La caída sostenida en los niveles de aprobación de la gestión de Yamandú Orsi ha encendido las alarmas en el Frente Amplio, pero en la vereda de enfrente nadie debería andar festejando. Es así que la opositora Coalición Republicana observa el panorama con una mezcla de cautela y cálculo porque la urgencia política del oficialismo se ha transformado, inevitablemente, en un desafío propio.
Y el consenso está lejos de ser alcanzado. El episodio de la sospechosa compra de un automóvil por parte de Orsi, con un descuento importante por parte de una automotora, puso otra vez a los coaligados ante la disyuntiva de cómo actuar ante un asunto que golpea de lleno la imagen del mandatario.
Ante esta realidad, la primera pulsión del dirigente medio opositor, alimentada por las iracundas redes sociales, es obvia: pegar. La confrontación cruda es un negocio rentable para el aplauso fácil del núcleo duro, pero no está claro que lo sea para construir gobernabilidad o ganar al electorado al que no le gustan las riñas. Además, el Frente Amplio ha demostrado que cuando más le pegan desde afuera, más rápido opera su instinto de supervivencia. La coalición de izquierda, históricamente fragmentada en tendencias internas, suele mutar en un bloque monolítico e impenetrable cuando detecta un enemigo común ensañado.
Parte de la dirigencia blanca y colorada considera que representaría un suicidio táctico acercarse a un gobierno que transita por la niveles preocupantes de impopularidad –Equipos le da -23% y Factum -17% y Opcion -28%, en el saldo entre aprobación y desaprobación–.
Se considera que el propio Orsi es, en parte, responsable en la construcción de ese escenario ya que, dicen, el denominado “episodio Cardama” -el conflicto por la compra de las patrulleras oceánicas que el Poder Ejecutivo decidió judicializar- funcionó como un parteaguas. Fue un dinamitador de puentes que incluso obligó al expresidente Luis Lacalle Pou a romper su silencio para defender lo hecho por su administración.
A partir de allí, a Orsi le cuesta encontrar interlocutores válidos en la oposición; en el Partido Nacional sus críticos menos agresivos quizás sean los intendentes del interior con los que mantiene, todavía, una cordial relación.
La realidad es dura: para ningún dirigente opositor es rentable sentarse a tomar un café con Orsi. El costo político de la foto es alto y el beneficio nulo. Particularmente después del “camionetagate”.
Álvaro Delgado en la Rural del Prado 2025
Foto: Gastón Britos / Foco Uy
Pero, como fue dicho, pasarse de rosca en el tono de las críticas también puede ser contraproducente. Un operador nacionalista señaló a El Observador que el mejor camino es dejar en evidencia que, según entienden, el gobierno está funcionando de forma por demás desprolija pero sin ensañarse con esa circunstancia. “Yo le tendería la mano. Diría ‘el gobierno está en problemas y no podemos dejarlos solos’. Pero que quede claro que está un lio y que ellos son los responsables”, dijo el dirigente.
Entonces, ¿cuál es la mejor jugada si se piensa en grande y no con la cabeza de un tuitero desencajado?
Unos dicen que, por ejemplo, llamar “cabeza de termo” a los que apoyan al gobierno como lo hizo el senador Sebastián Da Silva, o "delincuente" como tildó el diputado blanco Juan Martín Rodríguez al presidente de ASSE, Álvaro Danza, solo envalentonará a los militantes del Frente Amplio. Consideran que ahora es cuando más deben mostrarse dialoguistas. Porque al ofrecer ayuda de manera abierta, la oposición se coloca en una postura de superioridad política. Si el gobierno la acepta, reconoce implícitamente su debilidad y su necesidad de auxilio; si la rechaza, se queda solo con su soberbia.
Otros dicen que es imposible dejar de atender el reclamo de los blancos y colorados más cercanos a la dirigencia que piden palo y palo contra la izquierda.
Entonces, el desafío de los principales dirigentes de la oposición en los próximos meses será, entre otros, resistir la tentación de subirse al ring y repartir golpes a mansalva para contentar a la tribuna más cercana que pide sangre. Entre otras cosas, porque varias encuestas han demostrado que la Coalición Republicana no está en condiciones de sacar pecho ya que sus propios votantes están descontentos con su rol opositor.
“Yo estoy muy preocupada por los niveles de desaprobación (del gobierno), no es bueno. Hay niveles de desaprobación en la oposición también. La población nos tiene una absoluta y total desconfianza. Hay movimientos peligrosos de antipolítica”, se sinceró la senadora nacionalista Graciela Bianchi en el programa de streaming Todo un Tema de El Observador.
Pero, además, el Frente Amplio ha demostrado que sabe capear tormentas cuando el viento sopla fuerte. No es la primera vez que la izquierda se encuentra contra las cuerdas, con indicadores desfavorables o divisiones internas expuestas. Su cultura política está impregnada de una mística de la resistencia, de un ADN surgido de la adversidad de la dictadura de la que emergió con renovadas fuerzas.
En más de una oportunidad, el susto despertó al mamado, al decir de Lucía Topolansky. Hoy el mareo en el Frente es inocultable. Pero dar por hecho que se dará contra el piso, es de una frivolidad que sus adversarios deben asumir bajo su propio riesgo.