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Hermanos de playa: los dos guardavidas que vigilan hace 13 años la peligrosa zona de Solís Chico

La desembocadura del Solís Chico es uno de los lugares más peligrosos de la costa de Canelones; uno de sus últimos rescates fue a una familia de nueve que se debatía contra las corrientes

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25 de enero de 2019 a las 05:07

El día que llegó, lo primero que le soltó después de presentarse fue: “Bueno, ¿Cómo es esto?”. Él, que ya contaba dos temporadas parándose cada día del verano en aquella caseta de Parque del Plata, no supo bien qué contestarle. Mirando al nuevo, se le cruzó por la cabeza la posibilidad de advertirle sobre los cambios y los choques de las corrientes, de cómo los niveles de profundidad de la zona variaban en menos de media hora, cómo la gente se tiraba a cruzar el arroyo como si nada, como si no estuviera prohibido, pero no le dijo nada de eso. En cambio, casi por inercia, le contestó que a pesar de los años no tenía mucha idea de la playa. Y que iban a tener que aprender a leerla juntos.

Trece temporadas después, Martín Díaz –el nuevo– y Álvaro Suárez –el viejo– siguen vigilando desde el mismo lugar. Frente a ellos sigue estando la desembocadura del arroyo Solís Chico, y su caseta sigue siendo el refugio en el que pasan nueve horas de domingo a domingo. Los cambios, como casi siempre, son en su mayoría físicos: Díaz ahora tiene 31 años, Suárez 38 y su puesto de guardavidas está quemado y mal recauchutado.

“Hace unos tres años llegamos para inaugurar la temporada y no quedaba nada. Esto era una pila de cenizas y maderas quemadas. Hicieron una nueva y al tiempo la volvieron a prender fuego. Quedó la estructura y la acomodaron un poco”, cuenta Suárez. En efecto, la caseta, su caseta, sigue bastante desmejorada: la rampa por la que deben bajar y subir es frágil –“no pisen en el medio, suban por los costados”– y en varias partes del interior del refugio el piso está quemado. Pero ahí están ellos. Temporada tras temporada.

Nadadores federados, ambos ingresaron al guardavidismo por la conexión con el agua que traían desde antes. Y un poco por necesidad también. No llegaron a coincidir en el curso, pero sin embargo se conocieron allí; Suárez colaboraba con los docentes y eso propició el primer encuentro. Luego, terminaron trabajando juntos cuando Suárez quedó solo en el puesto de Parque del Plata. En todo este tiempo han estado rodeados de otros guardavidas que han rotado en la misma caseta –esta temporada son tres, por ejemplo–, pero los constantes siempre han sido ellos. Ellos y el arroyo, que es su peor enemigo y, también, un acompañante inquieto, traicionero y silencioso.

La playa y sus variaciones

La de aquella zona es una playa nueva todos los días. Cada día, el encuentro de corrientes que se produce en la desembocadura del Solís Chico modifica la estructura de la playa y la vuelve impredecible. A veces, su profundidad cambia en menos de media hora, y por eso resulta tan peligrosa. Ambos saben y tratan de advertirle a la gente de que, aunque su poco oleaje y aparente serenidad digan lo contrario, es un de los lugares más riesgosos para bañarse.

No en vano, sus veranos han estado marcados por los continuos salvatajes. Algunas temporadas, el ritmo es frenético; llegan a tener dos rescates por día. “Quedábamos temblando de los golpes nerviosos. Los rescates te dejan extenuado, pero las alertas también. Hay veces que sospechás de una situación de peligro y la adrenalina se te dispara y te deja tenso. Aflojar cuesta mucho después. Cinco o seis situaciones de esas en el día te dejan muy cansado. Estar nueve horas en estado de alerta es bastante agotador”, explica Díaz.

“Desde que estoy acá, nunca fue una playa igual. Estás en continuo aprendizaje. La entrada de agua de mar en el arroyo genera un desequilibrio; todas esas fuerzas mueven el piso, y zonas que estaban llanas y en las que hacías pie, de repente en media hora son muy hondas y te arrastra una corriente con mucha fuerza. Según Prefectura, los arroyos, ríos y riachuelos no están permitidos para baños, a no ser que estén habilitados específicamente. El arroyo Solís Chico no es apto para baños en toda su longitud, aunque se generan playas a donde la gente viene igual”, dice Suárez.

Mientras hablan, su tercer compañero ve algo raro a lo lejos. Toma los binoculares y observa a dos bañistas que, ya en la lengua de arena que divide el arroyo y el mar, se adentran en el agua. La tensión aflora en los tres y se nota en el aire que están prontos para saltar en caso de que lo necesiten. Deberán correr, porque aunque son la última caseta de la playa, los separan entre 600 y 700 metros hasta el lugar.

Para sobrevivir 13 temporadas en un punto tan ajetreado de la costa, Díaz y Suárez forjaron una relación que hoy los tiene más como hermanos que como compañeros de trabajo. El verano, sin el apoyo mutuo en la vigilancia de esa parte de la playa, casi no lo conciben.

“Acá el compañero es todo. Es un hermano y es en quien tenés que confiar”, dice Suárez, a lo que Díaz acota que ambos se tienen “100% de confianza” en las situaciones de rescate. “Cada uno tiene su impronta, más allá del protocolo. Él enseguida sale rápido, yo trato de pensar más la situación. Él quiere que las personas estén expuestas la menor cantidad de tiempo. Yo trato de ver las posibles salidas, cómo podemos asistir mejor a la persona, trato de llevar los materiales”, agrega.

Las oportunidades de probar su “sinergia” a la hora de rescatar no han sido pocas. La última fue una familia de tres que quedó desconectada en medio del cruce del arroyo. La más espectacular, un sonado rescate de nueve personas arrastradas por la corriente en la desembocadura que implicó la ayuda de dos guardavidas más. Esto sucedió, como siempre, por imprudencia de las personas: tras varios avisos de su parte, decidieron cruzar igual.

“El 95% de los rescates se producen por imprudencias. Este también fue por eso. Según ellos, habían entendido. Sabían por donde tenían que cruzar para estar seguros. Preferimos quedarnos vigilando, porque teníamos sospechas. Y mientras cruzaban subió el nivel del mar y se les empezó a complicar”, cuenta Suárez.

Los guardavidas vuelven a fijar la vista en los bañistas que, a lo lejos, siguen en el agua. Pero ahora ingresan en una zona peligrosa –una de las tantas– y deben salir de allí. Díaz, Suárez y su compañero actúan rápidamente. Cruzan las miradas y el menor de todos se saca la remera y corre en su dirección. Aún no hay peligro, pero irá hasta allí antes de que la cosa empeore. En aquella playa, nadie puede estar seguro de que la situación se precipite de un instante al otro. Lo único que sigue sin cambiar en aquella bajada de Parque del Plata  son dos de los ocupantes de la caseta de los guardavidas. Están allí hace 13 años y siguen contando y vigilando.

Este artículo es parte de la serie Bandera roja. Historias de guardavidas de la costa uruguaya. 

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