Nacida en Kobe en 1967, la relación de Amélie Nothomb con el país del sol naciente ha sido siempre una historia de amor y de odio. Hija de un diplomático belga que trabajó varios años en Japón, la escritora pasó parte de su infancia en un país muy diferente al resto del mundo, al que luego dedicaría varios libros, y Estupor y temblores fue el más polémico, ya que su ácida visión de las estructuras psicológicas de los japoneses le valió más de una crítica.
A Nothomb se le dijo de todo, pero no se la pudo acusar de advenediza o de basarse en clichés para sostener sus postulados, ya que a su estancia infantil en Japón sumaba una experiencia laboral en la década de 1990, cuando trabajó en una importante empresa nipona.
De esa etapa nace este libro, que resume todo el arte de la autora, desde el dinamismo de su narrativa que elude siempre el lenguaje complicado y la metáfora, hasta sus habituales disgresiones que, partiendo de un hecho fantástico o no, siempre le otorgan esa frescura de quien habla desde su verdad, de quien se toma un momento y unas páginas para decir algo que cree importante para el lector.
La llegada de la joven Amélie a la gran compañía Yumimoto para afinar las relaciones entre Bélgica y Japón, da paso rápidamente a un proceso de degradación personal y laboral, que transforma la vida de la recién llegada en un verdadero infierno.
Sin una tarea clara asignada, la protagonista va fracasando en cada uno de los trabajos que le son asignadas. No puede redactar una carta correctamente, no lleva bien la contaduría de la empresa, tampoco es competente repartiendo el correo y ni siquiera cuando sirve café y té en las reuniones de los jefes logra eludir las críticas.
Atrapada en un organigrama severísimo de estructuras de mando, Amélie es despreciada por todos y cada uno sus jefes, que no solo la atacan por su supuesta ineptitud laboral sino que también se ceban con su condición de extranjera y, más importante, de mujer. De entre todos ellos, ninguno como la señorita Fubuki Mori, personaje inolvidable, dura, eficiente y hermosa, que castiga sistemáticamente a la protagonista.
Y es en el devenir de esa relación donde se encuentran los momentos más felices de la novela, ya que Amélie siente una irrefrenable atracción por su jefa, lo que deriva en una atracción sexual que tiene mucho de sadomasoquista. Cuanto más la humilla Fubuki, más se enamora Amélie, que llega a frotarse desnuda contra la computadora de su jefa para tocar algo de su esencia.
A medida que pasa el tiempo la protagonista va siendo degradada, teniendo que realizar las más disparatadas tareas. Lo curioso es la forma en que se defiende psicológicamente Amélie, que, tras el desconcierto inicial por las costumbres japonesas, termina aceptando cualquier tarea de buena gana, sin quejarse, regodeándose en su humillación.
En este sentido el personaje funciona exactamente a la inversa que aquel famoso escribiente de Herman Melville, Bartleby, que siempre al recibir una tarea expresaba: “Preferiría no hacerlo”.
Sirviéndose de la figura femenina y deshumanizada de Fubuki Mori, Nothomb dedica cuatro páginas muy contundentes a denunciar la situación de la mujer en Japón más allá de los aspectos laborales. Allí es posible observar cómo un país moderno sigue con un sistema feudal en lo que refiere a la igualdad de género.
La novela se cierra con dos escenas memorables en los baños de la empresa, donde Amélie termina trabajando los últimos días de su contrato. Para irse deberá presentar cuatro renuncias a sus jefes, en un ejercicio esclarecedor para el lector. Divertida, alocada y sumamente crítica, la novela se mantiene tan fresca como cuando se editó.