Igor Korol, comandante del primer batallón de la 65ª, con sus grandes brazos tatuados, habla con calma, pero sin pelos en la lengua. A su juicio, el anuncio de la toma de Robotyne tuvo ante todo un objetivo mediático, porque del punto de vista estratégico, esta localidad no aporta nada.
“Pudimos haberla eludido”, declara a AFP, no lejos del frente de combate en la región de Zaporiyia. “Nos gustan los grandes anuncios y victorias rápidas. En la realidad, las cosas son diferentes”, admite este oficial que responde al nombre de guerra de “Morpej”, una abreviación de “infantería de marina”.
100% mortal
Según él, sus hombres no se pueden desplazar libremente en esta zona, oficialmente reconquistada hace un mes y medio.
Sólo al amanecer se pueden enviar pequeños grupos de soldados para lanzar ataques selectivos contra las posiciones rusas en los montes bajos que salpican la región. Hoy se encuentran a las afueras del siguiente poblado, Novoprokopivka, a dos o tres kilómetros al sur de Robotyne.
“Moverse durante el día es 100% mortal”, apunta Morpej.
Para él, la zona no es ucraniana sino “gris”. Y dice que cada vez que hay un bombardeo, “hay bajas, perdemos hombres”.
Aunque ya no hay soldados enemigos en Robotyne, la zona continúa bajo la “potencia de fuego rusa”, señala el oficial. Por lo tanto, es imposible realizar grandes operaciones de infantería o blindados.
El ejército ucraniano tiene un objetivo ambicioso en este frente sur: cortar las líneas logísticas rusas y la continuidad de los territorios ocupados alcanzando el mar de Azov, en el mejor de los casos. Una victoria así podría obligar al ejército ruso a retirarse.
Para el Kremlin, el hecho de que Ucrania no haya podido retomar más que algunas decenas de kilómetros cuadrados desde que inició en junio su contraofensiva, demuestra que la operación fracasó.
Afuera de Robotyne hay una vasta red de fortificaciones rusas, con refugios subterráneos, trincheras, trampas antitanques y campos minados. Los ucranianos sólo podían hacer pequeños avances bajo el fuego enemigo.
Este verano, el ejército ucraniano rompió en algunos puntos la cortina defensiva, pero la mayoría de las barreras rusas continúan en pie.
El avance ucraniano se complicó con las lluvias de otoño debido al barro y en invierno será aún más difícil.
Además, bombas aéreas, proyectiles y enjambres de drones explosivos llueven sobre los soldados que intentan avanzar.
Leonid, un experto en lanzagranadas de 44 años, dice que en el frente sólo pueden moverse en medio de dos aluviones de fuego, o sea, unos “3 a 5 minutos”.
“No hay combate cuerpo a cuerpo, todo son morteros de 120 y 82 milímetros, artillería de 152 milímetros, drones kamikaze, bombas guiadas de 500 a 1.500 kilos lanzadas por la aviación”, relata un soldado al que llaman “Miron”.
Las pérdidas son importantes, según los soldados consultados por AFP, aunque las autoridades ucranianas no dan cifras, al igual que las rusas.
Según los soldados, en términos de artillería, Rusia lanza diez proyectiles cuando ellos pueden disparar “uno o dos”. Lo mismo ocurre con los drones.
Pocas reservas
En ese contexto, Ucrania recibe mal las críticas occidentales que le reprochan la lentitud de sus avances y se encona contra aquellos que consideran necesario que Washington y Europa reduzcan la ayuda militar.
Las tropas sufren porque la asistencia es insuficiente, debido a que Occidente tarda demasiado en entregar los aviones F-16 que les permitirían enfrentar la supremacía aérea rusa y cubrir los avances de su infantería, sostiene Kiev.
“El precio es la vida de nuestros hombres”, declara Morpej.
Su compañero Poltava dice que lo más duro es hablar a las familias de los camaradas caídos en combate cuyos cuerpos no fueron recuperados.
“Me llaman todo el tiempo preguntando cuándo podremos sacar los cuerpos de los muertos, pero ahora mismo están en tan mal lugar que no puedo enviar a nadie. Es muy peligroso y podríamos perder aún más gente”, lamenta.
Pese a ello, los hombres de la 65ª brigada no piensan en rendirse. Para ellos, la guerra sólo puede acabar con la derrota de Rusia y la reconquista de tierras ucranianas ocupadas.
“Sabíamos a dónde íbamos, sabemos por qué vamos”, sostiene “Doc”, el médico de la brigada.
Mikhail, llamado “Kapa”, de 28 años, fue uno de los primeros en entrar a Robotyne. En su criterio, la solidez de las fortificaciones rusas demuestra que Moscú decidió consolidar sus posiciones y no avanzar más, tras sus debacles a fines de 2022 en el noreste y sur de Ucrania.
“Se dieron cuenta de que no podían tomar más y aguantar, así que se atrincheraron aquí, de manera duradera”, asegura.
El resultado es que, desde noviembre de 2022, y tras su derrota en Jersón, el ejército ruso no cedió mucho terreno y la línea de frente apenas se movió.
Eso no desanimó al grupo, que fue seleccionado especialmente para atacar a los rusos en este frente.
“Los muchachos que vienen acá, saben perfectamente por qué están aquí. Están aquí para trabajar, para despejar al enemigo, para asaltar, no para sentarse en una zanja”, asegura “Kapa”.
(Con información de AFP)