18 de julio de 2014 20:01 hs

El es 1977. El lugar es Muncie, Indiana, Estados Unidos. Un pueblito en mitad de la pradera. Los pastos cortados de forma prolija, los autos parados en las entradas de las casas. Los gansos y las ocas detrás de los alambrados. Esa armonía es exterior. Dentro de las casas ocurren otras situaciones. Veamos el hogar de los Neary. Roy, el jefe de familia, es electricista de una compañía que se ocupa de los cables de luz del pueblo. Es un personaje simple, de clase trabajadora, casado con una mujer rubia y con tres hijos pequeños. La casa es un desborde constante. Los niños, para llamar la atención de sus padres, rompen todo lo que encuentran a su paso. Miran televisión hasta que los ojos se les hinchan y se pelean hasta que los cachetes les quedan rojos.

La casa es un infierno. Llega una llamada por teléfono salvadora. Hubo un apagón en toda la zona. Deben arreglar un cableado sobre una vía de tren. Roy Neary va hasta allí en su camioneta y de pronto desde el cielo aparecen unas luces extrañas que se posan en él y, como si fuera una auténtica llamada de luz celestial, la nave alienígena que porta las luces le saca una especie de foto con un destello que le deja la mitad del rostro quemado y se eleva luego hacia la oscuridad del cielo estrellado de Indiana. Roy Neary queda absolutamente impactado. Hasta allí bien podría ser el inicio de un cuento de Ray Bradbury.

Pero se trata de una de las escenas iniciales de Encuentros cercanos del tercer tipo, dirigida por Steven Spielberg. Roy Neary es el actor Richard Dreyfuss y lo que está a punto de vivir es una especie de milagro. Claro que, en medio de la situación familiar de los Neary, el director intercala varias experiencias sorprendentes en desiertos, como la aparición de aviones de la segunda guerra mundial en México, intactos y en funcionamiento, o un barco carguero en medio de Gobi, en Mongolia.

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El jefe de los científicos que investigan estas apariciones (o desapariciones) es el director François Truffaut, un homenaje de Spielberg a un hombre grande del cine francés.

Además de que le cambia la cara, a Roy Neary le cambia el espíritu. Comienza a tener una visión que lo persigue. Quizá por primera vez en toda su mísera existencia, su vida comienza a tener sentido, aunque él sea el único que lo entiende. Ve de manera obsesiva una montaña. La dibuja, la moldea en la espuma de afeitar, en el puré, en el barro de su tren de juguete, hasta que ya no puede con ese extraño hambre interno y lo replica en medio del living de su casa, arrancando plantas y tierra del jardín, y el alambrado de las ocas de la vecina, que se dispersan graciosamente.

Su esposa cree que se volvió loco y se va de la casa con los hijos. Los vecinos lo miran con ojos incisivos. Su familia y la comunidad rechazan a Roy Neary. Su único destino posible es irse hacia su obsesión, contra viento y marea, a la montaña de cima plana, que descubre que queda en Wyoming.

Aparte de los efectos especiales innovadores para su época y la hipótesis de vida más allá de la Tierra (que Spielberg repetirá con pequeñas variaciones en E.T., el extraterrestre), la fuerza de Encuentros cercanos... está en su lectura social dentro de un contexto primario, como un pueblito de Estados Unidos, y luego en un plano mayor, la historia de un hombre común que decide jugarse por su locura, sin medir ninguna consecuencia.

El viaje de Roy Neary continúa sin pausa posible, porque en la montaña mágica consigue ser el elegido de esa razón no terrícola para subirse a la nave y viajar hacia el infinito y más allá.

En medio de una convalecencia reví Encuentros cercanos... y estas son las reflexiones a 37 años de su estreno. Roy Neary no solo fue capaz de romper con su entorno y con sus expectativas. Roy Neary llegó hasta los territorios más insospechados, por él y por el espectador. l

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