The Sótano > Cambio climático

La fragilidad de la vida humana

La ruina del planeta ya no es un tema a futuro, sino un dilema en tiempo presente

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05 de agosto de 2019 a las 05:04

Siempre me acuerdo de lo que me dijo un querido profesor luego de conocida la noticia sobre lo ocurrido en la planta nuclear de Chernóbil: “El mundo es un lugar muy frágil”. Era abril de 1986 y el miedo a que la nube nuclear cruzara los continentes y contaminara y destruyera todo lo que encontraba a su paso era real. Tema de todos los días. Dicho profesor, que no era astrólogo pero acertaba en casi todos los pronósticos que emitía sobre la realidad contemporánea, me dijo a semanas de haber ocurrido el desastre: “Lo bueno de esta tragedia universal es que el comunismo soviético ahora si se acabó. No hay vuelta de hoja”. Así pasó.

No mucho tiempos después, a tres días de haber visto en televisión, en vivo y en directo, la caída del muro de Berlín, un ruso que por entonces era mi vecino y que tomaba vodka como cosaco (porque lo era) me dijo: “El mundo ahora será mejor”. Perseguido y encarcelado por las autoridades soviéticas, la caída del comunismo representaba para él un cambio radical en la historia de la humanidad. 

La fiesta como tal, de que la realidad global sería un lugar mejor sin comunismo, no duró mucho pues el mal siempre tiene descendientes y el mundo nunca será un lugar seguro. Podrán cambiar gobiernos y caer tiranos y dictadores, pero la realidad jamás tendrá una estabilidad permanente. Todavía más, en muchos aspectos el mundo es hoy menos seguro y previsible que tres décadas atrás, cuando la caída de un muro, real y simbólico, generó esperanzas respecto a un probable recomienzo de la historia, diferente y más prolongado. 

La vida humana reside en la inestabilidad y cualquier problema colectivo serio, sea un fenómeno de la naturaleza o un conflicto militar, nos devuelve ese poderoso sentimiento de desprotección y vulnerabilidad que caracteriza a nuestra existencia en este planeta. Tal como las imágenes recientes lo han mostrado con insistencia, Europa y parte del hemisferio norte sufre una tremenda ola de calor. 

Las temperaturas promedio vienen en ascenso y nada indica que se trate de una situación pasajera y posible de revertir. Los inviernos sin nieve y los veranos con calor infernal representan la realidad en la cual habrá que sobrevivir. La ruina del planeta ya no es un tema a futuro, sino un dilema en tiempo presente. Las altas temperaturas, las sequías, los incendios y todas las calamidades inimaginables son ya parte del menú de realidades con las cuales el ser humano deberá convivir. 

Dos años atrás, varios huracanes devastaron en pocas semanas zonas ampliamente pobladas del Caribe y Estados Unidos. Enseguida, millones de personas se quedaron sin electricidad, incomunicadas, pues los teléfonos celulares dejaron de funcionar. Se cortó la energía eléctrica y la policía y la emergencia médica debieron interrumpir sus servicios pues la fuerza de los huracanes resulto devastadora. En Houston, los vientos amenazaron destruir refinerías de petróleo que proveen el 25% del combustible a ese país. En cuestión de horas, millones quedaron como si estuvieran en la Edad Media: abandonados a la voluntad de la naturaleza. Esa vez sobrevivieron, pues el huracán decidió a último momento ser menos violento de lo que prometía, aunque con la inundación provocada sirvió para dejar a millones de personas sin hogar. 

Pero, ¿qué podrá llegar a pasar el día que venga otro y llegue con su violencia intacta, categoría cinco, arrasando lo que le salga al paso? ¿Y qué si por algún conflicto militar, o un ataque terrorista, la realidad del planeta queda interrumpida de manera imprevista, con cientos de millones incomunicados y en la oscuridad, con la perspectiva de no tener acceso a alimentos durante semanas seguidas? ¿Estamos realmente preparados para sobrevivir catástrofes con orígenes varios, como en estos días lo intentan quienes no están acostumbrados a las prolongadas olas de calor letal, indicadoras del temible futuro a la vuelta de la esquina? 

Una muy buena película sueca, Aniara, estrenada no hace mucho, y la cual se las recomiendo por generar una inteligente tensión respecto al futuro que les espera a muchos que estarán vivos para cuando las papas quemen, porque las temperaturas serán altísimas, presenta un panorama sin solución, mejor dicho con solo una: abandonar la Tierra y mudar a la población planetaria a Marte. El filme, además de original, es perturbador. Tanto, como el mundo que se viene.

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