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La economía turca está que arde, tanto que podría derretirse

El país se expone a un riesgo creciente de sufrir una crisis financiera

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12 de julio de 2018 a las 13:15

Por Peter S. Goodman
New York Times News Service

Será como una fortaleza amenazante sobre el mar Negro: el nuevo aeropuerto de Estambul fue diseñado para provocar asombro y enfatizar el deseo que tiene Turquía de reclamar su gloria imperial.

Se espera que el proyecto cueste cerca de US$ 12.000 millones y tenga seis pistas a lo largo de un terreno tan grande como Manhattan. Cuando termine su construcción dentro de una década, en el complejo en teoría se transportarán cerca de 200 millones de personas al año; humillará a todos sus rivales al ser el aeropuerto más concurrido del planeta.

Sin embargo, el aeropuerto también se ha convertido en símbolo de un aspecto menos agradable de la reencarnación moderna de Turquía: su indiferencia insensata por la aritmética y por la independencia de instituciones fundamentales de gobierno. Juntas, han puesto a la nación en un riesgo creciente de sufrir una crisis financiera.


En una economía global que cada vez está más plagada de preocupaciones —desde una guerra comercial en desarrollo hasta precios del petróleo más altos—, Turquía podría ser la causa más inmediata de alarma. El lunes, el presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, quien ha dominado la vida nacional durante quince años, fue investido de nueva cuenta después de obtener la victoria en una reelección que le otorgó poderes nuevos y extraordinarios. Ha ejercido su influencia para generar un crecimiento económico implacable por medio de préstamos descontrolados, los cuales han elevado los niveles de la deuda a alturas alarmantes. Además, se espera que la autoridad adicional que se le ha brindado ponga aún más a prueba los límites de la realidad económica.

En una señal conspicua de intranquilidad entre los inversionistas del mundo, este año, el valor de la moneda turca, la lira, ha caído casi una quinta parte, con lo cual se elevaron tanto los precios de la vivienda como de los negocios. El lunes, cayó un poco más, cuando Erdogan le dio a su yerno el trabajo de director económico, y los mercados lo interpretaron como una señal de que no tiene la intención de adoptar un modelo más responsable de administración próximamente.

El aeropuerto —su primera etapa empezará en octubre— ha visto la luz gracias a un montón de dinero público que se entregó a constructoras con lazos cercanos a Erdogan. El gobierno les ha otorgado garantías en caso de que haya pérdidas. Si el aeropuerto demuestra ser más grande que el flujo de pasajeros —como lo esperan muchos economistas—, el pueblo terminará pagando la cuenta.

Economía turca

Para los pobladores que han sido expulsados de sus tierras con el fin de dar paso al nuevo aeropuerto, el proyecto se ha convertido en un monumento a sus peores pesadillas.

"Erdogan solo se preocupa por los suyos", comentó Bora Dayilar, un agricultor cuyas tierras de pastoreo fueron incluidas en el proyecto. "A nosotros nos dejaron sin nada".

Las dudas

Los temores de que sea un desastre podrían parecer fuera del lugar en una economía que se mantiene como una de las que suman mayor crecimiento en el planeta: se expandió 7,4% el año pasado. No obstante, este crecimiento ha ocurrido gracias a préstamos que probablemente sean insostenibles, tanto públicos como privados.

El gobierno ha subsidiado enormes proyectos de infraestructura como el aeropuerto y un canal de 45 kilómetros de largo y un costo de US$ 13.000 millones que conecta el mar Negro con el mar de Mármara. Además, muchos negocios han pedido prestado en monedas extranjeras, lo cual implica que las cargas de su deuda han aumentado a medida que decrece el valor de la lira.

En la actualidad, hay importantes empresas turcas que buscan persuadir a los bancos y otros acreedores para que les brinden una condonación, tal vez porque están presagiando una ola de bancarrotas que podría ser la causa de pérdidas cuantiosas para las instituciones financieras y los contribuyentes.

Desde finales de abril, las empresas del sector privado de Turquía deben más de US$ 245.000 millones en deuda externa, o casi una tercera parte del tamaño total de la economía del país.

“Es una cifra inmensa” comentó Selva Demiralp, una economista que trabajó para el Banco de la Reserva Federal en Washington y ahora es profesora en la Universidad Koc en Estambul. “Y el gobierno los está animando a pedir más préstamos”.

Para estar al corriente con esa deuda se necesita que los inversionistas extranjeros sigan depositando fondos en Turquía, una propuesta cada vez más cuestionable.

Turquía puede solicitar dinero si continúa elevando las tasas de interés, las cuales ya están en un 17,75%. Sin embargo, eso debilitaría el crecimiento económico y terminaría con las festividades para las industrias inmobiliaria y constructora.

La inflación, otro problema

La otra posibilidad es que Turquía mantenga la fiesta del crecimiento mientras observa cómo aumenta la inflación a medida que la lira se hunde más. Esto podría ser una condena a la bancarrota para corporaciones cruciales y tal vez obligue al gobierno a buscar un rescate del Fondo Monetario Internacional, un rumbo que seguramente conllevará dolorosos recortes al gasto.

“Turquía podría ser el próximo país en desintegrarse”, opinó Marie Owens Thomsen, economista global en jefe de Indosuez Wealth Management en Ginebra. “Tiene todos los ingredientes del inicio de un Estado fallido”.

Algunos de los problemas de Turquía reflejan los que en general sufren los mercados emergentes.

A medida que la Reserva Federal aumenta las tasas de interés en Estados Unidos, los inversionistas han sacado dinero de naciones en vías de desarrollo como Argentina, México y Turquía y al mismo tiempo han apostado por el dólar. Esta situación ha disminuido el valor de las monedas en los mercados emergentes.

No obstante, Turquía destaca como una economía de una vulnerabilidad particular debido a su administración financiera poco ortodoxa.

Desde que fracasó un golpe de Estado que buscaba derrocarlo hace dos años, Erdogan ha abierto los límites crediticios para garantizar un crecimiento económico continuo. El banco central ha buscado restringir el crecimiento, al aumentar las tasas para estabilizar la lira y contener la inflación. Esto ha provocado la furia del presidente.

Erdogan ha asegurado que la inflación en realidad es el resultado de las altas tasas de interés, lo cual no es distinto a decir que la quimioterapia da cáncer. Antes de las elecciones, Erdogan amenazó con asumir el control del banco central de Turquía y abolir las altas tasas. Los inversionistas tomaron esa amenaza como una razón más para huir, y esto provocó que la lira cayera a niveles históricos.

El banco central detuvo la retirada al aumentar de nueva cuenta las tasas. Sin embargo, para ese entonces, su integridad había sido dañada gravemente.

Las empresas más vulnerables son las que han pedido prestado en monedas extranjeras.

Hace cuatro años, Makro, una cadena nacional de supermercados, decidió realizar una expansión agresiva. Pidió prestados 200 millones de liras (en aquel entonces, cerca de US$ 88 millones) de siete bancos turcos, y aceptó las tasas de interés de aproximadamente 18%. En un intento por limitar el peso de su deuda, pidió prestados 12 millones adicionales en dólares estadounidenses, al aprovecharse de que los préstamos en dólares tenían tan solo un cinco por ciento de interés.

La empresa comenzó a operar las tiendas nuevas y a contratar más trabajadores. No obstante, para mediados de 2017, la lira había perdido más de un tercio de su valor y las tasas de interés en Turquía iban en aumento. Los pagos mensuales de la deuda de la empresa habían aumentado casi un 50%, a seis millones de liras. Al mismo tiempo, el ingreso de Makro se desmoronó cuando las cadenas de descuento de abarrotes entraron al mercado.

Este año, con los pagos encaminándose para alcanzar un máximo cercano a nueve millones de liras al mes, Makro solicitó una reestructuración de deuda supervisada por un tribunal. Hace poco obtuvo un acuerdo que le permite pagar sus deudas bancarias vendiendo activos inmobiliarios mientras obtiene la condonación de la deuda de sus proveedores.

(Elif Ince colaboró con el reportaje desde Estambul)


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