3 de diciembre de 2014 21:58 hs

Es un lugar de otro planeta. Por algo George Lucas eligió a Tikal como locación de La guerra de las galaxias (1977). Allí ocultó la base secreta desde donde los rebeldes atacan a la Estrella de la Muerte. Dos años después, en 1979, la Unesco declararía a la ciudad maya como Patrimonio de la Humanidad: el primer sitio en el mundo reconocido por sus valores culturales y naturales.

La infraestructura ha facilitado el acceso en el último tiempo y 150 mil personas se esfuerzan cada año en las escaleras de madera que llevan a la cumbre de la Pirámide de la Serpiente. Todos quieren ser testigos de esa vista inigualable desde 70 metros de altura: las crestas de las pirámides emergiendo fantasmales por encima del techo de la jungla. Guatemala no tiene el prestigio de “país ecológico” de Costa Rica, pero su diversidad de paisajes y climas es similar: volcanes y lagos, playas de arenas negras y blancas, selvas y bosques. Tal vez no exhibe la riqueza histórica y cultural de México, pero la ciudad de Antigua y el parque de Tikal son dos de los principales destinos turísticos de América Central. Quizá no goza de la fama de centro financiero que tiene Panamá pero es la principal economía de Centroamérica.

Viejos conventos e iglesias reconvertidos en hoteles mezclan sectores habitables con otros ruinosos, destruidos por terremotos y abandonados a la naturaleza. La maleza y las enredaderas crecen desde las grietas de las columnas quebradas de piedra centenaria y tapizan restos de muros, capiteles y arcadas

En su capital, la ciudad más poblada del continente –casi el doble de habitantes que tiene Uruguay–, se acentúan contrastes entre modernidad y tradiciones precolombinas, la ostentación de los nuevos ricos y la pobreza extrema, el impacto de la violencia crónica en las tapas de los diarios y la hiperseguridad de los majestuosos centros comerciales.

Casi 1,2 millones de autos se amontonan en las calles. También hay muchas motos. Cada motociclista lleva el número de matrícula impreso en el casco y el chaleco. Si no, no pueden circular; una medida para atacar la inseguridad. Tanto como los numerosos guardias de seguridad armados con escopetas en las calles del Centro y la Zona Viva, donde están los principales hoteles, restaurantes y se concentra la vida nocturna.

Las violentas extorsiones de pandillas a comerciantes y transportistas, presiones y amenazas en los barrios para que los jóvenes se unan a las maras son los principales problemas de seguridad. El índice de criminalidad es preocupante, pero siguiendo recomendaciones básicas los extranjeros pueden conocer la ciudad y acceder a los múltiples atractivos que tiene el país. La joya colonial En Antigua, de mañana temprano, además de los pájaros se escuchan retumbar cañonazos y tañidos de campanas de iglesias. La semana de la Virgen del Rosario, a fines de octubre, se celebra con ruido. “Ah, sí; acá tiran cohetes a cualquier hora”, dice un extranjero afincado en Guatemala hace algunos años. Viejos conventos e iglesias reconvertidos en hoteles mezclan sectores habitables con otros ruinosos, abandonados, destruidos por terremotos y abandonados a la naturaleza.

Como en otros lugares turísticos del Caribe y Centroamérica, muchos bares, restaurantes, hostels y comercios de Antigua son propiedad de extranjeros que persiguieron el sueño del boliche propio en un simpático país latino lleno de gringos que gastan sus dólares

La maleza y las enredaderas crecen desde las grietas de las columnas quebradas de piedra centenaria y tapizan restos de muros, capiteles y arcadas. Nubes bajas insisten en no dejar ver las cumbres de los volcanes tal como aparecen en cada imán de heladera “recuerdo de Antigua”. Las vendedoras de los puestos de artesanías en la calle y en los mercados tratan de convencer con frases hechas “¿Qué precio le pone?”, “Vale 80 pero tiene descuento”. Se hacen entender en inglés o francés. El regateo es cansador. Al poco rato casi todos los manteles, sandalias y pirámides de piedra parecen iguales, las libretitas y cuadernos con forros tejidos, las pulseras, los bolsos y las tallas podrían haber salido de los mismos moldes, industrialmente artesanales. En efecto, la mayoría de las cosas se hace en grandes talleres en la ciudad de Quetzaltenango, a 200 kilómetros de Antigua. Los artesanos auténticos destacan entre la uniformidad de la oferta. Como en otros lugares turísticos del Caribe y Centroamérica, muchos bares, restaurantes, hostales y comercios de Antigua son propiedad de extranjeros que persiguieron el sueño del boliche propio en un simpático país latino lleno de gringos que gastan sus dólares. Algunos son excelentes anfitriones con lugares decentes que vale la pena visitar, como el restaurante y heladería Sobremesa, de Alex Ferrar. Otros se dedican a tomar cerveza barata y dormir la siesta en la hamaca paraguaya, como el americano dueño del Sky Bar: muy linda vista, cero onda. Tips. El mercado que se ubica en la esquina de la iglesia derruida es mejor que el que está subiendo la escalera frente a la plaza. Hay que ir al Café Condesa. Se recomienda pedir permiso y meterse en cualquier hotel, restaurante o bar nada más que para ver los patios. ¿Vale la pena salirse de los circuitos del centro histórico para conocer la “verdadera” ciudad, donde vive la gente “real”? Para nada. ¿Se puede tomar agua de la canilla? No, en ningún lugar de Guatemala.

Guatever

La calle Santander es la principal de Panajachel, junto al lago Atitlán. Entre las tiendas, restaurantes y galerías de puestos de madera sobresale el cartel de una “parrillada uruguaya” con el poco criollo nombre de Guajimbo’s. Cocinan al carbón, como en cualquier barbacoa centroamericana. Los puestos de recuerdos tienen remeras con juegos de palabras en inglés: Guatever, Guat’s Up. Ninguna dice Guatepeor. Ni Guatemejor. También hay muchas camisetas de fútbol. Están jugando el Real y el Barça, así que los vendedores miran la tele y atienden con desgano. La mayoría de las camisetas que ofrecen son de esos dos equipos, pero también hay de selecciones y otros cuadros europeos, en particular de la Premier inglesa. ¿Equipos de Guatemala? No. Apenas la selección: blanca con franja diagonal azul y el escudo con el pájaro nacional, el quetzal.

La infraestructura ha facilitado el acceso en el último tiempo y 150 mil personas se esfuerzan cada año en las escaleras de madera que llevan a la cumbre de la Pirámide de la Serpiente. Todos quieren ser testigos de esa vista inigualable desde 70 metros de altura: las crestas de las pirámides emergiendo fantasmales por encima del techo de la jungla

El movimiento en Panajachel se extiende hasta los restaurantes y posadas con terrazas a la orilla del lago. En los puestitos de comidas al paso se preparan chicharrones, pupusas –tortillas de masa de maíz rellenas con queso, frijoles o camarón–, y patines –bocados de pescado y tomate envueltos en hojas de maxán–. El tuc tuc es el transporte urbano por excelencia en las pequeñas ciudades guatemaltecas: como en la India, un scooter de tres ruedas con capacidad para tres pasajeros en la cabina. El viaje típico cuesta 10 quetzales (30 pesos). Panajachel es más bohemio, indígena y colorido que Antigua. Menos solemne, colonial y chic. En los muelles esperan las lanchas blancas y azules que hacen paseos por el lago de 130 kilómetros cuadrados y sirven de transporte público entre los pueblos – una decena – que rodean el lagoy los tres volcanes: San Pedro, Tolimán y Atitlán, en orden de altura, de 2.995 a 3.537 metros.

Panajachel, sobre el lago Atitlán, es más bohemio, indígena y colorido que Antigua. Menos solemne, colonial y chic

Desde el barco de René, camino a San Marcos –el más hippie de los pueblos del lago– se dejan ver cabañas modestas y mansiones imponentes construidas en las faldas de los cerros. Ya en tierra, por los angostos caminos peatonales de San Marcos aparecen carteles en varios idiomas que anuncian posadas holísticas, hotelitos exclusivos y cafeterías. Un afiche en un hotel invita a recordar a Lou Reed esa noche; dos turistas europeos descalzos y con rastas chequean Twitter en sus iPads. Bastante under y cosmopolita para ser una villa rural apenas accesible, en la que los lugareños cosechan paltas trepándose a los árboles con un palo y una bolsa. San Pedro La Laguna ya es más ciudad. “Aquí hay muchos turistas porque hay poco control y mucha marihuana”, avisa René. Dicho y hecho. El primer tipo que cruzamos al desembarcar en el muelle ofrece: “¿Cannabis?”. El tuc tuc hace fuerza en la subida tocando bocina camino al mercado central. Esto se parece más a lo que uno espera de una autóctona ciudad provincial centroamericana: mucha gente, puestos de frutos y verduras dispuestos en un frágil equilibrio, tránsito desordenado, barullo. Cables y más cables cruzan las calles en todos los sentidos, como en la tapa del disco As cidades Ao vivo de Chico Buarque.

Orgullo maya

En la ruta desde la capital hacia el noreste, en dirección al Caribe, el paisaje es más llano y menos montañoso. La agricultura de subsistencia de las sierras muta a grandes extensiones de plantaciones de melones y sandías de exportación, bananas y árboles de chicle. Hay carteles que avisan: “Zona de aplicación aérea, cuide su salud”. ¿Cómo cuidarse de un avión fumigador? El parque de Tikal está bien al norte, muy cerca de Belice y la frontera con México. Las señales anuncian la presencia de ciervos, jaguares, serpientes, cocodrilos. Tikal es uno de los pocos lugares en el mundo que la Unesco reconoce como parque arqueológico y reserva natural al mismo tiempo. Al visitar el parque, a unos 65 kilómetros de la isla de Flores –donde conviene alojarse, aunque hay tres hoteles dentro de Tikal– hay que tener la precaución de llevar dinero local para pagar la entrada. Cuesta 150 quetzales para los extranjeros (unos 20 dólares) y 25 quetzales para los guatemaltecos. Y no aceptan tarjeta de crédito ni dólares. La isla de Flores está en el lago Petén. Se la recorre a pie, en pocos minutos, por la rambla tapizada de bares, restaurantes y tiendas. Hace 1.300 años la ciudad de Tikal llegó a tener 90 mil habitantes. Hoy está inmersa en un bosque de cedros, árboles de caoba, chicozapote, y las altísimas ceibas; es fácil ver monos araña, monos aulladores, grupos de pizotes (coatíes), muchas mariposas e insectos. Las 3.000 construcciones en 16 kilómetros cuadrados datan del período clásico tardío de la civilización maya, entre 550 y 750 después de Cristo.

La mitad de la población del país es indígena. Hay 23 etnias distintas –cada una con su idioma– con cuatro grupos mayoritarios. Más de la mitad de los 15,5 millones de habitantes del país vive en la pobreza, ocho de cada 10 en zonas rurales

Pero solo el 5% de todo lo que se conoce está en exhibición. Muchas de las pirámides están semidescubiertas: en algunas porque se preserva la cobertura vegetal que las envolvió durante siglos, hasta que fueron halladas en 1848; en otras porque están en pleno trabajo de descubrirlas. Como otras ciudades mayas, Tikal fue víctima de saqueos: el dintel del templo del Gran Jaguar se puede ver en Nueva York y el del templo mayor en Basilea (Suiza).

Toque caribeño

La lancha Jeniffer II navega por el lago Izabal desde Río Dulce hasta Livingston, el enclave caribeño y rastafari de Guatemala. Por el camino se recorre uno de los “patios de recreo” de los millonarios guatemaltecos: en las marinas de las mansiones de Río Dulce flotan los yates de familias como los Gutiérrez, dueños de Pollo Campero, la extendida cadena local de comida rápida. Un poco más allá, paradores de techo de palma ofrecen bebidas frías a los navegantes y piscinas naturales de aguas calientes para baños termales en el río. Niños en canoas se acercan a las lanchas de los turistas a vender artesanías y caracoles sacados del agua y secados al sol. El róbalo, el chunte y la tilapia son los peces más comunes. Y hay manatíes en la zona protegida cerca de la isla de los Pájaros, pero los motores de las lanchas los asustan, así que no es fácil que se dejen ver. Livingston es el típico pueblo caribeño, con población negra, culto a Marley y comida típica. La minúscula villa se recorre rápidamente y la playa que recomiendan está un poco lejos: hay que ir en taxi, no vale la pena. Mejor caminar un poco por el pueblo, charlar con la gente y probar el tapado: un guiso con camarones, cangrejo, verduras y mojarra en un caldo con leche de coco, acompañado de arroz, frijoles y plátano frito. Como casi todo en Guatemala, el ritmo es pausado: la conversación espontánea se alarga, el mozo no tiene apuro, las mercaderías en el muelle suben y bajan con parsimonia. Guatever.

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