de Clínicas
Las secuelas físicas para Teresita fueron graves. Pasó más de dos meses internada en el Hospital de Clínicas recuperándose de las lesiones sufridas durante la caída.
Durante buena parte de ese período nadie le informó que sus dos hermanos menores habían muerto. Cada vez que preguntaba por ellos, familiares y médicos intentaban protegerla con respuestas evasivas. Le decían que estaban bien, que la esperaban en casa y que volvería a verlos cuando terminara su recuperación. La verdad llegaría más adelante, junto con la difícil tarea de aprender a convivir con una ausencia que marcaría el resto de su vida.
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Con el tiempo, la tragedia se convirtió en uno de los casos policiales más recordados del país. Durante años, buena parte de la atención pública estuvo concentrada en la investigación judicial y en las distintas versiones que rodearon los hechos. Sin embargo, para los sobrevivientes la historia nunca fue solamente un caso policial.
La necesidad de contar la historia
Para Teresita, además, fue una historia que necesitó décadas para poder contar. Recién en 2017 logró volcar buena parte de esos recuerdos en Hija del dolor. Hermana de la muerte, un libro autobiográfico en el que reconstruyó su infancia, la tragedia que golpeó a su familia y las secuelas emocionales que la acompañaron durante gran parte de su vida.
Aunque el caso quedó grabado en la memoria colectiva de los uruguayos, Teresita asegura que buena parte de su historia sigue siendo desconocida. "Mucha gente me asocia con la tragedia a través de mi apellido. En el libro traté de mostrar mi esencia, pero siendo realista la historia es aún más compleja. Para protegerme hubo temas que abordé de manera más superficial", menciona.
Lejos de buscar respuestas judiciales, el relato funciona como un ejercicio de memoria personal sobre una herida que nunca terminará de cerrar. Para Teresita la tragedia fue la pérdida de dos hermanos, la fractura definitiva de una familia y el comienzo de una vida marcada por preguntas difíciles de responder.
Cuando habla de Miguel Ángel y Marisol, Teresita procura que el recuerdo vaya más allá de la tragedia. "Ellos son mis ángeles guardianes de toda mi vida. A ellos recurro siempre para que me iluminen. Solo deseo que la gente sepa que fueron dos chiquitos que sacrificaron sus vidas inocentes pagando errores de personas enfermas".
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Por eso la reciente aparición pública de Carlos tiene un significado especial para ella. No solo porque vuelve a poner el foco sobre una historia que ambos compartieron, sino porque permite recordar que detrás de uno de los episodios policiales más impactantes del Uruguay hubo dos niños que crecieron cargando con el mismo recuerdo.
Uno eligió el silencio durante décadas, la otra encontró distintas formas de reconstruir lo vivido, pero ambos siguen unidos por aquella noche de marzo de 1973 en la que la tragedia golpeó a su familia y en la que un hermano se convirtió en la razón por la que una hermana pudo seguir viva para contarlo.
La relación entre ambos tampoco fue sencilla. Tras la tragedia crecieron juntos bajo el cuidado de su padre, pero con el paso de los años la vida los fue llevando por caminos distintos. "Carlos se independizó siendo muy jovencito y en aquellos años no existía la comunicación que tenemos hoy. Sin querer, y por situaciones de la vida, fuimos tomando rumbos distintos y nos fuimos alejando", recuerda Teresita.
También reconoce que existían heridas familiares que marcaron ese vínculo. "Carlos fue siempre el preferido de mi padre y yo tuve que cargar el peso de ser una hija no querida. Me costó muchísimo aceptarlo. Recién siendo adulta, en terapia, pude entender que hay padres que deciden humillar, despreciar y hacer sentir a un hijo que fue una carga en su vida".
"Siempre hay una luz"
Para Teresita la publicación de su libro fue mucho más que un ejercicio de memoria, también formó parte de un proceso personal de reconstrucción.
"Poder escribir mi historia real fue primero parte de mi terapia. Aún hoy sigo buscando sanación para mi alma. Muchas veces le dije a mi psicóloga que algún día iba a gritarle al mundo mi verdad para sacarme tanto odio y terror acumulados dentro mío", cuenta.
Durante años, asegura, lo más difícil fue crecer "llena de miedos e inseguridades", sintiéndose sola y sin referentes. "No tenía una guía, un sostén. Me sentía desvalorizada e inútil para todo", recuerda.
La cuestión del perdón sigue siendo una de las más complejas, confiesa a El Observador. "Llevo años cuestionándome si debo o no perdonar. No soy un Dios para hacerlo. Hoy apenas puedo decir que puedo entender algunas cosas y aceptar otras, pero no siento que sea yo quien deba perdonar tanta saña y tanta maldad", explica.
Cuando piensa en aquella niña de ocho años que sobrevivió a la tragedia, imagina un mensaje simple. "La abrazaría fuerte y la protegería de todos. Le diría que, por difícil o grave que sea lo que está viviendo, grite pidiendo ayuda. Que esté segura de que alguien la va a escuchar y la va a ayudar".
A pesar de todo, asegura que logró encontrar motivos para seguir adelante. "La felicidad en mi vida fue intermitente, pero saqué fuerzas ni sé de dónde y pude seguir. Hoy me hace feliz ser madre; mi hijo es el aire y el motivo por el que tantas veces desistí de hacer un desastre. También estoy casada desde hace 13 años con un hombre bueno que conoce absolutamente toda mi historia. Tengo un trabajo que amo y, hasta hoy, la mente clara y sana. No creo poder pedir mucho más después de todos los obstáculos que pude vencer", resume.
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Más de cincuenta años después Teresita sigue conviviendo con aquella noche, pero también con la convicción de que sobrevivir tuvo un sentido. "Mi propósito hoy es ayudar a tantas Teresita que sé que están sufriendo y sintiendo que ya no pueden más. Quiero decirles que, a pesar de todo y de todos, siempre hay una luz que nos va a iluminar el camino", cerró.