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La foto de Pluna

El Observador 30 años > la venta ficticia

La foto de Pluna: una casualidad que generó un escándalo

Algunos de los principales protagonistas de la venta de la aerolínea coincidieron en un lugar que creían a salvo de miradas indiscretas 

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20 de octubre de 2021 a las 05:03

El ministro de Economía, Fernando Lorenzo, aparece casi de perfil, con el rostro algo enrojecido y las cejas alzadas por la sorpresa; por su boca entreabierta se escapa un “¡fotos no, fotos no!”. A su lado, el asesor Gabriel Papa le imita el movimiento pero luce pasivo, como entregado. Del otro lado de la mesa, el empresario Juan Carlos López Mena ensaya una media sonrisa irónica y, a su lado, su hijo Juan Patricio López lanza una mirada amenazante. El caballero que aparece a la derecha es, justamente, el que se hizo conocido como el “caballero de la derecha”. Hernán Antonio Calvo Sánchez observa la escena desde la lejanía en la que siempre se mantuvo en esta historia.

La foto sacada el 3 de octubre de 2012 –y que un día después ilustró la tapa de El Observador y luego la portada del libro La caja negra de Pluna que escribimos juntos con Martín Viggiano– se convirtió en una imagen icónica de aquellos días en los que la peripecia de la venta de la compañía de navegación aérea uruguaya era asunto obligado en los medios de comunicación.
La foto se gestó de manera casual, porque una serie de personas coincidieron para almorzar en un mismo lugar, ya sea para cumplir solo con el rito de la comida o para negociar asuntos que tenían que ver con la empresa fundada en 1936.

Y porque uno de ellos, alejado del mantel de la polémica, pero interesado en que el encuentro trascendiera, eligió El Observador para que los retratara.

Fue el exdiputado nacionalista y actual gerente de ALUR, Álvaro Lorenzo, quien desde su mesa vio venir a los protagonistas. Había quedado en encontrarse en el restaurante de la calle Lindolfo Cuestas con el entonces director de Ancap y actual senador Carlos Daniel Camy cuando divisó un Mercedes Benz con chapa argentina en el que llegaron López Mena, su hijo y Hernán Calvo. Y, luego, vio más. Vio que por la misma puerta lateral entraba al restaurante el ministro Lorenzo. Entonces, el diputado blanco marcó el celular de un periodista de El Observador.

Ese 3 de octubre de 2012, cerca del mediodía, a la vuelta de unos mandados me encontré un mensaje titilante en la pantalla de mi celular. “Llamame, es urgente”, avisaba Álvaro Lorenzo.

“Están en el Lindolfo, Lorenzo, López Mena, el de Cosmo… Acabo de llamar a Martín (Viggiano) por las dudas de que no vieras el mensaje. Todavía no empezaron a comer…”, me dijo. Llamé al diario en donde, ya avisado por su editor –Armando Sartorotti– luego de las gestiones de Viggiano, el fotógrafo Diego Battiste se aprontaba para salir hacia el restaurante de la Ciudad Vieja.

Cuando el fotógrafo llegó al lugar preguntó por López Mena y una empleada lo llevó hasta el fondo del local, donde se encontraba el empresario y sus acompañantes. El fotógrafo sacó dos fotos en las que Lorenzo está de espaldas.

Cuando el jerarca se dio vuelta para reclamar que no le sacaran fotos, Battiste aprieta una tercera vez el obturador y todas las caras del ahora indesmentible entramado político-empresarial quedaron retratadas.

Los comensales, o la mayoría de ellos, cumplieron un rol preponderante en las operaciones de venta de Pluna dispuesta por el entonces presidente José Mujica en julio de 2012 con la que puso fin a una trayectoria empresarial de 76 años.

Por aquel entonces, el Poder Ejecutivo creó un fideicomiso con el objetivo de adquirir siete aeronaves Bombardier CRJ 900 pertenecientes a Pluna, y así preservar el valor de los activos así como el servicio de transporte aéreo.

Entonces se llamó a subasta. Para participar en ella era condición que el interesado entregara al fideicomiso una garantía de mantenimiento de su oferta por el equivalente a US$ 13.688.516. Si el mejor postor no pagaba la totalidad de la oferta, perdía el dinero del aval a favor del fideicomiso. En la subasta realizada el 1º de octubre aparece como figura relevante uno de los participantes de aquel almuerzo en la Ciudad Vieja.

Hernán Antonio Calvo Sánchez levantó la mano y ofertó en nombre de Cosmo la cifra de US$ 137 millones. “Vendido al caballero de la derecha”, dijo el subastador mientras señalaba al hombre de pelo engominado, un desconocido para casi todos los presentes en la Rural del Prado. Pero este hombre era solo una fachada. López Mena, el empresario que sonreía en la mesa del restaurante Lindolfo, se había encargado minutos antes del remate de tramitar ante el BROU el aval para que el representante de Cosmo pudiera levantar la mano en la subasta.

Hernán Antonio Calvo Sánchez mutaba de nombre según se lo exigiera el trámite. Fue Hernán Calvo cuando trabajó para la empresa Buquebus de López Mena como director de sus operaciones en Europa. Fue Antonio Sánchez cuando pujó en soledad por los aviones de Pluna.

Antes, el ministro Lorenzo, que aparece indignado en la foto, había llamado al presidente del Banco República, Fernando Calloia, para solicitarle que acelerara la concreción del aval para Cosmo pese a que se trataba de una empresa extranjera, sin historial. Calloia dio el sí y, por la tarde, el caballero de la derecha hizo su oferta.

Y después de la foto del 3 de octubre que develaba a varios de los protagonistas de este relato, la historia siguió con el final conocido. Cosmo se abrió del negocio aduciendo que no conocían a Hernán Calvo o Antonio Sánchez; apurado por el gobierno, López Mena anunció que compraría el boleto de los aviones adquiridos supuestamente por la empresa española; hubo amenazas con demandas al Estado y una larga lista de hechos que golpearon al gobierno de Mujica.

Tras indagar en esa maraña, la Justicia dictaminó luego que tanto Lorenzo como Calloia sabían que quien estaba verdaderamente interesado en el remate era López Mena y que Cosmo oficiaba de fachada. Por eso, los jerarcas fueron procesados por abuso de funciones, sentencia de la que luego Lorenzo fue sobreseído.

Aquella foto del 3 de octubre, la real, la literal, mostró las caras absortas, irritadas, sorprendidas y congeladas en un instante que es imposible de entender sin las miles de palabras que se escribieron en aquel contexto.

La otra foto, la metafórica, la de la historia, muestra con claridad una mancha negra en la liquidación de una empresa que alguna vez voló alto y que cuando quiso aterrizar por última vez, lo hizo con el despiste de un pájaro ciego.

*Este artículo forma parte de la edición especial 30 años de El Observador.

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