"Así es como lo veo yo”, dijo Dave Grohl —guitarra en una mano, lata de cerveza Quilmes en la otra— al empapadísimo público que, bajo gran parte de la red lumínica del estadio Monumental encendida, ya llevaba unas dos horas a los saltos para sacudirse el frío. “Está el público y está el músico, que inspira a otro músico que lo ve. Ese otro músico abre una puerta, porque inspira a otros, a otros y a otros. Ojalá que esta noche haya aquí un músico que siga inspirando a otros a seguir tocando buen rock n´ roll”.
En ese caso, Grohl se refería a Joan Jett, leyenda llevada al tour de la gira del disco Wasting Light de los Foo Fighters y que, como en todos los conciertos, subió al final para tocar su Bad Reputation. Pero su reflexión no es tan interesante per se; más bien sirve para pintar una de las facetas más relevante de este baterista devenido en guitarrista y compositor, a su vez devenido en ícono y esperanza algo más contemporánea de eso a lo que se llama “rock tradicional” y que cuesta tanto explicar con algo más que ejemplos. Es que el rock de Foo Fighters resignifica con éxito y alegría algún postulado musical de Nirvana, la ex banda de Grohl, y también los de grupos como Led Zeppelin, Guns ´n Roses o la propia Jett. Y todo eso con un nivel de trascendencia sólo superada por Robert Plant, Jimmy Page y compañía.
La comparación no debería alarmar a purista alguno, porque Grohl no pretende estar al mando del nuevo Zepp. De hecho, no parece pretender nada más que salir a disfrutar de ser un rockero de estadio, de hacer esos homenajes, de seguir esa tradición con buena onda. Y no es difícil entenderlo: siendo parte de Nirvana ya estuvo impulsando desde los parches de su batería a la que fue la última locomotora del rock n´roll, a principios de los años noventa. ¿Qué más se le puede reclamar? ¿Qué más se puede exigir a sí mismo?
Por supuesto, ya no es el mismo batero callado y de cabellera prolija atada que dibuja la percusión en aquel fundamental Unplugged de Nirvana. Desde que armó Foo Fighters, Grohl salió de la dimensión Cobain y emergió como otro tipo de persona: dejó fluir su humor en los videoclips, se acercó más al pop y a una textura liviana del ruidoso grunge. Y en los últimos años, también se acercó al metal.
Verlo, gritar, saltar, revolear la guitarra o reverenciar a colegas-leyenda lo hace recordar a su amigo Jack Black en La Escuela del Rock, la muy buena película de Richard Linklater en la que el protagonista enseña a un montón de alumnos no tanto la técnica del rock sino el amor a los AC/DC, The Who, The Cream of Eric Clapton, The Ramones, Black Sabbath o T. Rex.
A partir de esa conexión en la que el rock ya no es inquietud ni reacción sino creación y perfeccionamiento a partir de fuertes postulados de hace dos o tres décadas con la diversión, la catarsis o la energía como leit motivs, Foo Fighters se hace una fuerza incontenible, irresistible y euforizante. Quedó claro desde el momento en que, tras la espectacular tormenta eléctrica que golpeó al Monumental por espacio de dos horas, la banda pisó las tablas del estadio de River corriendo, como quien toma posesión de un sitio, y soltó el primer estallido de distorsión, el del pulsante All my life.
Esa canción es la primera muestra de veintiséis en total —alguna más o menos efectiva, según disco preferido del espectador— que conforman la principal carta de la banda a la hora de sobreponerse, por ejemplo, a una noche de desperfectos: el concierto superó cortocircuitos eléctricos en la previa e incluso cascadas de agua que cayeron sobre el escenario desde el techo. El concierto fue a luz prendida toda la noche.
Pero Grohl y su banda compensaron la falta de luces robóticas. Foo Fighters aceleró con los temas de su nuevo disco, el primero que puede emparentarse a los frescos y contundentes Foo Fighters (1995) The Colour and The Shape (1997) o There is Nothing Left To Lose (1999) y que este año se llevó nada menos que cinco Grammys. Canciones como las frenéticas Rope o White Limo, o pop rocks emocionantes como Arlandria o These days, portadoras de un imponente combo de gritos, estribillo e historias de añoranzas amorosas “para que cantemos todos”. Y que de verdad cantaron todos; 60 mil personas según la taquilla de la empresa Pop Art y también según la sensación de escuchar a River como una cámara de eco amplificada por gargantas en un mismo estribillo, que apareció varias veces en la noche. Esas canciones estuvieron a la altura de las clásicas Learn to Fly, Generator, Breakout, The Pretender o Everlong, la que como siempre cierra todos los conciertos.
Grohl, quizá el nuevo y más inocente-entretenido-terrenal dios del rock peludo que despierta al yo adolescente, no monopoliza la atención. Al menos, no todo el tiempo: mencionó varias veces a sus músicos, todos clave en una banda que toca con energía, sintonía y capacidad de disfrute. Tanto el prolijo Chris Shifflett en sus ocasionales primeras guitarras o el bajista Nate Mendel, reconocible por muchos de los personajes en esos videos de la banda que invaden la TV, o Pat Smear, compañero guitarrista de los años Nirvana que también supo subirse a un escenario con Kurt Cobain y Krist Novoselic y que activó el recuerdo de la audiencia para la banda de Seattle. Todos gozan.
Sin embargo, la mención especial de Grohl fue para Taylor Hawkins, baterista y “el mejor músico de la banda”. A fuerza de gritos de “Solo... solo...”, el público consiguió no solo que Hawkins hiciera un número de batería, sino que también que Grohl tuviera el suyo, tras aporrear parches en Cold Day in The Sun (la única canción que canta Hawkins) y que fue una excepción que no se dio ni en Chile ni en la fecha del día 3 en Buenos Aires. Al igual que el personaje de Black, toda esta banda transpira rock. Aquí no hay pose sino disfrute, todo un logro en un mundo de gente sobreestimulada que quiere divertirse pero no termina de saber de qué forma. en el grupo hay también un tecladista que se llama Rami Jafee, pero su presencia es casi nominal: en una banda con tres guitarras a ese volumen, su posición no puede ser algo más que la mejor ubicación para ver a los Foo Fighters de todo el estadio.
La lluvia y los años que la banda demoró en llegar a Buenos Aires —17, ya que nunca pasó por Buenos Aires en toda su vida— fueron tema recurrente en cada una de las intervenciones de Grohl. En una de ellas, antes de prometer volver y declarar a Argentina como “la mejor audiencia del mundo” (un poco de demagogia no podía faltar), Grohl avisó que iban a sonar temas que hace años la banda no tocaba. Entonces, se colaron varias canciones de la primera época del grupo como For all the cows o Hey, Johnny Park, un verdadero regalo para fanáticos de la primera hora, fáciles de reconocer por portar las remeras de aquellos discos en lugar de las de la nueva gira.
Al filo de las tres horas, Grohl sigue corriendo con sus 43 años por todo el escenario, como un Axl Rose con guitarra. Los Foo dejaron también un cover de In the flesh? de Pink Floyd y, tras la mencionada Everlong, prometieron volver con más adorables clichés de rock de estadio. Un rock que viven como si entender cómo una banda como Foo Fighters creció tanto. Hay una generación actual que los tiene como referentes. Y no está nada mal disfrutar de un rock masivo más cercano que no tenga que ver con leyendas de tiempos (tan) pretéritos.