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5 de agosto 2015 - 14:00hs

La negativa a María Corina Machado a inscribirse como candidata a diputada es el más reciente de los manotazos del presidente Nicolás Maduro para tratar de evitar la derrota que le anticipan las encuestas en las elecciones legislativas del 6 de diciembre. Recurriendo a su control de todos los resortes del poder, incluyendo los sumisos Consejo Electoral, Parlamento y estructura judicial, el asediado presidente procura acallar a sus principales opositores. Con ese fin mantiene aislados a Leopoldo López y otros dirigentes de primera línea arbitrariamente encarcelados. Su propósito es cerrarles la oportunidad de llegar al público, a través de declaraciones desde adentro de sus celdas.

El senador Pablo Mieres, líder del Partido Independiente, fue la última personalidad a quien se le impidió reunirse con López en un reciente viaje a Caracas. Antes había ocurrido lo mismo con expresidentes sudamericanos, con el exjefe del gobierno español Felipe González y con una delegación de legisladores brasileños a quienes una turba hostil les impidió salir siquiera del aeropuerto. Pero la propia negativa de Maduro a que los opositores presos reciban visitantes que hagan conocer sus reclamos agudiza aun más la imagen autocrática del sucesor de Hugo Chávez. Y Machado, expulsada sin miramientos, tiempo atrás, de la banca que ocupaba pero todavía en libertad, ya anunció su activa participación en la campaña aunque le hayan impedido postularse para reingresar a la Asamblea Nacional.

La fuerza de su popularidad se agrega a la reciente decisión de los 30 partidos opositores de votar juntos, en una misma lista, dentro de la Mesa de Unidad Democrática (MUD). Su líder, Henrique Capriles, fue estrechamente vencido por Maduro en la última elección presidencial luego de la muerte de Chávez, en un resultado de dudosa transparencia. El panorama es ahora peor para el mandamás venezolano, cuya popularidad se ha derrumbado a una intención de voto del 25%, la mitad del que las encuestas asignan a la MUD. Como la situación de la población empeora día a día, con una pavorosa escasez de alimentos y otros artículos de primera necesidad y agobiada por una inflación del 70%, cada vez menos venezolanos estarán dispuestos a votar por los candidatos chavistas. Esto aleja la posibilidad de que Maduro mantenga su dócil mayoría actual de 99 bancas en el Parlamento unicameral de 167 miembros, con lo que perdería margen para seguir gobernando a su antojo.

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Otra indicación de la desesperación de Maduro por aferrarse al poder es la ofensiva que ha lanzado contra el secretario general de la OEA, Luis Almagro. Como canciller en la administración Mujica, Almagro fue un defensor de Chávez y de su sucesor. Pero al asumir en la OEA ha dado un saludable giro, al percibir que en ese cargo no puede ignorar los desmanes chavistas. El resultado de su censura al régimen caraqueño, precedida por duras condenas de la ONU, ha sido la desmedida acusación de Maduro a Almagro de ser un títere de Estados Unidos. Con igual locuacidad hostil había denunciado antes al vicepresidente Raúl Sendic como “traidor”, por haber formulado una tenue crítica al chavismo. Cada acción de Maduro tiende a hundirlo más, dentro y fuera del país, tendencia que, para bien de los venezolanos, es de esperar se confirme en las legislativas de diciembre y, sobre todo, en una posterior elección presidencial.

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