Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

La esperanza y Eso con plumas

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12 de enero de 2020 a las 00:50

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College

La esperanza

Estimado Leslie:

Hoy quiero hablar de la esperanza. Hace días que me encuentro rumiando acerca de ella, pero no en el sentido que desaconsejan los psicólogos (equiparable al correr del hamster en la rueda, sin ánimo de encontrar una salida o respuesta), sino en el sentido que le dio Nietzsche, para quien las ideas y conceptos debían pensarse una y otra vez para examinarlos e interpretarlos con debida profundidad y precisión.  Rumiar requiere de tiempo, y también de paciencia (entendida como arte de la espera), y en un mundo aquejado por la intolerancia a la prórroga -o frustración- el demorarse en la reflexión pausada es un ejercicio en franco desuso.

La palabra “esperanza” proviene del latín sperare que significa “esperar”. Por ende, existe un vínculo íntimo entre la esperanza y la paciencia, así como también una compleja controversia respecto a si debemos considerarlas un vicio o una virtud. Con respecto a la paciencia, la controversia encuentra su caldo de cultivo en un mundo regido por el slogan “Pare de sufrir”.

Porque la paciencia nos exige lidiar con el sufrimiento, tolerar la imposibilidad de que nuestras expectativas o deseos se vean inmediatamente satisfechos. Y aunque es considerada una virtud fundamental por dos “grandes”como Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, la paciencia se apresura cada vez más hacia el vicio -o malestar inútil- en un mercado donde las soluciones rápidas proliferan como setas.

Así, allende al proverbio persa, “La paciencia es un árbol de raíces amargas pero de frutos dulces”, ¿quién se siente lo suficientemente fuerte como para negarse al dulce fruto servido en bandeja? La cuestión, me parece, es averiguar si el fruto es realmente dulce cuando se nos da servido, o si, por el contrario, no es una quimera que nos condena a sentirnos más y más insatisfechos. Yo, por mi parte, aunque reconociéndome ocasionalmente tentada a “comprar” la sabrosa recompensa, coincido plenamente con García Marquez cuando en El amor en los tiempos del cólera escribe: “Pero sabía, más por escarmiento que por experiencia, que una felicidad tan fácil no podría durar mucho tiempo”.

Pero volviendo a la esperanza: la razón por las cual la sostengo últimamente en mis pensamientos tiene que ver con los cambios que nos depara a los uruguayos este nuevo año que comienza. Un traspaso de mando presidencial que comprende no sólo un nuevo presidente, sino también un cambio en las ideas y formas de hacer política.

Un cambio que responde a la voluntad popular, sí, pero que no se produce por arte de magia, ya que deberá afrontar dificultades tanto coyunturales como constitutivas del propio gobierno. Por eso creo que debemos pensar en el valor de la esperanza, “lo último que se pierde” según dice el refrán popular. Éste se inspira en el ancestral mito de la caja de Pandora, de la cual salieron todos los males que se ciernen sobre el mundo, mientras la esperanza -único bien contenido en la caja- fue preservada para garantizarle al hombre la expectativa de vencer los males que irremediablemente lo aquejan. 

La esperanza es un regalo de los dioses (según la mitología griega), un poder que no debemos tirar por la borda. Frente a la frustración, y a causa de ella, siempre podemos ampliar nuestra perspectiva -arrancándonos las anteojeras que nos condenan al desánimo y al fatalismo- para contemplar las posibilidades de intervenir sobre lo que nos incordia. La esperanza brota del sufrimiento y la rabia, pero se eleva hacia el sueño y la aspiración. La esperanza no cree en el bien servido en bandeja: esto es para los pesimistas abúlicos y los optimistas omnicontentos.

Apoltronados en la falsa seguridad, ambos rehúyen a la responsabilidad de forjar y emprender su propio destino. La esperanza, por el contrario, se alumbra en la incertidumbre, donde encuentra la motivación y oportunidad para actuar.  Ella es la gran maestra en el arte de la espera, como el gato que aguarda, concienzuda y pacientemente, la llegada de su presa.  La esperanza nos salva del vértigo de las “cimas de la desesperación” que Émile Cioran sufrió y venció, rumiando el fruto maravilloso que resultó ser su creación. 
Sí, Leslie, en todas partes y siempre, “la esperanza es lo último que se pierde”. 

“La esperanza es el sueño del hombre despierto”
Aristóteles

 
Eso con plumas

De Leslie Ford, del Trinity College, para Magdalena Reyes Puig
 

Querida Magdalena:

Después de nuestro habitual desayuno en torno a su carta semanal en El Observador, María, mi siempre joven traductora, conocedora de mis costumbres y gustos literarios, me ha sugerido contestarle esta vez copiando un conocido poema sobre la esperanza. Y temo que me ha convencido.

Pero quiero decirle antes hasta qué punto me parece importante que hablemos de esto. Creo íntimamente que sin la esperanza estaríamos muertos. Pues, aunque el hombre es capaz de ir adelante en medio de muchas e inimaginables privaciones y violencias, no sería capaz ni de lo más ligero y trivial si la esperanza le llegara a faltar. Con gran clarividencia señaló Dante que estar sin esperanza es haber llegado al infierno. 

¿Qué es esa cosa que llamamos esperanza? ¿Quién nos ha dado ese inmenso regalo que nos hace volar sobre todas las cosas de la tierra, como una promesa de felicidad? ¿Porqué sin ella no podemos vivir?

¿Se acuerda de lo que cuenta Victor Frankl? Una joven judía está muriendo en el barracón de enfermos de un campo de concentración. Al mirar por la única ventana, en medio del invernal paisaje, repara en un árbol que levanta sus ramas hacia el cielo esperando, a pesar de todo, la primavera. Un médico que pasa ve que la joven mueve los labios y le pregunta qué hace. La joven señala al árbol y dice: “Le hablo”. Y el médico pregunta, un tanto poéticamente: “¿Y te contesta?”.
“Sí -dice la joven-. Me contesta. Y me dice: Yo soy la vida. Yo soy la vida eterna”.

Ahora iré a ese poema con que la vengo amenazando. No ignora usted la dificultad especial que supone traducir poesía. Lo hemos mencionado ya alguna vez. Por eso, nos ha parecido bien (pero muy especialmente a María que es la que carga con la responsabilidad de la translación) copiar también los textos originales para que el lector pueda, llegado el caso, proponerse a sí mismo una mejor versión. 


“Hope” is the thing with feathers -
That perches in the soul -
And sings the tune without the words -
And never stops - at all -
And sweetest - in the Gale - is heard -
And sore must be the storm -
That could abash the little Bird
That kept so many warm -
I’ve heard it in the chillest land -
And on the strangest Sea -
Yet - never - in Extremity,
It asked a crumb - of me.


“Esperanza” es eso con plumas
que se posa en el alma
y entona su tonada sin la letra
y nunca, nunca, para. 
Y hasta en el vendaval, su dulce voz se escucha.
¡Muy feroz tendría que ser la tormenta
para confundir a la avecilla
que da calor a tantos!
La he escuchado en las tierras áridas,
y en los mares más bravos.
Y nunca, ni en el último extremo,
pidió nada de mí: ni una miga de pan.


Siempre he creído que hay que dejar que las obras hablen por sí mismas a nuestros corazones, de modo que no incurriré en el despropósito de añadir palabras explicativas a las del poema de Emily Dickinson. Pero sí le diré que siempre ha conmovido mi corazón porque describe las notas esenciales de la verdadera esperanza, y al hacerlo, nos las propone, como una aspiración: liviandad, belleza, perseverancia, resistencia ante el mal.
Al final dice esa cosa tan grande, tan grande, que sólo pudo ser conocida y dicha por una mujer. Eso de la miga de pan. Si bien lo pensamos, ahí está todo.
 

 

 

 

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