23 de octubre de 2022 5:10 hs

Hubo una época en la que en el campo uruguayo daba placer matar. Pude ver pesqueros al borde de una laguna sembrado de cabezas de tortugas morrocoyo. Trampas que se ponían para zorrillos y zorrillos atrapados.                 

En estas semanas varios productores y productoras me han recordado que cuando ellos eran pequeños en las zonas rurales matar animales era una diversión normal. Algunas veces había argumentos para ello. Las comadrejas que comen huevos o pollos, los zorrillos que dan un olor fétido si se asustan, los ñandúes que se comen a las praderas, las mulitas que tienen una carne deliciosa, los zorros que comen corderos, todas la serpientes y culebras por las dudas que fueran venenosas, y así sucesivamente.

En aquellos tiempos no tan lejanos la impresión que daba estudiar en la facultad de Agronomía, era que salvo excepciones muy honrosas, se consideraba al campo natural un símbolo de atraso, connotados economistas explicaban que teníamos mucho campo natural por un desinterés estructural de los productores ganaderos o muy grandes “latifundistas” o demasiado chicos “minifundistas”. Los productores ganaderos eran o grandes haraganes o pequeñas victimas del sistema y en consecuencia teníamos una vergonzosa alta proporción de pastizales nativos que no habían sido sustituidos por pasturas sembradas. 

En el presente los pastizales nativos y nuestros montes naturales son la llave para abrir los mercados más exigentes y el escudo a los embates que enfrenta la ganadería tropical que se hace a pura tala y quema de la vegetación nativa. Y mientras se está dando un cambio cultural bien interesante que sería bueno algún sociólogo midiera. 

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En términos de mediciones cabe destacar una encuesta realizada por la Federación Uruguaya de grupos Crea, que nuclea a productores altamente profesionales e interesados en todo aquello que les permita  medir mejor y optimizar el resultado económico de sus empresas. 
Una encuesta en esta organización  reveló que más de 90% de los productores tiene como alta prioridad los temas ambientales en general y los impactos que genera su propia actividad. Esta semana me han compartido videos de cruceras, cruzando caminos (valga la redundancia) mansamente sin ser molestadas. Es conversación corriente ahora la que refiere a los animales que aparecen o reaparecen.

Esto es parte de un proceso más abarcativo: los agricultores de la siembra directa, los ganaderos de los pastoreos rotativos, los horticultores y fruticultores que están desarrollando el control biológico, el mercado de bioinsumos que quiere abrirse camino.

En la ganadería esto es especialmente importante porque  el campo natural que es ahora la principal herramienta de diferenciación que tiene la carne uruguaya, es todavía la mayoría del territorio nacional. Somos el único país del hemisferio Sur que sostiene más del 50% de su territorio como pastizales nativos.

En estos días se ha presentado el primera avance de un trabajo ambicioso, la huella ambiental de la ganadería, que evalúa las múltiples dimensiones ambientales que tiene producir alimentos en convivencia con la vida silvestre. Y que a partir del medir generará la estrategia para el mejor cuidar. 

La ganadería –también la nuestra– seguirá cuestionada. El balance de gases de efecto invernadero de la ganadería es difícil de equilibrar. Por ahora no es fácil evitar que los rumiantes emitan metano y no hay un mecanismo de pagos para quien lograse, por ejemplo a través de genética o cambios de dieta, reducir las emisiones.  Uruguay ya está trabajando en ese aspecto en varios proyectos. Y tiene como carta compensatoria, el carbono que absorben los montes y seguramente los pastizales bien manejados. Y una biodiversidad que ahora es cada vez más cuidada. Medir mejor los impactos, aunado a la trazabilidad y a los códigos QR que cuenten la historia de un producto generado en feliz convivencia con la vida silvestre, serán la clave para dar valor al producto que se genera desde el 80% del territorio uruguayo.

Un campo natural bien manejado es hoy lo top en materia de tecnología ganadera, un bicho que camina por el pastizal ya no va a parar al asador. 

Se multiplica en su vida en forma de meme que se comparte por WhatsApp. 

La ecología otrora vista como una ideología opuesta a la producción se puede entender ahora como una ciencia que da soporte a la sinergia entre una producción no solo abundante sino también más estable en un mundo que traerá sequías cada vez más frecuentes. Los campos dejan de ser empresas frías de rentabilidad de corto plazo para ser jardines donde el productor sin dejar de ser empresario profesional puede disfrutar de un bicherío creciente que seguramente a sus hijos y nietos les da especial regocijo. Las mujeres han sido de gran importancia en este proceso tanto porque hay muchas productoras destacadas como por su capacidad para poner estos temas en la agenda. Incluso porque algunas veces han acelerado estas reconversiones cuando les ha tocado tomar las riendas de las empresas, y en días recientes recibiendo premiaciones por la lana que han recorrido al mundo.

Las jornadas sobre las distintas modalidades de pastoreo rotativo convocan cada vez  más y un público con fuerte presencia de jóvenes. Es un cambio cultural que permite sumar esperanzas desde este rinconcito verde a un mundo que precisa con urgencia ejemplos de paz y desarrollo verde. Es parte de cualquier proyecto de largo plazo que se pueda pensar.

Se diseminan entre los productores discusiones sobre lombrices, coleópteros coprófagos y como interpretar en una bosta si un pastoreo está bien manejado. 

Queda mucho por hacer, en términos de mediciones y de cambio cultural. Las banquinas todavía están llenas de plásticos que tiran conductores desconsiderados, los montes están invadidos por especies exóticas que las degradan. Jaurías asalvajadas, jabalíes y ciervos Axis son algunas de las plagas problemáticas. Mucho por hacer todavía.

La medición de la huella ganadera junto a otros trabajos sobre ganadería y clima avanzan en un momento en el que el sector atraviesa una sorprendente caída de precios, que muestra los riesgos de depender de la demanda de China y el valor de seguir diferenciando el producto uruguayo de manera de elevarlo cada vez más de los vaivenes de un commodity. Y ubicarlo en el terreno de las especialidades que, a un sabor y terneza inigualables, le suman una historia de paz y ecología, lo que el mundo precisa desesperadamente en este siglo y solo encuentra en algunos rincones muy selectos, como estas llanuras suavemente onduladas del Cono Sur.

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