Por décimo año consecutivo, en 2018 los extranjeros que llegaron al país fueron más que los uruguayos que se fueron, según datos del Ministerio de Relaciones Exteriores. En promedio, unas 1.300 personas por mes tramitaron la residencia permanente, lo que llevó a que unas 15.600 de otras nacionalidades buscaran instalarse en 2018.
Las peticiones más frecuentes de residencia son de venezolanos, dominicanos y cubanos, pero también argentinos y brasileños. Entre 2016 y 2018, la cantidad de extranjeros llegados se multiplicó por cuatro.
Sin embargo, la profesora adjunta del Instituto de Economía (Iecon) de la Udelar, Luciana Méndez, dijo a El Observador que si bien en Uruguay hace algunos años hay una fuerte percepción de que hay muchos inmigrantes porque efectivamente se han hecho más visibles y el flujo existe, en realidad lo que está ocurriendo no es una “ola enorme de gente que está entrando como para generar un cambio en la aguja”.
Según Méndez, en un mercado laboral –que aglutina a 1,5 millones– las entre 14 mil y 20 mil personas que entraron al país, el efecto que pueden generar es mínimo, por lo que los movimientos que se han dado no tienen nada extraño.
“A priori, si miras países como Alemania o España, que tuvieron flujos de inmigración enormes, que pueden alcanzar el 10% de la población en edad de trabajar, sí se generan modificaciones. Para Uruguay, hay que tener en cuenta si estos flujos siguen viniendo y no son tan coyunturales. En estos casos, a largo plazo sí pueden tener repercusiones en varias dimensiones, como pueden ser la fecundidad o la seguridad social”, explicó la economista.
Por su parte, el economista y director de Enseña Uruguay, Aldo Lema, señaló que en el largo plazo el efecto de la inmigración es muy positivo, sobre todo para países con transiciones demográficas en caída y con aumento en la expectativa de vida.
Lema entiende que un fenómeno de inmigración implica retomar tasas de crecimiento en la población mayores a las que se ha tenido en los últimos años, que va de la mano con un potencial crecimiento para la economía.
A veces sucede, explicó, que quienes emigran pueden tener un nivel de calificación superior a la del promedio de la población nacional, lo que puede significar un impacto positivo en el capital humano y un aumento en la productividad para apuntalar el crecimiento económico.
La creciente llegada de profesionales calificados provenientes sobre todo de Venezuela y Cuba, provocó que en 2018 Uruguay se colocará por primera vez entre los 50 mejores del mundo en el ranking mundial de Competitividad realizado por Adecco Insead y Tata Communications.
La medición se hizo en base a seis pilares: habilitación, atracción, crecimiento, retención, habilidades técnicas y conocimiento. Uruguay se ubicó en el puesto 44 en el ranking.
De todos modos, Lema dijo que también los inmigrantes menos calificados son capaces de aportar otros valores en cuanto a la productividad, que tiene que ver en un sentido de capital humano no necesariamente asociado a capacidades cognitivas, sino que por su situación pueden aportan puntualidad, disciplina, compromiso y disposición al trabajo en equipo, que también “se traduce en una mejora en la productividad”.
De lo histórico al presente
En Uruguay, hay hoy alrededor de 70 mil inmigrantes, lo que representa un 2% de la población, entre los que se incluye a muchos que son generación de padres y abuelos llegados décadas atrás que ya están asimilados al país hace un buen tiempo.
El país vivió su período más potente de inmigración entre los años 1880 y 1910, con una curva descendente pero positiva al menos hasta 1950. Según explicó a El Observador el docente de historia y columnista de FM del Sol, Gabriel Quirici, en 1860 Uruguay contaba con una población aproximada de 200 mil habitantes.
A partir de 1875 se dio un salto que a su vez coincide con la modernización del país y un ciclo “internacional de la primera globalización”, llegando Uruguay a 1 millón de habitantes a principios del siglo XX.
“Toda la región recibe grandes olas inmigratorias en esa época y se vuelven zonas muy productivas. Ni que hablar que la economía andaba bien y ofrecía oportunidades, pero el aluvión de gente también la volvió más productiva ante campos que estaban desaprovechados. Aparecen nuevos oficios y mentalidades. Los recursos naturales llegan a picos de rendimiento que no habían llegado antes en un marco de mayor comercio, de movimientos de capitales y nuevas tecnologías”, comentó Quirici.
Para el docente, en la década del 1920 y el 1930, así como en los últimos años, el hecho de que “venga gente indica cierta prosperidad con características particulares en el Río de la Plata, que comenzó ahora a ser receptor, pero el inmigrante con su trabajo y producción siempre suma”.
En tanto, Lema advirtió que para el corto plazo cuando se producen crisis humanitarias como se viven en Venezuela y Haití, no todas las economías están igualmente preparadas para absorber esas olas sin impactos. Chile, con crecimiento a tasas mayores a las de Uruguay, recibió 1 millón de inmigrantes en el último año y no hubo problemas de desempleo ni salariales.
Pero, para el caso de Uruguay, recibir un flujo importante con una economía estancada puede implicar un aumento en el desempleo, consideró .
“Fue lo que ocurrió en algunos países de Europa, que después de 2008, lo que exacerbó los nacionalismos fue que los flujos inmigratorios continuaron por las crisis humanitarias como las de Siria, en un contexto de economías desaceleradas y sin dinamismo para absorberlos. Se generó ese malestar, pero no se trata de un fenómeno propio de la inmigración, sino que al final del día es que la economía crece poco”, reflexionó Lema.
Orgullo y satisfacción en Latinoamérica
Posterior a una charla que brindó en Uruguay este jueves, el economista y diputado argentino, Martín Lousteau, dijo que la inmigración constituye una fuerza desde todo punto de vista, que implica modificaciones sociales y económicas siempre significativas. Recordó que tanto Argentina y Uruguay se desarrollaron a partir de corrientes inmigratorias y que Estados Unidos es probablemente el país que más inmigración ha incorporado en el mundo. "Cuando la economía está mal genera sí resquemores y algunos políticos se montan sobre esos resquemores, pero es materia de la política resolver los problemas. No andar levantando el dedo acusando a otro de problemas que son autogenerados", sostuvo.
Además, al ser consultado por El Observador el político dijo que Latinoamérica debería sentir "una suerte de satisfacción y orgullo por como está lidiando con una crisis migratoria fenomenal". "Los emigrados venezolanos que se van distribuyendo por nuestro subcontinente son muchas veces más que el medio millón que generó problemas y discusiones en Europa, con sociedades mucho más ricas. Nuestros países no solo los han absorbido, además tampoco se han generado discusiones", comentó.