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La deuda argentina cae a precios de remate pero ni los buitres la quieren comprar

Para los analistas hubo un castigo injustificado de los inversionistas

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24 de agosto de 2019 a las 05:03

El problema que tiene hoy Argentina es que el mercado internacional está indicando una situación en la que Alberto Fernández no es ni siquiera Cristina Kirchner, está indicando que Alberto es Fidel Castro. Y nosotros sabemos que Alberto no es Fidel”.

La expresiva frase pertenece a Emmanuel Alvarez Agis, uno de los candidatos a ocupar el cargo de ministro de Economía en el caso –altamente probable– de que la oposición peronista retorne al poder y Fernández sea el nuevo presidente.

Y su observación es compartida por todos, incluso por los funcionarios más anti-K, que atribuyen la devaluación y el desplome de los bonos de deuda argentina a la desconfianza que genera el kirchnerismo. Lo cierto es que nadie cree que la situación económica argentina justifique el castigo que el mercado global le está propinando a la deuda argentina.

Los bonos hoy están a precio de regalo y, aun así, nadie los quiere. De hecho, Argentina ya pasó a Zambia y Líbano, y ahora se ubica segundo en el ranking mundial de países con mayor índice de riesgo país, solo por debajo de Venezuela. Fue en menos de una semana que se pasó del nivel de 860 puntos de riesgo país previo a las elecciones primarias, al actual que supera los 1.800 puntos.

En otras palabras, quienes tenían en su poder bonos de deuda argentinos perdieron 35% del valor solo el lunes posterior a las PASO.

El motivo para semejante desplome es la perspectiva de que Alberto Fernández, casi seguro presidente, pueda intentar un canje hostil con una fuerte quita de capital.

El candidato peronista ha tenido declaraciones ambiguas al respecto. Le preguntan sobre el tema en prácticamente todas sus apariciones públicas, al punto que él manifiesta que está “un poco aburrido de tener que aclarar siempre lo mismo”. Pero la verdad es que el mercado no termina de tener el panorama claro, porque si bien Fernández niega tajantemente un default en sentido estricto, también es cierto que dijo que la deuda argentina es impagable en las actuales condiciones y que debería haber una renegociación para aliviar el cronograma de pagos.

Además, está confirmado que Guillermo Nielsen, el arquitecto del canje del 2005 –donde se obtuvo la quita de capital récord de 65%– será el encargado de monitorear el tema, y que habrá que encarar una negociación “caso por caso”.

Las agencias de calificación de riesgo crediticio no quisieron esperar a que la elección de octubre ratificara a Fernández y ya se adelantaron a bajar la nota de la deuda argentina, que ahora integra la poco codiciada categoría de “deuda especulativa”.

Y los seguros que pagan los bonistas por el riesgo de un impago (Credit Default Swaps, en la jerga financiera) también se dispararon: luego de las PASO, marcaron el 80%.

Un viejo conocido

Este marco ayuda a entender por qué nadie quiere títulos de deuda argentina aunque sus precios sean de liquidación y estén pagando los mejores retornos del mundo. Por ejemplo, el Bonar 2020 –que vence en un año– emitido en dólares, paga 52%, una ganancia insólita en un mundo con tasas inferiores al 2%.

Para tener una dimensión de qué tan baratos están los bonos argentinos: rinden 14 veces más que un título al mismo plazo emitido por Brasil, y hasta supera en 10 veces a los bonos de Turquía, un país habitualmente tomado como ejemplo de inestabilidad política y financiera.

Los bancos de inversión, en sus reportes a los clientes, suelen recomendar deshacerse de la deuda argentina y, para aquellos amantes del riesgo que quieren entrar al negocio, trazan posibles escenarios en los que, en todos los casos habrá una renegociación con pérdida del capital.

Por ejemplo, la firma Capital Markets Argentina establece un escenario “optimista” en el que el recorte es del 18%, uno intermedio –el que considera más probable– con quita del 32% y uno de default en el cual la pérdida de valor sería del 53%. Naturalmente, la recomendación generalizada para los inversores es migrar a títulos que ofrezcan más seguridad, y advierten que por más atractivos que parezcan hoy los retornos de deuda argentina, no hay tasa que compense los probables cuatro años que demandaría una reestructuración total de la deuda.

La reticencia del mercado es tan grande que incluso una operación rutinaria y de corto plazo, como la renovación de letras de tesorería tuvo que ser suspendida porque, incluso con tasas en torno del 74%, no hubo manifestaciones de interés por parte de privados y solo quedaron en pie los compradores estatales, como el fondo de la seguridad social.

Con semejante escenario, no es de extrañar que hayan reaparecidos unos viejos conocidos de los argentinos: los fondos buitre. Todavía no llegaron los peso pesados de ese negocio, como el fondo de Paul Singer, pero sí aparecieron otros de menor tamaño, que ya empezaron a hacer averiguaciones en la City porteña sobre precios de bonos argentinos y perspectivas de default.

Todavía no compraron, porque hoy los bonos argentinos cotizan al 50% del valor nominal, y los fondos buitre calcularon que, para tener certeza de que se puede ganar dinero después de un largo litigio, hay que comprar como máximo al 40%.

Sobrerreacción

Lo curioso de esta situación es que los argentinos se quejan de la incomprensión del mundo. Aunque tampoco esquivan la autocrítica.

“El mercado no da para esta crisis, la hacemos nosotros. La situación económica no amerita este contexto, ni cerca. Si políticamente convertimos esto en un desmadre somos unos tontos, de los dos lados. La caída es totalmente exagerada. El mercado ‘pricea’ en los bonos que Alberto ganó, que va a declarar un default y que viene una retractación hostil, y él no dijo nada de eso.

El mercado sobrerreacciona”, dijo ante un evento de inversores Luis “Toto” Caputo, el expresidente del Banco Central que el año pasado debió hacer frente a la corrida cambiaria y se fue peleado con los técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Parte de esa desconfianza, sea justificada o no, se ve en los pequeños ahorristas. Siguiendo una tradición argentina, venían retirando dólares del sistema bancario a un ritmo de US$ 2.000 millones por mes, pero después del resultado de las PASO esa fuga se aceleró. En apenas una semana se fueron otros US$ 2.000 millones y aunque hoy los bancos están sólidos, en comparación con otros momentos de crisis –hay US$ 30.000 millones en el sistema–, ya hay quienes encienden luces amarillas.

En ese marco, los ejecutivos del sector financiero solo quieren saber una cosa: qué quiere hacer Alberto Fernández y cuánta independencia real podrá tener respecto de Cristina Kirchner.

Prueba de ello es la invitación que el candidato recibió por parte del Citibank para viajar a Nueva York y hablar ante los inversores de Wall Street que quieren saber qué tan ciertas son las perspectivas de una default o una renegociación hostil.

La ansiedad de Wall Street queda en evidencia en este mensaje enviado a Fernández por parte de Shawn Sullivan, director de relaciones gubernamentales para América Latina del banco Citi: “Queremos hacerle saber que puede contar, en forma inmediata, con nuestros buenos oficios y el respaldo de nuestros 200 años de historia como banco global, con el fin de organizarle reuniones, diálogos y una presentación personal y dedicada con nuestros principales ejecutivos globales y regionales e inversores de la comunidad global en nuestra casa matriz”.

Pero Fernández no quiere saber nada de participar en eventos de ese tipo antes del 27 de octubre. Desde su punto de vista, es perfectamente entendible: todavía es candidato y, aunque tenga amplia ventaja, no puede descuidar su campaña. Cualquier frase que se malinterprete y dispare el riesgo país le será “facturada” políticamente, mientras que si hace declaraciones tranquilizadoras y los bonos suben, el mérito será para Mauricio Macri.

De manera que la situación actual es de un peligroso impasse. En las próximas semanas se acumulan vencimientos por más de US$ 8.000 millones y todo el mercado observa nervioso la evidente incomodidad del FMI, que todavía no dio señales concretas de que cumplirá el desembolso de US$ 5.400 millones programado para setiembre.

Mientras tanto, uno de los pasatiempos favoritos de los analistas del mercado es imaginar posibles formas de reestructuración de la deuda. Y se miran antecedentes internacionales exitosos, para ver si pueden servir como modelo a seguir.

Uno de los casos más comentados es el de Ucrania 2015, que mantenía ciertas similitudes con la situación argentina actual y logró mejorar su perfil de deuda con un canje voluntario. Pero también se empieza a hablar sobre el caso de Uruguay tras la crisis financiera de 2002, un ejemplo de canje que implicaría escapar al estigma de un nuevo default. 

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