Es fácil perderse en la maraña informativa que a diario nos advierte de grupos beligerantes que justifican sus actos a través de interpretaciones varias del Corán y las escrituras islámicas. No por ello debemos caer en la trampa de confundir y asimilar a estos grupos radicales a una sola ideología que alimenta la sin razón de terroristas que persiguen fines diferentes, aunque los métodos sean igual de violentos y extremos.
El movimiento Talibán en Afganistán, la archiconocida Al Qaeda y los tentáculos de sus filiales en el norte de África y la Península Arábiga así como el recientemente proclamado Estado Islámico en Irak y Siria, son hijos de una única matriz islamista, de orientación suní, que busca derribar gobiernos propios y golpear a un mismo enemigo, Occidente, absurdamente simplificado en Estados Unidos y un grupúsculo de naciones europeas desarrolladas. De esta manera, intentan doblegar a un mundo que en su imaginario colectivo castiga y perjudica a los musulmanes.
Sólo ellos se autoproclaman líderes indiscutibles de la Umma o comunidad de fieles musulmanes y entienden que su causa es un combate sagrado que finalmente les permitirá servir a Alá y garantizará su entrada en el Edén.
La utopía de estas organizaciones extremistas así como su nula disposición a dialogar, los torna un enemigo irracional con el que no se puede entablar ningún tipo de negociación.
Pretender en el 2014 que España y Portugal entreguen de buen grado territorio que antaño perteneció a Al Andalus y que 1.400 millones de fieles presenten sus respetos al Califa Al Baghdadi y acaten sus indicaciones como si de un Dios se tratara es ridículo. Pero además exigir a los cristianos de Irak que o bien se conviertan o paguen un impuesto o yizia para continuar con sus ritos o de lo contrario serán ejecutados, es lisa y llanamente demencial.
En cambio el movimiento de resistencia palestino Hamas que desafía al gobierno y Ejército israelí desde la franja de Gaza, aunque de naturaleza suní e islamista, persigue un fin diferente. Su objetivo, al menos el declarado, es resistir y combatir la ocupación de territorios palestinos. Su adversario es el Estado de Israel y hasta el momento no ha intentado trasladar su lucha a otros territorios. Su filosofía se fundamenta en el credo de la Hermandad Musulmana nacida en Egipto durante la Nahda o renacimiento árabe, una suerte de confrontación entre la sociedad árabe e islámica estancada y la modernidad arrolladora de una Europa que ya comenzaba a colonizar tierras árabes tras la caída del Imperio Otomano, hace casi un siglo.
Hamas no pertenece a la misma matriz islamista de la que se desgajan células que hoy operan en África, caso de Al Shabab en Somalia y Kenia o Boko Haram en Nigeria, cuya burda interpretación de la sharia o código islámico revela si acaso su gran debilidad; escasa formación e incapacidad para acompañar su actividad terrorista de una agenda política que les permita constituirse en alternativa viable. Debiera ser relativamente fácil combatir estos grupos mediante cooperación al desarrollo y educación. Con una población más educada y alimentada, con fuentes de trabajo sustentables, no tendrían prédica ni sumarían adeptos tan fácilmente.
En cambio Hamas desarrolló una estrategia diferente, granjeándose el respaldo de buena parte de los palestinos, en especial los habitantes de Gaza, en base al trabajo con las bases y desnudando la corrupción existente en filas de la Autoridad Palestina. Hamas basa su legitimidad en la persistencia de la causa palestina que no es otra que lograr un Estado soberano e independiente. Su causa es nacionalista y no persigue quimeras como el Estado Islámico. Si bien la religión y posiciones cada vez más extremas en ambas sociedades la israelí y palestina, han teñido un conflicto territorial con otros matices, no hay que olvidar que lo que buscan es un país independiente, no destruir a Occidente. Hay espacio para negociar y aunque con concesiones dolorosas de ambas partes enfrentadas, se puede dialogar con representantes de Hamas, se los considere o no terroristas.
Podemos y debemos rechazar los métodos que Hamas emplea para presionar al gobierno israelí de turno. Atentados suicidas, lanzamiento de morteros y misiles a territorio vecino israelí y una retórica que incita al odio y la violencia contra el enemigo judío son las perlas que le valieron la clasificación de organización terrorista por parte de países como Japón, Estados Unidos y Unión Europea, entre otros.
Podemos incluso criticar que manipulen y en parte secuestren a la población de Gaza que hoy sufre una nueva ofensiva israelí.
Lo que no se puede objetar es el objetivo último de todo palestino que es alcanzar una patria libre y un Estado soberano. Confundir a Hamas con la plétora de grupos que integran la urdimbre islamista que disemina el terror desde Pakistán e India hasta Mali y Libia sólo enturbia el panorama y esconde un drama que debió haberse resuelto hace tiempo, el de un pueblo palestino que tiene territorio pero no una nación.
*Directora del Depto. Negocios Internacionales e Integración, Facultad de Ciencias Empresariales, responsable de la Cátedra Permanente de Islam y Mundo Árabe, Univ.Católica de Uruguay