Embed - Jorge Drexler presenta su nuevo disco atravesado por el candombe, Taracá
Lo primero que brota de una semilla es la raíz. Y en el germen del nuevo disco deJorge Drexler están sus raíces. Está Montevideo, está el candombe, la milonga, la murga, la plena. Está la necesidad de volver a poner los pies en la tierra mientras parece que el mundo salta por los aires; los pies en la tierra donde dio los primeros pasos.
Jorge Drexler lleva desde hace treinta años una vida a dos aguas, y con un océano de por medio. Esas tres décadas de vaivén entre España y Uruguay repicaron, hicieron eco con el haber cumplido 60 años y en la llegada, como siempre inoportuna, de la muerte. En noviembre de 2024 al cantautor le tocó despedir a su padre Günther, al que ahora le dedica este disco.
De la raíz crece el árbol y el árbol se hace madera. Y si hay algo que tienen las once canciones que integran Taracá es madera. Madera y lonja. Está en el nombre, que es tanto la onomatopeya del tambor chico —que tiene su canción en el álbum— como un “estar acá” dicho bien a lo criollo. Acá en el aquí y ahora y acá en casa.
Porque más allá de lo personal, Drexler quiso tocar raíz y madera porque vio que algo estaba pasando. A propósito de la publicación de Taracá, prevista para el próximo 13 de marzo (el día del cumpleaños de su padre), el músico conversó con El Observador y habló sobre esas “señales musicales” que avistó y decidió seguir.
“Uruguay me mandó un montón de señales de excelencia musical que están presentes en el disco. La Rueda de Candombe, Facu Balta, Tadu Vázquez, la vuelta de Falta y Resto, la presencia de Julio Cobelli, la SUSI con Nacho Algorta, que para mí es una revolución en la música uruguaya; Américo Young y lo que está pasando con la plena. Todo eso me parecieron señales de buena salud y me dieron ganas de participar de eso”, contó en el estudio montevideano Elefante Blanco, donde grabó buena parte de este trabajo que se terminó de armar en Madrid y San Juan, en Puerto Rico.
Buena parte de esas señales están vinculadas al candombe, que en los últimos tiempos ha vivido un resurgir y una masividad llamativa, a la que Drexler ahora le suma un disco maravilloso, festivo y poderoso, lleno de preguntas e incertidumbre pero al mismo tiempo una invitación a bailar y tender puentes, en un abrazo definitivo con un género que para él no es nuevo.
Tan es así que la primera canción que grabó, No te creas, era “un intento de candombe con congas”; y la primera canción de su disco debut, La luz que sabe robar, también era un candombe: Bienvenida. Después vinieron Tamborero y Memoria del cuero, por ejemplo. “Es cierto que hace mucho tiempo que estoy dándole vueltas, pero nunca tan frontalmente”, reconoce.
Raíz, madera, candombe, aprendizaje y conexión. De todo eso gira esta charla de Jorge Drexler con El Observador en la previa del estreno de Taracá, que presentará en Montevideo —en casa— el próximo 6 de junio en el Antel Arena.
En los créditos del disco escribís “Quise volver a grabar en casa, en mi Montevideo, donde mis padres se conocieron y donde me trajeron a este mundo hermoso y terrible”. ¿Qué te empujó a eso?
En el 2024 pasaron varias cosas, una de ellas fue que perdí a mi padre, mi madre ya se había ido hace unos años. De golpe pasás de ser padre e hijo, como era yo, a ser solo padre y a estar primero en la línea de movimiento de la familia. En 2024 también cumplí 60, poco tiempo después se cumplieron 30 años de mi llegada a España. Son sucesos que te marcan la biografía y que de alguna manera te llevan, no sé por qué, a querer reconectar con algo. Todo eso es una explicación mía, personal. Estaba construyendo una casa en Rocha, mis hijos adolescentes ya están más grandes, con lo cual puedo pasar más tiempo afuera. No volví a vivir a Uruguay, entre otras cosas, porque mis tres hijos nacieron en España, sus madres son españolas, y para tener contacto con mis hijos tenía que vivir allá, y eso era prioritario para mí. También te digo que además de las razones personales, Uruguay me mandó un montón de señales de excelencia musical que están presentes en el disco. La Rueda de Candombe, Facu Balta, Tadu Vázquez, la vuelta de Falta y Resto, la presencia de Julio Cobelli, la SUSI con Nacho Algorta, que para mí es una revolución en la música uruguaya, Américo Young y lo que está pasando con la plena en Uruguay. Todo eso me parecieron señales de buena salud y me dieron ganas de participar de eso.
¿Cómo es tu vínculo con el candombe? ¿En tu casa sonaba o fue un descubrimiento que vino con el camino?
Fue un descubrimiento de la adolescencia tardía, de la juventud. Le debo mi vínculo con el candombe a la relación que tiene mi hermano con nuestro amigo del alma, Fernando Ramírez Abella, que fue quien nos llevó por primera vez al barrio a ver a los tambores de Ansina, y salíamos con él. Recuerdo en la etapa final de la dictadura ir a ver tambores cuando todavía el derecho de reunión no estaba reestablecido, con lo cual que se juntaran un grupo de 60 personas tocando el tambor y cantando “se va a acabar la dictadura militar” no era lo más apreciado por los militares (risas).
¿Y cómo fue el proceso para decir “quiero hacer un disco que tenga mucho candombe”?
Tuvo mucho que ver en eso la Rueda de Candombe, ahí vi un fenómeno que hace años estaba esperando que pasara, que es la adaptación de modalidades interpretativas, como puede ser la rueda de samba en Brasil, o la rueda de cumbia de Barranquilla, un círculo alrededor del que la gente desfila con los músicos en el medio, tocando un repertorio de clásicos. Vi que todo eso coincidía con el método del candombe y me alegré muchísimo cuando lo vi pasar acá. Apenas escuché hablar de la Rueda de Candombe, bien al principio, cuando estaban todavía en el bar Santa Catalina, me dije “esto va a ser un bombazo”. Y vine y en cuanto pude, me autoinvité a cantar con ellos (risas). Y ahí en la plaza, cantando con ellos, me dieron muchas ganas de hacer esto, ahí fue que me dije “llegó el momento”.
Vos que has hecho hasta una canción que habla sobre la cuestión de siempre ser un eterno aprendiz, del cinturón blanco eterno. ¿Qué tanto tuviste que estudiar para este disco?
Mucho. Sobre todo tuve que aprender de la gente que sabe de verdad de candombe, porque yo a pesar de que vengo hace mucho metido en el género, no soy un candombero, no toco el tambor; o sea, lo toco muy poco y tengo las manos muy frágiles. No vivo de forma permanente en un barrio candombero, no formo parte de una comparsa, así que tuve que estudiar. Tuve la suerte de tener en este proyecto a gente que realmente vive el candombe de manera barrial, familiar, de raíz, cultural, espiritual, como la Rueda de candombe y su cuerda de tambores maravillosa. También se agregó a esa cuerda de tambores otra con el hijo del Lobo Núñez, Fernán; con Camilo, el nieto del Lobo. Es decir, gente que está hace mucho tiempo y que además de tocar con ellos los escuchamos hablar. Nos sentamos y conversamos mucho rato sobre qué significa el candombe y cómo lo ven, qué significa el tambor chico, qué significa la clave, qué significa el tambor piano. Esa fue mi manera de relacionarme con eso, con mucha intención, con mucho respeto y dejando hablar a quienes de verdad saben de eso.
En 2024 hablaste con El Observador y contaste que desde 2022, o sea, desde que salió tu disco anterior, Tinta y Tiempo, durante esos dos años no habías escrito ninguna canción. ¿En qué momento se abrió esa puerta?
Las canciones aparecen cuando empezás a sentir la necesidad de tener un disco nuevo, y para mí es capital dejar de girar. Yo no puedo escribir girando. ¿Por qué? Porque me interesa el mundo, me interesa el ser humano, si estoy en Lima, lo último que quiero hacer es quedarme encerrado en el hotel, que son no-lugares, porque son iguales en todos lados. ¿Qué voy a hacer en una habitación de hotel de Lima si puedo bajar a la playa o dar un paseo y estar con amigos y ver a alguien improvisar en décimas peruanas, ir a una peña, recorrer? Tengo amigos en todas las ciudades y entonces cuando estoy de gira no puedo componer porque estoy todo el tiempo en la calle, digamos. Después de los conciertos, sí. Tengo que parar. Cuando paro, descanso y hago lo opuesto de ese movimiento hacia afuera, que son las giras, hago un movimiento hacia adentro, y ahí busco las canciones.
Un proceso que, por lo que has contado, no es de tus favoritos.
Es el más importante que tengo. Y componer es de mis favoritos, pero no es una cosa que haga porque me agrade. Es como ir a terapia, nadie dice “estoy re contento de ir a terapia, es buenísimo, me encanta, lo paso increíble”. No, la terapia no es para pasárselo súper bien, es para cosas muy importantes. Aunque ojo, pasarla bien también es muy importante. Lo que pasa es que componer es una actividad sumamente bipolar. Tenés que tener mucha paciencia, porque la mayor parte del tiempo no se te ocurre nada, y oscilás entre la descalificación absoluta hacia vos mismo cuando no se te ocurre nada a la gloria injustificada cuando resolvés un estribillo con algo que en ese momento te parece que va a cambiar tu mundo. Después no es tan así, pero en ese momento tenés esa ilusión. Es muy loco escribir. Soy muy mal acompañante cuando estoy escribiendo. Por eso no escribo todo el tiempo, porque estoy muy inestable cuando estoy en ese proceso. Estoy abstraído, no cumplo con los compromisos. Quedo de ir a una hora y justo un rato antes me surge una idea y me tengo que quedar. O me guardo un día entero para componer y no se me ocurre absolutamente nada, con lo cual vuelvo enormemente frustrado a mi casa. Estoy en la mitad de una cena y se me ocurre una idea y tengo que abandonarla. No me recomiendo cuando estoy escribiendo.
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En el caso de las canciones de este disco, ¿vinieron primero las ideas, los temas, o primero las músicas y después en base a eso armabas alrededor?
Qué curioso, ¿no? Cómo tenemos asociado ideas y temas al texto. La canción es un género mixto, que tiene una parte simbólica, un lenguaje en el que digo “manzana” y vos pensás en un objeto; ahora, si toco un do mayor no pensás en nada concreto, pero tenés una sensación muy definida. Y si le agregas la séptima tenés otra sensación muy definida, entonces la canción es la interfase entre un género abstracto y un género simbólico. Y esa interfase es lo que realmente importa. Tengo poca inclinación temática, mis canciones favoritas son las que surgen cuando no sé bien qué voy a buscar.
Me siento e intento distraer a la red neuronal por defecto, que es como el director de orquesta de nuestro cerebro. Es una funcionalidad del cerebro que permanentemente intenta simplificar los problemas para que puedas caminar y seguir adelante, llegar a la parada de ómnibus y tomar el adecuado para ir a tu trabajo y hacerlo. Entonces intenta todo el tiempo decirte “esto ya sabés hacerlo, vamos a resolver, no busques cosas nuevas ahora”. Yo intento apagar eso, porque la red neuronal por defecto es la que dice “te convendría escribir sobre esto y deberías escribir sobre esto, te falta escribir sobre esto y siempre quisiste escribir sobre esto”, pero eso a mí no me interesa. No quiero escribir sobre lo que quiero, sobre lo que me convendría o lo que siempre pensé que debería, sino algo que se te cae arriba de la hoja y no sabés ni lo que es ni cómo está ahí. Cuando escribo sobre lo que no esperaba, esa es mi situación favorita. Muchas veces el tema lo veo retrospectivamente, en el espejo retrovisor, en el momento no me doy cuenta de qué hablo, porque las canciones se escriben en un trance subconsciente, se parecen mucho a los sueños.
De hecho, una cosa que me pasó con este disco y que antes no me había pasado tanto, es que escribí mucho en la primera duermevela del despertar. Me lo puse como disciplina, me despertaba y me aguantaba en la cama 45 minutos antes de salir. Me decía “quédate, quédate, quédate” y ahí con el cerebro todavía oxigenado, fresco, tenía un montón de visiones y cosas de que escribir. Escribí mucho desde la mesa de luz.
Toco madera, la primera canción del disco, ya se ha publicado como adelanto. En la canción y en el videoclip queda establecido el doble sentido del título, que es el tocar madera como se dice comúnmente para no atraer a la mala suerte, y el tocar madera en el sentido candombero de tocar la clave en la madera del tambor. Las cuerdas de tambores, por lo general, tocan madera, tocan la clave, cuando se desordenaron los tambores y necesitan acomodarse. ¿Vos sentiste la necesidad de ordenar la cuerda, o que como sociedad estamos en un momento donde necesitamos acomodar el ritmo?
Sí, es algo pensado. La madera tiene esta cosa básica, de volver al árbol como entidad protectora, de volver a lo orgánico. Y eso también, de alguna manera, es volver a poner un poco de orden en tu vida. Como decir “voy a conectar con las cosas que me conectan con una raíz, con una clave, con un cierto orden cósmico dentro del desorden en el que vivimos". Cierta conexión con algo dentro del mundo desconectado en el que vivimos, un mundo cada vez más polarizado. Hay en el disco una canción que habla de eso, que es Nuestro trabajo. Siento que nuestro trabajo como escritores de canciones es mantener los puentes abiertos, es mantener la sincronía entre personas para que pueda seguir habiendo un intercambio, inclusive entre personas que piensan diferente, porque últimamente las redes te realimentan todo el tiempo con tu propio pensar, te seleccionan a la gente que dice cosas que te agradan porque te trata como si fueras un niño chico y para que pases más tiempo ahí, y digas “yo tenía razón, esta gente es toda igual”. Genera mucho esa cosa de “esta gente”, como una diferencia del “nosotros”, ese chauvinismo que ha florecido de vuelta inexplicablemente, pensé que habíamos superado esa etapa, pero evidentemente no.
Creo que en ese rol la canción tiene más para aportar como elemento de sincronicidad, de empatía y de conexión, que como elemento ideológico. Yo, como cancionista, soy menos interesante como opinador que como conector. Y eso que me gusta opinar, hasta por demás (risas). Pero aprendí a callarme la boca, a valorar cuál es realmente mi trabajo. Marisa Monte me dijo una vez: “nuestro trabajo es que la gente entra a un concierto y sale conectada con una cosa. Vos de repente no te das cuenta porque estás todo el tiempo en eso, porque es tu trabajo y lo haces todo el tiempo, pero ese es tu trabajo. No decir ‘yo pienso que desde el punto de vista geopolítico…’”. Yo no sé nada de geopolítica.