Opinión > HECHO DE LA SEMANA

Habrá más penas y olvido

Caen la actividad y el empleo, y vendrán tiempos peores

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16 de febrero de 2019 a las 05:02

La multinacional Colgate-Palmolive cierra su producción en Uruguay e importará toda su línea de productos. Fleischmann ayer tomó una opción similar. No son hechos aislados. Muchas empresas de pequeño y mediano porte han cerrado en los últimos años, y otras teclean por problemas de rentabilidad. Hay un persistente goteo de quiebras y retiros.

La producción de la industria uruguaya cae sin cesar desde hace siete años, y el personal ocupado es el más bajo desde 2003, un tiempo crítico.

En voz baja, todos los empresarios dicen cosas parecidas: El mercado interno es pequeño y poco atractivo. Sirve importar y no producir acá. Las tarifas públicas son absurdas, en particular los combustibles y la electricidad. Los costos laborales son altos, sobre todo porque la productividad es muy reducida; los sindicatos están desbocados y el gobierno ausente. 

Lo único seguro es que vendrán más cierres y reestructuras.

Déjà vu: ya lo hemos visto. La raíz del problema ha sido siempre la misma: un Estado que gasta más de lo que puede durante mucho tiempo y lo financia con deuda, lo que estimula un tipo de cambio bajo o “dólar barato”, que implica un subsidio al consumo y un severo castigo al sector productivo. Y siempre termina en crisis y ajuste.

Tampoco ayuda esta temporada turística, una de las principales exportaciones uruguayas, por la debilidad de la economía argentina y de su moneda. Los problemas laborales en Buquebus son solo la punta del iceberg. 

“La amplia mayoría de los empresarios ha observado a lo largo del 2018 una reducción considerable en los niveles de venta respecto a un año atrás”, indicó un informe reciente de la Cámara Nacional de Comercio y Servicios. Las caídas más graves se registraron en las ventas de maquinaria agrícola, automóviles, motocicletas, repuestos y artículos para el hogar, así como en insumos para la construcción: barracas, ferreterías mayoristas e industriales, y pinturerías.

Una edad dorada ha llegado a su fin. Uruguay está cerrando el período de crecimiento económico más largo de su historia desde el 1900; en buena medida por factores internacionales, pero también por virtudes internas y cierto buen manejo.

Pero ahora saltan a la vista todas las carencias y distorsiones acumuladas durante la bonanza, y las oportunidades perdidas. 

En los últimos cinco años el producto bruto uruguayo (PIB) creció a un promedio de 2%. Eso es inferior al 2,5% anual registrado en el último medio siglo (1969-2018), una era no muy buena; y está demasiado lejos de la tasa de expansión extraordinaria vivida entre 2003 y 2013, de 5,13% promedio anual.

El impacto del creciente desempleo, con su secuela de pobreza y marginación, parece difícil de revertir.

El empleo retrocedió al nivel de 2007. Decenas de miles de jóvenes simplemente dejaron de buscar trabajo. La tasa de empleo entre los jóvenes menores a 25 años cayó de 40% a menos de 33%. La desocupación en Montevideo en los últimos años volvió al promedio de la década transcurrida entre 1986 y 1995.

La mayor cantidad de puestos de trabajo se perdieron en la industria manufacturera en general, la construcción y el sector agropecuario. Y ahora se suma el comercio. En parte se debe a la baja rentabilidad, en parte a la creciente incorporación de tecnología, y en parte al temor a los conflictos laborales, con sus piquetes y ocupaciones.

La discusión sobre el empleo y la productividad no se ha centrado en su talón de Aquiles: la enseñanza pública.

La única forma de mantener un buen crecimiento en el largo plazo, con más empleos y salarios y una mejor distribución del ingreso, es por un constante aumento de la productividad: la cantidad y calidad de lo que producen las personas y sus recursos materiales. Pero no hay esperanza alguna de salir de la mediocridad y la pobreza habituales cuando solo el 40% de los nuevos trabajadores termina la enseñanza secundaria, y cuando la formación técnica es ínfima.

La innovación tecnológica y las insuficiencias del sistema de enseñanza para capacitar a la mayoría de los adolescentes aseguran legiones de desempleados, y una sociedad cada vez más partida, con compartimentos socioculturales infranqueables.

Una parte del descreimiento y del pesimismo se debe a que muchos líderes políticos, particularmente los parlamentarios, y casi todos los dirigentes sindicales, tratan a sus militantes y a la población en general como estúpidos. El fenómeno se agrava en tiempos electorales, como ahora. La confusión impide ver la esencia de nuestras debilidades, y sus ominosas proyecciones de largo plazo.

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