Espectáculos y Cultura > ENTREVISTA AL MÚSICO CATALÁN

Joan Manuel Serrat: "No tengo otra fecha de caducidad que la que la vida me tenga reservada, y me la tiene escondida"

El reconocido músico habló con El Observador del paso del tiempo y de sus amigos uruguayos, los que ya no están y aquellos con quienes todavía puede reunirse a comer "un pedazo de vaca"

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16 de noviembre de 2018 a las 14:25

Medio siglo. Del disco Mediterráneo, su obra más celebrada, y de relación con Uruguay. En realidad 47 y 49 años, respectivamente. Pero, como dice este catalán latinoamericano, no hay que esperar a que se cumpla la fecha exacta para festejarlo. Joan Manuel Serrat (74 años) llegó a Montevideo el jueves como parte de su gira Mediterráneo da capo, organizada por el cincuentenario del álbum y que lo tuvo en los últimos 30 días recorriendo Argentina, que seguirá por Chile, España y, el año próximo, nuevamente por América.

En el show que dará este sábado en el Antel Arena, Serrat recorrerá durante dos horas los temas de aquel memorable disco y otros tantos clásicos de su extensa carrera. Pero el concierto fue apenas una excusa para sentarse a conversar con El Observador y explorar este fuerte lazo entre el Mediterráneo y el Río de la Plata, entre Nano y sus amigos, entre el músico y esta ciudad.

El 5 de agosto de 1970 le dio una entrevista a Alfredo Zitarrosa. Era su segundo viaje a América, el primero había sido el año anterior. Él comenzó con esta pregunta: "¿En qué está pensando en este momento?". Emulando aquella ocasión, se lo pregunto ahora.

En cuanto me ha nombrado la entrevista que hicimos en casa de Alfredo, después de comer mucho y de beber un poquito, y con una compañía fantástica porque estaba también El Sabalero, me ha venido un flash inmediato del recuerdo imborrable que tengo de aquel día. Me ha venido la imagen de Alfredo, su rigor, su aparente contundencia cuando era tan tierno y tan accesible. Me ha venido la imagen de él y de unos amigos perdidos, con la tristeza que eso conlleva, pero también me ha venido la de unos amigos con los que la vida ha podido ser algo más.

En esa entrevista usted decía que había encontrado paralelismos entre los chilenos y los uruguayos, y afirmaba: "No tanto con los argentinos, seguramente por razones económicas".

¿Sabe por qué decía eso? Por ignorancia, porque en el año 70 mi conocimiento al respecto era muy inferior. Pero de todas formas, a los humanos no nos separan tantas cosas como nos dicen otros que nos separan, y nos unen muchas más. Sangramos de la misma manera, amamos a nuestros hijos de la misma forma, nos movemos por las mismas razones, los mismos amores. En el fondo todos somos criados en una sociedad que nos hace muy comunes.

Su conexión con Argentina, Chile y Uruguay es muy fuerte. ¿Eso viene de la época de las dictaduras?

Supongo que ahí creció mucho. Viene desde el descubrimiento de unos mundos y unas gentes que estaban viviendo un tiempo muy determinado, la búsqueda muy determinada, tratando de encontrar ese hombre nuevo que (Daniel) Viglietti y tanta gente perseguía. Tratando de ganarle al tiempo, tiempo, y al sueño, sueño. Así ocurrieron cosas tan similares como las que ocurrieron en Argentina, en Chile, en Uruguay. No solo por la operación Cóndor, sino también porque los sueños fueron muy compartidos. En los años de las tinieblas, del terror y de la muerte todo esto creció porque se achicaron los espacios y hubo que recolocar los sueños, y yo jamás estuve dispuesto a perder aquello que con los años la vida me había regalado en cuanto a relaciones, a amor, a gente.

¿Qué más identifica en este vínculo tan fuerte?

Podríamos seguir desgranando de a poquito todo esto, pero llevaría bastante tiempo. Habría mucho más de amor que de odio, mucho más de gloria que de desencuentro, porque la vida me ha nutrido mucho más de elementos que si bien no siempre han sido todo lo afortunados, positivos y abiertos a los sueños como yo hubiese deseado, sí he tratado de conservar la mejor cara de todos y cada uno de ellos porque es la única manera de enfrentar el futuro. Si me preguntara si soy optimista frente al futuro, diría que no, por lo que he visto en la vida. Pero también sé que solamente a partir de enfrentar la vida con optimismo –y con la certeza de que cambiar ese futuro y hacerlo crecer está en nuestras manos– es que algo podrá mejorar. Eso me hace necesariamente abrazar todo aquello que me haga ir hacia la luz.

Volviendo a aquella entrevista de Zitarrosa, usted decía: "Vine el año pasado por primera vez y no conocía a nadie". ¿Hoy en día, a quién conoce cuando llega a Montevideo?

La gente tiene el hábito de envejecer y la mala costumbre de morirse, con lo cual cada vez más uno va contando las pérdidas como no las siente ni las imagina cuando tiene 25 años. Le doy gracias a la vida por poder seguir compartiendo todavía con gente un pedazo de, diría de pan pero vamos a ser sinceros, más bien de vaca.

Son varios los que ya no están. Por supuesto Zitarrosa, Viglietti, Benedetti.

Galeano.

¿Y quiénes sí quedan hoy aquí?

Quedan. Por cortesía, no haremos una lista. Por gratitud, sería muy larga.

¿Cómo toma eso que me decía de que los amigos van envejeciendo y mueren?

De chico todos pensamos que nuestro padre no se va a morir nunca, que solo se muere el padre de los demás. Pero llega un momento determinado en el que aprendes que el tuyo también se muere. Ocurre con las personas y ocurre con los sueños. Tal vez te hace enfrentarte al tiempo que has malinvertido, malempleado, por una parte, pero también convertirte en alguien que sabe que las oportunidades, mientras estén ahí, hay que aprovecharlas. No hay que dejar un solo beso por celebrar ni un solo momento de luz para echarse a dormir.

¿Qué lugares suele visitar cuando llega a Montevideo?

Está muy relacionado a los amigos, porque el tiempo en el que estoy aquí siempre es muy corto. Está muy en función de dónde están, de dónde vivían, de dónde viven, de los bares que hemos frecuentado juntos. Pero aquellos bares dejan de tener la vida, el encanto, la fuerza que tenían con ellos cuando los tienes que visitar sin ellos. Pero, entre usted y yo, siempre quedan bares.

"Los montevideanos se parecen bastante a los catalanes en respetar el rumbo de cada quien"

¿Hay algún bar que usted diga: 'A este voy cada vez que paso por acá'?

Alguno hay.

No lo quiere nombrar.

No, porque cuando uno descubre estos pequeños lugares mágicos que tiene para uno es como que se pervierte de alguna manera el encanto.

¿Pero el montevideano es de molestarlo si lo ve en la calle o en un bar?

No, el montevideano no. No es una gente que atosigue en la calle o que interfiera tu día. Se parecen bastante a los catalanes, en respetar el rumbo de cada quien. Es curioso porque, estando tan cerca, hay otras gentes que son más vehementes en este sentido.

"No hay que dejar un solo beso por celebrar ni un solo momento de luz para echarse a dormir"

Caminar por Corrientes es imposible para usted.

Sí, pero porque cambian los elementos de culto. Es diferente el público y la reacción que puedas tener en un teatro en Buenos Aires o que puedas tener aquí. No es que la gente sea esencialmente distinta, sino que el comportamiento es distinto. Son muy cálidos los argentinos en ese sentido, pero no hablo de mejor ni peor. Es distinta una misma persona según donde haya estado, donde haya asido, si tú lo colocas en un ámbito de la sencillez de una ermita o la ampulosidad de una catedral. Ahora, en la tribuna del estadio se parecen muchísimo. Es curioso.

Por el momento aquí todavía pueden ir hinchadas visitantes, aunque separadas.

Es un problema. Se deterioran las costumbres que hace años hubieran podido ser inadmisibles y se convierten en algo que la sociedad, en lugar de repudiar cuando está a tiempo de erradicar, lo repudia cuando ya es muy difícil de erradicar.

Esta gira es para celebrar los 50 años de Mediterráneo, más allá de que tiene 47. Usted dijo que lo lógico hubiese sido celebrar el cincuentenario pero que no está para esperar. ¿Por qué?

No lo digo porque me vaya a ocurrir algo. Lo que quiero decir con esto es que si tiene usted algo que festejar, festéjelo, no aguarde.

"La violencia en el fútbol se convierte en algo que la sociedad, en lugar de repudiar cuando está a tiempo de erradicar, lo repudia cuando ya es muy difícil de erradicar"

Por tanto, todavía se ve arriba de los escenarios cuando tenga 77.

No tengo fecha de caducidad. No tengo otra fecha de caducidad que la que la vida me tenga reservada, y me la tiene escondida. De eso ya se ocupará la naturaleza. Espero poder seguir haciéndolo porque me permite hacer lo que me gusta hacer, compartirlo con la gente y gozar con eso que se llama oficio.

Tiene una canción que se llama Llegar a viejo, que escribió y publicó en 1987. ¿Cómo se ve hoy respecto a lo que pensaba en ese momento?

Me veo... bien, muchas gracias. Dentro de mis posibilidades me siento muy bien y muy a gusto conmigo cada día. Si no estaría en otro lugar mucho menos público.

"Si tiene usted algo que festejar, festéjelo, no aguarde"

Tocará en el Antel Arena, que no sé si lo conoce por fotos.

Yo conocí el Cilindro.

Claro. Dos días después, por ejemplo, se presenta Maluma en ese mismo estadio. ¿Qué le pasa con ese tipo de música?

Me pasa más con otro tipo de música. No tengo un prejuicio, y aunque escucho toda la música que puedo –alguna involuntariamente y otra voluntariamente– tengo un rumbo preferido con respecto a eso que se llama música. No quisiera generar una polémica, no con Maluma sino con otros tipos de música con los cuáles seguramente habrá cosas mucho más interesantes de lo que yo pueda imaginar y de lo que conozco. Pero en el confort anímico de mis momentos más cercanos, cuando me levanto a poner un disco de música corresponde a otra historia, que también iría bien para gente que hace música, para que pudiera nutrirse; a lo mejor les serviría para ampliar su espectro musical.

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