Por Edward Luce
¿Hasta dónde llegará Trump para evitar enfrentarse a la justicia?
La cuestión es si los votantes estadounidenses estarán lo suficientemente atentos como para detenerlo
La cuestión es si los votantes estadounidenses estarán lo suficientemente atentos como para detenerlo
Por Edward Luce
La política no puede ser más sencilla. Es probable que los votantes estadounidenses se enfrenten el próximo año a la disyuntiva de elegir entre un acusado criminal, que jura vengarse de sus perseguidores, y otro hombre. Las elecciones serán un referéndum sobre el Estado de derecho.
Si el primer hombre gana, probablemente escapará ir a la cárcel por sus múltiples presuntos delitos. Si gana el segundo, con toda probabilidad el primero irá a la cárcel. Si la democracia pudiera reducirse a un brutal juego de telerrealidad, esta trama sería ideal. Por supuesto, así es como le gusta a Donald Trump.
No cabe duda de que un Trump victorioso desplegaría la maquinaria de la justicia para fines personales. Él ha declarado en repetidas ocasiones que utilizará la ley como herramienta de venganza… y él lo haría. Vale la pena tomárselo literalmente.
La cuestión es hasta dónde llegaría Trump para no ir a la cárcel. Él no tiene nada que perder. Ése es el espectro al que se enfrenta el segundo hombre, Joe Biden.
La mayoría de los estadounidenses pasan su vida sin cometer ningún delito grave. Algunos tienen antecedentes por cosas relativamente triviales. Trump se enfrenta a 71 cargos por delitos graves en dos pliegos de cargos: el pago de dinero a una estrella porno para silenciarla y la ocultación de documentos clasificados. En teoría, él pudiera pasar siglos entre rejas.
Para cuando terminen las otras investigaciones — en relación con sus intentos de subvertir la democracia estadounidense el 6 de enero de 2021 y por tratar de derrocar unas elecciones en Georgia — su número de cargos pudiera superar los 100.
Es realmente asombroso que una sociedad libre recompense a un candidato así. Muchas lo han hecho. Tomemos el caso del fallecido Silvio Berlusconi de Italia, quien pasó décadas en una puerta giratoria entre las victorias electorales y los tribunales. O el de Benjamin Netanyahu de Israel, quien quiere acabar con la independencia del poder judicial israelí para escapar de su comparecencia ante los tribunales.
Estas figuras crean un culto a su alrededor que, en última instancia, tiene poco que ver con ideología. Se trata de lo que están dispuestos a hacer para sobrevivir. Estas personas triunfan combinando su sensación de persecución con sentimientos más amplios de victimismo.
Eso explica por qué el apoyo a Trump entre los republicanos crece con cada acusación. En algunas encuestas él ahora obtiene más apoyo que todos los demás candidatos a la nominación republicana juntos. Al hacerse eco de su afirmación de que Biden ha convertido el sistema judicial en un arma, sus rivales republicanos le están cediendo la narrativa. Si Trump es la víctima estandarte del sistema, ¿para qué molestarse con su coro de opositores?
Queda por ver si el mensaje del exgobernador de Nueva Jersey, Chris Christie — quien es el único que ataca directamente a Trump — resonará. "Mira lo rabioso que está", dijo Christie refiriéndose a Trump esta semana. "Nunca se trata de lo que está sucediendo en el país. Es pobre de mí; yo, la víctima".
La sabiduría convencional es que el riesgo legal de Trump hace más probable la nominación por parte de su partido y menos probable su victoria en las elecciones generales. Lo primero es, sin duda alguna, cierto. Lo segundo es debatible.
Tanto en 2016 como en 2020, Trump repetidamente dijo que las elecciones estarían amañadas en su contra. En las primeras, sólo estaba en juego su orgullo. Aunque él obtuvo la mayoría del colegio electoral, la vanidad de Trump estaba lo suficientemente herida como para insistir en que no había perdido el voto popular frente a Hillary Clinton. Él incluso lanzó una infructuosa investigación para descubrir fraude electoral.
Lo que personalmente estaba en juego para Trump en 2020 era más serio que en 2016, puesto que ya había sido sometido a juicio político una vez y se estaba enfrentando a varias investigaciones, principalmente sobre sus asuntos empresariales. Pero esto obviamente fue antes de que ocultara docenas de cajas de material clasificado en Mar-a-Lago, lo cual llevó a su comparecencia para la lectura de cargos en Miami esta semana. Él tampoco había sido acusado aún de incitar un asalto al Capitolio para impedir que se ratificara la victoria de Biden. Esto también fue antes de que él intentara intimidar a los funcionarios electorales de Georgia para que cambiaran el resultado de las urnas.
En cada una de sus dos primeras elecciones presidenciales, Trump sin embargo cambió drásticamente las normas estadounidenses. Uno de sus gritos de guerra en 2016 fue el "enciérrenla" dirigido a Hillary Clinton.
Aquellos días parecen apacibles en comparación. ¿Hasta dónde llegaría Trump el año que viene para no ir a la cárcel? La pregunta es retórica: sólo podemos adivinar qué es lo que él no contemplaría hacer, si es que hubiera algo. En el lado positivo, la mayoría de los votantes estadounidenses creen que los cargos penales de Trump deberían inhabilitarlo para volver a postularse. En el lado negativo, el carácter y los métodos de Trump no eran precisamente un misterio en 2016.
La mayoría de las elecciones estadounidenses modernas comienzan con un hándicap aproximado del 50/50. Debido a las peculiaridades del colegio electoral estadounidense, Trump necesitaría alrededor del 47 por ciento de los votos para estar más cerca de recuperar la Casa Blanca. Eso representaría su ‘escape de la cárcel' y el funeral de EEUU.